Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

La bolsa de papel con mi ropa iba sujeta al asiento trasero de la moto y golpeaba el guardabarros cada vez que el asfalto se volvía irregular. Dentro estaban la camiseta, los pantalones y todo lo que la policía había decidido que olía demasiado a sangre para devolvérmelo puesto.

La pulsera de El Rastro seguía cerrada en mi muñeca derecha.

Trece horas rozándome la piel hasta dejarla en carne viva. Podía haber arrancado el cierre en cualquier momento y no lo hice.

En la izquierda, la plata picaba donde llevaba años picando.

Rómulo apareció en el retrovisor al tomar la salida hacia la sierra, demasiado cerca, inclinado sobre el depósito y sin apartarse de mi rueda. No habíamos llamado a nadie al salir de comisaría. Ni a nuestra madre, ni a Yara, ni siquiera a Patri.

Sobre todo a Patri.

La casa de al lado de la suya llevaba dieciséis años cerrada y nosotros habíamos vuelto a instalarnos en ella hacía casi un mes.

Aquella mañana pasamos de largo. Seguimos subiendo hacia la propiedad grande, la que mis padres compraron cuando una vivienda de cuatro dormitorios dejó de ser una casa y se convirtió en un experimento social con once varones, una niña y un solo termo de agua caliente.

Cuando llegamos al barrio, los vecinos creyeron que mamá había aparecido con ocho hijos. Los otros tres estaban pasando las vacaciones en casa de mis abuelos y Vega todavía le pateaba las costillas desde dentro. La confusión les duró hasta septiembre.

Nuestra falta de agua caliente, bastante más.

Aparcamos junto al muro de piedra. El motor de Rómulo se apagó después del mío.

—Antes de entrar… —empezó.

Me quité el casco.

—No.

—Ni siquiera sabes qué iba a decir.

—Patri.

Se pasó una mano por los rizos aplastados.

—Puede.

—Entonces sí lo sé.

—Rem, lo de anoche…

—Lo de anoche tiene un muerto, un vínculo directo con nuestra familia y llevamos demasiadas horas sin saber si Vega ha llegado a casa. Lo demás puede esperar.

Su boca perdió la réplica.

Duró poco.

—Tienes una habilidad maravillosa para convertir una conversación necesaria en una amenaza de ejecución.

—Y tú para elegir el peor momento posible.

Cogí la bolsa. Miró la pulsera incrustada en mi muñeca y no preguntó por qué seguía allí. Esa era una de las pocas ventajas de llevar media vida con alguien: sabía cuándo tocarte los cojones y cuándo conservarlos.

La puerta principal estaba abierta. En casa de mis padres solo se cerraba de noche y, a veces, ni eso, porque la posibilidad de que entrara un ladrón se consideraba una actividad recreativa para la familia López.

Mamá salió de la cocina con una taza en la mano y la bata de cuadros sobre el pijama. Le encantaba ponérsela cuando comenzaba a refrescar.

—¿Qué hacéis aquí un domingo a estas horas?

Rómulo le dio un beso en la mejilla.

—Buenos días a ti también, madre de mis entrañas.

—A estas horas yo ya he puesto una lavadora, he hecho tortilla y he impedido que uno de tus hermanos le arrancara la cabeza a otro por usar sus auriculares en el desayuno.

—Una mañana tranquila.

Me abrazó. Lo hizo un segundo más de lo necesario, igual que siempre, y se apartó para mirarnos.

—¿Os quedáis a comer?

—No lo sé —respondí.

—¿Qué pasa?

Rómulo apoyó un hombro en el marco.

—Resaca.

Mi madre olfateó una vez.

La sangre ya no estaba en nuestra ropa, aunque seguía metida bajo las uñas, en el pelo y en sitios a los que una ducha de comisaría no llega.

—La sangre no da resaca.

Rómulo dejó de sonreír.

—Anoche salimos —añadí—. Se complicó.

—Ya. —Miró hacia la escalera—. Vega llegó de madrugada con el olor de un hombre pegado al cuerpo. También olía a sangre y a miedo. Me pidió que no entrara y se encerró.

—¿Has hablado con ella? —pregunté.

Mi madre me lanzó una mirada que habría logrado sentar a los doce hijos a la vez.

—Sigue respirando. La he escuchado desde el pasillo varias veces. Si hubiera dejado de hacerlo, esa puerta ya no existiría. Si en un rato no ha salido, me ocuparé personalmente.

Mamá siempre nos dejaba espacio. Había aprendido que empujar antes de tiempo solo conseguía que algunos cerráramos con más fuerza. Conmigo lo entendió pronto, cuando llegué a esa casa con doce años y descubrí que una familia podía querer saber dónde estabas sin obligarte a contar por qué temblabas.

Pero su paciencia nunca era infinita.

Tampoco lo eran las puertas cerradas.

—Déjanos a nosotros —dijo Rómulo.

Mamá lo observó durante unos segundos.

—Diez minutos.

—Mamá…

—Veinte. Después subo yo y no voy a llamar.

Rómulo levantó las manos.

—Mensaje recibido. Qué carácter. No sé de quién lo hemos heredado.

—Tú no has heredado nada mío. De ser así, sabrías cuándo cerrar la boca.

—Esa habilidad se saltó una generación.

Ella volvió a mirarnos. Sus ojos descendieron hasta mi bolsa, pasaron por la muñeca herida y regresaron a mi cara.

—¿Qué ha ocurrido?

Ocultarle la verdad me pesó más que todas las mentiras que había soltado en comisaría.

Allí mentía para proteger el velo y a mi familia.

