Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 7
14%

Capítulo 7

Después de que Samael se marchara, hice lo que cualquier mujer sensata habría hecho tras pasarse la noche viendo un jardín que no había pisado jamás, recordando una palabra que nadie le había enseñado y comprobando que esa misma palabra era capaz de dejar sin habla al gurú del sexo que media España quería sentar en su cara.

Me puse a escribir.

Porque llorar, gritar o llamar a mis amigas habría sido demasiado lógico, y yo tenía una carrera literaria construida sobre tomar malas decisiones y ponerles capítulos.

Y, antes de que nadie sacara la libreta para organizar mis certezas, solo tenía una: no sabía una mierda.

No sabía si la mujer del jardín era yo, una antepasada con alguna de mis facciones o el resultado de que mi cerebro hubiera decidido producir su propia serie sin pedirme presupuesto.

Tampoco sabía qué demonios significaba Eshnar.

Podía ser un sobrenombre de infancia, el nombre del último gato que le había provocado un trauma irreparable o una palabra inventada durante alguna experiencia espiritual con exceso de incienso.

Lo único comprobable era que, cuando se la mencioné, su mandíbula dejó de funcionar y la luz del salón le dibujó una sombra extraña por el cuello.

Eso, o la bombilla estaba a punto de fundirse y había decidido anunciarlo convirtiendo mi primera cita en una película de terror de segunda.

Tampoco sabía por qué había una puerta en mitad de mi cabeza.

Una puerta cerrada que no se abría ni con tres en uno.

Porque, ya puestos a perder la cordura, mi subconsciente podía haber elegido una playa, un spa o un buffet libre. Pero no. Me había instalado una carpintería siniestra en el cerebro y se había quedado tan ancho.

La sensatez tenía muchas formas. La mía solía incluir un documento abierto, café negro con canela y una capacidad preocupante para convertir una crisis personal en material narrativo.

Beatriz seguía esperando la propuesta de la novela nueva. Me había escrito el miércoles: «Mi amor, no te agobio, pero necesito algo aunque sea a lápiz». Beatriz solo decía «no te agobio» cuando ya había agobiado a tres departamentos y empezaba a valorar si hacerlo también con el repartidor.

El documento continuaba casi vacío.

Casi.

Me encontró fuera del jardín.

Parpadeaba con intensidad y había logrado sumarle tres frases más:

La libertad tenía espinas.

Él llegó antes de que aprendiera a tener miedo.

Conocía su nombre desde antes de conocer mi propia voz.

La primera frase había aparecido antes de que Samael llamara al timbre, sin que recordara haberla tecleado. Las otras llegaron después de que se marchara, con el sabor de su beso todavía en mi boca.

Intenté convertir aquello en algo vendible. Protagonista: una mujer que recordaba demasiadas vidas. Conflicto: un hombre la encontraba en todas, pero ella no lo recordaba. Elemento diferencial: su memoria tenía portero automático y alguien se negaba a abrir.

Lo borré.

Esa era la vaina que me tenía al borde. Ni siquiera estaba segura de que alguien hubiera escrito algo parecido en otra novela.

Bufé.

Yo sabía cómo se construía una escena. Las decisiones dejaban costuras. Pensabas «aquí necesito un objeto», lo colocabas, releías, modificabas y confiabas en que el lector no viera la cinta adhesiva. Aquellas líneas habían salido enteras.

No sabía si las estaba escribiendo o transcribiendo lo que me dictaban las musas.

Las entradas de cine seguían ahí, como un fiel recordatorio de la no cita que tenía con Samael.

Antes de irse, lo agarré de la solapa y lo besé. Después, él me acarició la mejilla y me dijo que hiciera lo que mejor sabía hacer: desobedecer.

No se me ocurría nada más erótico que un hombre pudiera pedirle a una mujer.

Sobre todo después de Javier, que confundía una buena relación con un manual de instrucciones escrito por él.

Sin embargo, antes de avanzar, necesitaba averiguar quién demonios era yo cuando aún no era yo.

No es que me cogiera de nuevas: siempre había creído en las vidas pasadas, en los mensajes del universo y en que los sueños, sueños no son.

Apagué el móvil para que nada me distrajera. Solía hacerlo cuando buscaba que me alcanzara la inspiración porque el maldito celular era una tentación para pasarme el rato haciendo scroll .

A las ocho saqué a los perros, me duché, me vestí y me recogí el pelo. Volvía al ataque en busca de respuestas y estas no iba a lograrlas en pijama, sufriendo crisis espirituales envuelta en la funda nórdica.

Dejé a Artyom junto al escritorio y a Zeus Alejandro bajo la balda de los bombones. Cogí el bolso y las llaves.

El móvil se quedó en la mesilla, apagado y con el Bookelarre acumulando mensajes que yo todavía no sabía que existían.

Me di cuenta dentro del taxi. Estuve a punto de volver, pero podía sobrevivir un par de horas sin él.

Tenía claro mi destino: lo había encontrado después de buscar mucho en internet y, aunque la página indicaba que la persona a la que pretendía visitar no tenía hora hasta 2027, yo había decidido presentarme sí o sí en su consulta.

Solo abría de viernes a domingo porque era cuando la mayoría de la gente libraba y ella solía tener conferencias entre semana.

