Capítulo 8 #2
—No. Creo que lo desaté. O iba a hacerlo antes de marcharme. Me dolía tanto… —Se llevó una mano al abdomen—. No lo sé. Dios, igual se lo serví en bandeja.
Cuando encontramos a Salas, no estaba atado. Tampoco había ninguna cuerda cerca.
—No podías saberlo —repitió Rómulo.
Ella sollozó.
—Recapitulemos —le pedí—. ¿Cómo os conocisteis?
—En Umbral. A finales de agosto. —Se frotó las manos contra las mangas—. Hablamos durante semanas. No quedamos en persona hasta después de mi cumpleaños.
—¿Él sabía cuántos años tenías? —preguntó Rómulo.
Vega le lanzó una mirada herida.
—Nunca le mentí.
—No te estoy acusando.
—Ya.
Mi hermano bajó la cabeza.
—Lo siento.
—Al principio solo quedábamos para correr —continuó—. Cambiaba las rutas para que ninguno me olierais. La Casa de Campo, caminos por Cerceda… Después empezamos a vernos para otras cosas.
—Funcionó —admití.
—Llevaba semanas intentando cortarlo. Sabía lo que piensa la manada de mantener una relación con humanos. Sabía lo que ibais a decir vosotros. Cada vez que decidía no volver a verlo, él aparecía con un café y una rodillera nueva porque la anterior «le oprimía la rótula».
Rómulo cerró los ojos un instante.
—Después de correr conmigo se pasaba dos días quejándose —añadió—. Y luego proponía otra ruta.
—¿Sabías que era policía? —pregunté.
—Nunca lo ocultó. Cuando empezaron las muertes, supe que estaba en el caso. No me daba detalles. Solo decía que había leído los libros de esa mujer y que estaba convencido de que algo de lo que contaban era real.
—¿Y el viernes?
Vega miró sus manos.
—Nos vinculamos por completo.
Rómulo apretó la mandíbula.
—¿Él aceptó?
—Sí. Los dos lo hicimos, —la voz le falló—. Me amaba. Aunque os cueste creerlo, me amaba de verdad y yo a él.
—No nos cuesta creerlo —comenté pensando en Patri.
Ella miró a Rómulo. Él tardó un segundo de más en asentir, aunque sabía que había pensado lo mismo que yo.
—La marca apareció después —continuó Vega—. No podía decirle que era un tatuaje espontáneo. Tuve que contárselo todo.
—¿Cómo reaccionó? —preguntó Rómulo.
Una sonrisa rota le movió la boca.
—Me hizo cientos de preguntas. Después prometió que no se lo diría a nadie, que sería nuestro secreto y dijo que Javier, su compañero, sufriría un ictus si alguna vez se enteraba.
Rómulo soltó aire por la nariz. No llegó a risa.
Se acercó lo suficiente para doler.
—Ir a El Rastro fue idea mía —admitió—. Conseguí las entradas y él cambió la guardia para acompañarme. Quería hacerme feliz.
No necesitábamos saber si había otra razón. O si para Salas ir a El rastro suponía algo más.
Aquel era el recuerdo al que ella podía agarrarse.
—¿Qué pasó después de iniciarse la persecución? —pregunté—. ¿Hubo alguien que se acercara a vosotros? ¿Alguien que intentara interactuar?
—Que va, todo el mundo iba a su rollo, solo nos cruzamos con un tipo de la organización. Un encapuchado que nos dio agua.
—¿Encapuchado? —La palabra me tensó.
—Los reponedores iban todos iguales. Llevaba una capa negra, capucha, máscara y guantes. ¿No los visteis? —Negué—. Estaban ahí para dar hidratación a las parejas. Cargaba un cesto con botellas y sacó dos de una caja con el logo de El Rastro. Estaban cerradas. Nos las dio y siguió caminando.
—¿Dijo algo?
—Creo que no.
—¿Le viste alguna parte de la cara?
—Nada.
—¿Y su olor?
Vega negó con la cabeza.
—No sé. Había aceite por todas partes, cuerpos, sudor… No lo recuerdo.
—Continúa.
—Nos bebimos las botellas. Estábamos sedientos. Después seguimos y… ya sabéis. Al poco rato de acabar con Miguel, mientras estaba abrazada a él empecé a marearme y me dolió la tripa. Pensé que sería el vínculo o que la cena se me había indigestado. Fui a los baños de la entrada.
Su respiración se aceleró.
—Estuve allí más de lo que creía. Me descompuse y, cuando pensé que ya podía volver, un dolor me atravesó aquí.
—Se clavó el puño bajo el esternón, donde tendría su marca de vinculación—.
Caí al suelo. Mi loba aullaba. Yo no entendía nada, pero ella sí.
Sabía que Miguel se estaba muriendo y yo no podía moverme.
Cerró los ojos.
—No podía moverme, Remo. Cuando conseguí levantarme y salir, había policías, luces y gente corriendo. Tenía su sangre en la boca, salpicaduras en la piel y mi instinto me dijo que huyera.
—Así que te fuiste —intervino Rómulo.
—Lo abandoné, soy lo peor.
—Ya estaba muerto —respondí—. No habrías podido hacer nada por él.
La frase fue dura y cierta.
Vega me miró con los ojos enrojecidos.
A mí no me había servido que alguien prometiera que el dolor terminaría. No terminó. Cambió de sitio y aprendió a dormir conmigo.
Lo único que consiguió sacarme de la cama fue tener una tarea al día siguiente.
—Primero averiguaremos quién lo hizo —le prometí—. Después haremos lo propio.
Asintió porque necesitaba agarrarse a algo, aunque fueran nueve palabras.
Esperé a que volviera a respirar.
—¿Oliste a alguien antes de irte?
—No.
—Piénsalo.
—He dicho que no.
—¿Y el encapuchado?
Vega abrió los ojos.
—No lo sé.
—No te he preguntado quién era. Te he preguntado a qué olía, intenta recordar.
Su respiración se detuvo.
La vi regresar al bosque. A las botellas. A las manos enguantadas cerrándose alrededor del plástico.
—A… ¿nada?
Rómulo y yo nos miramos.
—Eso es imposible, debía estar desconcentrada —añadió Vega.
—Tu olor estaba en la piel de Salas —le expliqué—. También el de otras personas que lo habían tocado. Pero alrededor de la herida había un hueco. Alguien estuvo allí y no dejó huella olfativa.
Vega se quedó inmóvil.
—¿Cómo es posible?
—Eso queremos averiguar.
—¿Qué va a pasar ahora? —la voz volvió a rompérsele—. ¿Van a acusarme? Yo no lo maté. Remo, yo no…
Tres golpes sonaron en la puerta.
Nuestra madre abrió. Yara Sanz, la representante de manadas y seguridad territorial y por ende, nuestra jefa, estaba detrás de ella.
—La ha llamado Ciarán —anunció mamá—. Pregunta por vosotros.
Yara entró sin pedir permiso.
Respiró una vez.
Su mirada pasó de la ropa de Vega a la pulsera en mi muñeca y solo soltó una frase.
—Desde el principio.
Habíamos recorrido todo el camino decidiendo qué íbamos a ocultar.
Ella necesitó una sola inhalación para saber que ya habíamos mentido demasiado.