Delante de ella mentía para impedir que la mujer que había ocupado el lugar de mi madre supiera que su hija pequeña llevaba horas sobreviviendo a la muerte de su pareja detrás de una puerta.

—Primero tenemos que hablar con Vega, después te lo contamos.

No le gustó. Tampoco insistió.

—Mauro y Saúl están trabajando —dijo, aunque ninguno había preguntado—.

Héctor debería haber venido a pasar el finde con Berta y los niños, pero al final se han ido a Segovia.

Gonzalo está preparándose para un triatlón, así que ha salido a correr.

No hace falta que busquéis al que se pasa la noche hablando con una cámara; ese no existe antes de mediodía.

Tadeo y Néstor bajaron a desayunar hace dos horas y me da la impresión de que han vuelto a meterse en la cama.

—¿Y papá? —preguntó Rómulo.

—Con sus amigos. Volverá a mediodía para llenar el buche después de la ruta en bici.

Rómulo le besó la frente.

—Gracias por el informe, mami .

—¿Os pongo un café?

—Después —murmuré.

—Os quedan diecinueve minutos.

Subimos.

Rómulo llamó con los nudillos a la puerta que quedaba al final del pasillo.

La única que nos importaba.

—Enana.

Nada.

—Somos nosotros —añadí.

El silencio cambió. Una respiración se cortó al otro lado y después ni eso.

Nos miramos. Rómulo asintió y abrí.

Vega estaba sentada en el suelo, encogida contra la cama, con la misma ropa de la noche anterior, arrugada y manchada de tierra. Tenía los ojos hinchados, la nariz roja y el pelo pegado a las mejillas. No se había duchado.

Olía a aceite, a miedo y a Salas.

El rastro de él le cubría la piel. Se le había quedado en la boca, en el cuello, bajo las uñas. Y estaba el vínculo roto, que no tenía olor propio y, aun así, el cuerpo reconocía: un sitio que debía estar lleno y había quedado abierto.

Su loba no aullaba, no se revolvía bajo su piel, no hacía nada. Eso fue lo peor.

Rómulo siempre tenía una frase ocurrente. Una estupidez, una provocación, cualquier cosa que obligara al resto a respirar. Aquella vez abrió la boca y no encontró ninguna.

Me senté en el suelo a su lado, sin tocarla. Conocía demasiado bien aquel silencio.

Olía a guiso frío, a humo y al vómito que me había salvado mientras mi familia ardía dentro de casa.

—Estábamos allí anoche —murmuré—. Vimos la marca en él.

Vega levantó los ojos.

—¿Dónde?

—Bajo las costillas.

Los labios le temblaron.

Rómulo se agachó frente a ella.

—Lo encontramos en el bosque. Todavía respiraba…

—¿Estaba…?

—Diez minutos —dije—. Intentamos taponarle la herida, pero fue imposible. Hicimos todo lo que pudimos para mantenerlo con vida te lo prometo. Nos quedamos con él hasta que llegaron los sanitarios y después la policía. Lo siento, Vega. De verdad.

Vio lo que le estaba diciendo antes de que terminara de pronunciarlo.

Entendió que sus dos hermanos lo habían tenido entre las manos.

Abrió la boca. El primer sonido no salió. El segundo le dobló la espalda.

Se lanzó contra Rómulo y él la recibió de rodillas. La estrechó con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos. Vega lloró contra su cuello, arañándole la sudadera prestada y repitiendo el nombre de Miguel hasta que dejó de ser una palabra.

Yo le puse una mano en la espalda y la dejé allí.

No había nada que decir. La muerte convertía casi cualquier frase en una falta de respeto.

Cuando el llanto aflojó, Rómulo le apartó el pelo de la cara.

—Enana, necesitamos que nos cuentes qué pasó desde el principio. Sé que es duro, pero tenemos que entenderlo.

—Yo no lo maté.

—Lo sabemos —respondí.

—Lo mordí.

Rómulo no se movió.

—Vega…

—No lo desgarré.

—Lo sabemos.

Levantó los ojos hacia mí.

—Yo no…

La frase se quedó entre los tres.

Más pesada que su llanto.

—Cuéntanos lo que recuerdes —pedí—. Aunque esté desordenado.

—Estábamos follando. Lo até al árbol y lo mordí. Miguel se reía, Remo. Después de los mordiscos seguía riéndose.

Se tapó la boca, pero ya había dicho su nombre y el recuerdo no pensaba volver a entrar.

—Estaba agotado —continuó—. Llevaba así desde el viernes, desde que apareció la marca. Decía que su cuerpo aún no sabía qué hacer conmigo.

Los humanos tardaban un tiempo en adaptarse después de aceptar un vínculo con un lobo.

Durante los primeros días, la conexión les exigía más de lo que su cuerpo sabía reponer y las primeras veces que la consumaban acababan sin fuerzas, con los músculos vacíos y una necesidad de dormir que podía durar bastante.

Salas llevaba dos noches marcado.

A eso se sumaba una rodilla operada que, según nos contó Vega, se pasaba más tiempo protestando que él.

—Cuando yo me corrí, empecé a sentirme mal —dijo con la voz empequeñecida—. Me dolía la tripa y Miguel estaba rendido. Le dije que necesitaba ir al baño. Quiso acompañarme, pero apenas podía levantarse y la rodilla le estaba fallando. Le prometí que volvía enseguida. No debí dejarlo allí.

—No podías saber lo que iba a pasar —apuntó Rómulo.

—Lo dejé atado.

Me incliné un poco hacia ella.

—¿Estás segura?

Vega frunció el ceño. El recuerdo no terminaba de llegar.