Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Tenía otras manos, más grandes, con las uñas rotas y una pulsera de cobre. Olía a humo, lana mojada y enfermedad. Estaba tumbada sobre un jergón mientras alguien lloraba junto a una pared de barro.

Cada respiración me arañaba por dentro.

La puerta se abrió.

Samael apareció cubierto por una capa oscura. Tenía el mismo rostro y una mirada menos cansada, aunque el miedo ya vivía en ella. Me buscó entre los cuerpos hasta encontrarme.

Quise llamarlo.

La tos me llenó la boca de sangre.

Llegó cuando mi pecho ya había dejado de obedecer.

La oscuridad me arrancó de aquel cuerpo y me lanzó dentro de otro.

Corría por una calle estrecha bajo una lluvia helada. La falda pesaba, los zapatos resbalaban y algo caliente bajaba por mi espalda. Detrás sonaban campanas y voces de hombres.

—¡Atrapadla! ¡Es una bruja!

Entendí cada palabra pese a que gritaban en francés. En aquel cuerpo, aquella lengua también era mía.

Samael esperaba al final.

Extendió la mano. Los ojos le brillaron en un tono rojo que me estremeció.

Mis dedos quedaron a un palmo de los suyos cuando el dolor me atravesó la espalda. Caí de rodillas y vi su cara cambiar antes de golpear el suelo.

Después hubo agua negra.

El vestido se infló alrededor de mis piernas y tiró de mí hacia el fondo. La superficie estaba cerca, pero mis brazos dejaron de responder. El agua me quemó la garganta y aplastó el último resto de aire.

Samael saltó desde el tejado del almacén que se alzaba sobre el muelle y unas alas negras se desplegaron a su espalda.

Sus dedos rozaron los míos cuando ya no quedaba aire en mis pulmones.

—Hay más —susurré desde el diván.

Las vidas empezaron a pasar con una rapidez brutal. Cada cuerpo fue mío mientras duró: unas caderas huesudas, una barriga embarazada, unas manos viejas cubiertas de manchas, un dedo que faltaba.

Morí de fiebre, bajo una espada, durante un parto, en una carretera y en una cama rodeada de gente que me quería. Sentí el dolor, el miedo y la resistencia del cuerpo cuando ya no quedaba nada que salvar.

Él no aparecía todas las veces y, cuando lo hacía, siempre era en los límites.

A veces alcanzaba a sostenerme. Otras solo veía su sombra abriéndose paso entre la multitud. En una vida me encontró cuando yo ya no recordaba mi nombre.

Sus ojos siempre sabían quién era.

Los míos tardaban demasiado en asociarlo.

La runa ardió.

La puerta apareció frente a mí.

La misma madera. El mismo tirador.

Esta vez cedió antes de que lo tocara.

Crucé.

El jardín estaba al otro lado, recién estrenado.

La luz aún parecía limpia, los colores no habían aprendido a apagarse y el aire olía a tierra húmeda, fruta abierta y tormenta.

En el centro se alzaba un árbol más oscuro que todo lo que lo rodeaba, con las raíces hundidas en una tierra que tenía pulso.

Un hombre tan desnudo como yo y demasiado hermoso para la dureza de su gesto me observaba con el ceño fruncido.

—No somos iguales. Debes someterte a mí.

—¿Quién lo dice?

—Dios.

Miré mis manos. Después, las suyas. El mismo barro bajo las uñas. La misma respiración llenándonos el pecho.

—Fuimos creados de la misma tierra. No hay nada inferior en mí. Tampoco hay sumisión esperando a que la reclames.

—Eres mi mujer.

—Soy mía.

La rabia le deformó el rostro.

—Obedecerás.

—No lo haré.

Entonces pronuncié el nombre que nadie debía decir.

—Tetragrámaton.

Adán retrocedió horrorizado. El cielo se abrió.

La luz cayó sobre el jardín con tanta fuerza que los árboles inclinaron las ramas. La voz del Creador no tronó. No lo necesitaba. Tampoco necesitaba que lo pusiera en contexto, porque él lo veía todo.

—Si rechazas el lugar que te ha sido dado, no podrás permanecer aquí.

El miedo me atravesó. No por abandonar el jardín, sino por comprender que la libertad siempre exigía pagar primero y que elegirme a mí pasaba por renunciar a todo.

—¿Y si me quedo?

—Deberás aceptar su autoridad. Así lo establecí.

Miré a Adán. Ya sonreía. Aquello decidió por mí.

—Entonces no me expulses —dije—. Me voy.

La entrada se cerró a mi espalda antes de que pudiera arrepentirme.

El mundo exterior tenía piedras, espinas y una oscuridad que aún no conocía mi nombre.

Caminé. Elegí desgarrarme la piel antes que quedarme un minuto más allí.

Me daban igual los pies destrozados porque, por primera vez desde que había abierto los ojos, era libre.

Volví a ver pasar mi primer encuentro con Samael.

Él permanecía de rodillas ante mí, curándome las heridas con las manos. No llevaba traje ni siglos acumulados en la mirada. Aun así, lo reconocí con una certeza tan profunda que me dolió más que las piedras clavadas en la carne.

Mi palma descansaba sobre su pecho.

Debajo latía algo que también me pertenecía.

Levantó la cara. Me miró antes de que existieran el cansancio, los silencios y todas las veces que iba a llegar tarde. Había amor en sus ojos, inmenso y todavía ignorante del precio que tendría que pagar por seguir buscándome.

Mi boca se abrió.

—Eshnar.

Su pecho respondió bajo mi mano.

Él me miró, esperando una decisión que Adán nunca me había permitido tomar.

Fui yo quien acortó la distancia.

Nos amamos por primera vez sin reservas, sin pudor y de igual a igual.

Cuando todavía seguíamos abrazados, el jardín dejó de respirar.

Algo nos estaba mirando.

No vi una figura ni escuché pasos. El jardín entero se volvió hacia un mismo punto: las hojas, el agua, la luz. Todo se orientó hacia una presencia que yo no podía ver, y tuve la certeza física de que algo enorme acababa de detenerse a leernos.

La presión me entró por los oídos hasta los dientes. El cuerpo del diván intentó moverse, pero el del jardín se quedó inmóvil.

Algo me sujetó desde el otro lado de la memoria.

La puerta golpeó a mi espalda. Las hojas se quebraron en fragmentos blancos. La cara de Eshnar desapareció entre líneas de luz y, durante el último medio segundo, escuché una palabra que no era suya.

«No».

Y un portazo.

Desperté incorporándome de golpe, con la cara empapada en lágrimas, el pulso a mil y las dos manos aferradas al borde del diván.

Elvira Montalbán estaba de pie a un metro. No se había molestado en volver a sentarse.

Sesenta y tantos años y treinta de consulta. Aun así, le temblaban los dedos sobre el botón de la grabadora.

Lo pulsó.

—Me… me he bloqueado. La puerta…

—Tú no has bloqueado la regresión.

Me costó encontrar aire.

—¿Entonces qué ha pasado?

Elvira dejó la grabadora sobre la mesa con mucho cuidado.

—Alguien ha echado la llave desde el otro lado y la respuesta no puedo dártela yo. Será mejor que te marches.