El despacho de Elvira Montalbán ocupaba un principal de la calle Zurbano, tras una puerta sin placa y un felpudo que decía «Respira». Pura provocación.

Tres libros, dos documentales y tantas entrevistas rechazadas que conseguir una cita exigía recomendación papal, herencia millonaria o haber sido Cleopatra con pruebas notariales.

Yo no tenía nada de eso. Aun así, allí estaba llamando al timbre con mi mejor cara y un ejemplar de mi libro dedicado que, oye, algunas puertas me había abierto.

La recepcionista escuchó mi explicación con una sonrisa que perdió temperatura conforme avanzaba.

—La doctora Montalbán tiene la agenda completa hasta abril del año que viene.

—Comprendo, bella .

—Y no atendemos a nadie sin valoración previa.

—También lo comprendo.

—Entonces…

—Entonces necesito que haga una excepción porque es un asunto muy importante.

La sonrisa murió.

—Lo lamento. Todos nuestros pacientes son importantes. No puede presentarse aquí un domingo y exigir una sesión.

—No estoy exigiendo. Suplico con una energía muy intensa que puede confundirse.

—Señora Duque…

—Aimara. «Señora Duque» suena a que vengo a reclamar una audiencia con la reina.

Miró la pantalla, quizá buscando un botón que avisara a seguridad.

En la pared derecha había una cristalera que daba a una zona gatuna.

Un gato negro con una oreja doblada dormitaba sobre una cama con forma de coche, uno gris comía apaciblemente del bol y otro naranja, con expresión de ser el listo de la manada, tenía los ojos amarillos puestos en mí desde lo alto de un rascador.

Ahí tenía mi objeto.

—Esos gatos son de la doctora, ¿cierto?

—¿Perdón?

—Necesito confirmarlo antes de amenazar con secuestrar animales ajenos.

Sí, así estaba de desesperada.

La puerta del despacho se abrió sin previo aviso.

—¿Está amenazando a mis gatos?

Vale, al parecer, alguien me había visto u oído. Seguro que había alguna cámara.

Elvira Montalbán tendría sesenta y pocos, el pelo blanco cortado a la altura de una mandíbula prominente y una expresión poco impresionable.

Me aclaré la garganta antes de responder.

—Amenazando, no. Secuestrándolos afectivamente. Si no me atiende, me ganaré su confianza y los llenaré de premios de salmón hasta que me prefieran. Cuando vuelvan con usted, la mirarán sabiendo que existe una opción mejor.

La recepcionista abrió la boca.

Elvira me sostuvo la mirada.

—Tengo varios meses de espera.

—Y yo puedo pasar meses viniendo a saludarlos. Por favor, es una emergencia y le traigo uno de mis libros firmado. Primera edición, tapa dura y con material inédito; se pagan varios cientos en Wallapop.

—Eso sigue siendo acoso con soborno.

—Eso se llama desesperación.

El universo debió de escuchar mi grito de socorro, porque el teléfono sonó en ese momento. La paciente de las diez no podía llegar. Había pinchado una rueda y venía de Toledo.

Elvira miró el reloj después de que la recepcionista lo anunciara. Acto seguido, a mí.

—Cuarenta y cinco minutos.

—Una hora.

—Cincuenta.

—Acepto porque soy razonable.

—Eso está por demostrar. Pase, señora Duque.

Su despacho no tenía péndulos ni escaleras imaginarias esperando para cobrarme otros noventa euros. Había dos sillones, un diván, estanterías hasta el techo y una grabadora.

Le conté lo ocurrido en la sesión con Álvaro, la puerta, el jardín, los pies destrozados y la palabra que mi boca había recordado sola. También le enseñé la muñeca y expliqué que el tatuaje se calentaba, que tal vez era una dermatitis, pero que no me había pasado nunca antes de ese recuerdo.

Me guardé que el hombre del jardín era Samael y que Eshnar también provocaba una reacción en él. Algo tenía que reservarme para comprobar si aquella mujer era tan eficaz como aseguraban sus libros.

Me preguntó cuánto había dormido, si tomaba medicación y si tenía alguna dolencia neurológica. Contesté la verdad, incluidas las dos horas de sueño.

—Si no se ve capaz, podemos dejarlo para otro día.

—He venido sin teléfono, sin cita, amenazando a tres gatos inocentes y usted no tiene hora hasta abril. Sería feísimo desperdiciar semejante trayectoria.

—La falta de descanso puede volverla más permeable a la sugestión.

—Estupendo. A ver si por una vez mi agotamiento sirve para algo.

No sonrió. Me acercó un vaso de agua.

—No voy a introducir lugares, fechas ni personas. Si siente que está inventando, me lo dice. Puede parar cuando quiera. Es importante que fluya y no se autosugestione.

Me tumbé y apoyé las manos sobre el vientre.

— Pilas con lo que nos encontremos ahí dentro.

—Yo no voy a entrar; solo puede hacerlo usted.

La frase me erizó la piel.

Su voz marcó la respiración. Nada de bosques de catálogo ni puertas sugeridas. Solo el peso de mi cuerpo, el aire entrando por la nariz y el latido bajo la runa.

Al principio hubo oscuridad y no sé muy bien cómo dejé de estar allí.