Capítulo 6 #2
»Volví sobre mis pasos con la adrenalina por las nubes. Salté una raíz, casi perdí una bota y continué corriendo con el cuerpo todavía encendido, convencida de que uno de ellos se había caído o de que algún capullo que no respetaba las normas había empezado una pelea y me encontré con aquello.
»Rómulo de rodillas. Remo presionando una camiseta contra el cuello de Salas.
La mancha oscura extendiéndose bajo sus manos.
Me quedé clavada un segundo. El suficiente para que mi cabeza juntara las dos escenas y las destrozara.
Las manos que acababan de recorrerme apretaban una herida.
La boca de Rómulo, que unos minutos antes se reía contra la mía, gritaba que Salas aguantase.
Remo tenía sangre bajo las uñas, entre los dedos y hasta las muñecas.
Y yo todavía notaba sobre la piel dónde me habían tocado.
—Joder, Patri… —susurró Sandra.
—Mi cuerpo no se había enterado de que la noche había terminado. Yo seguía excitada. —Tragué saliva—. Me sentí sucia por eso. No por lo que hicimos, sino porque un hombre se estaba muriendo delante de mí y yo aún llevaba dentro todo lo de antes.
Nina me apretó la rodilla.
—No hiciste nada malo.
—Ya. Intenta explicárselo a mi cabeza a las cuatro de la mañana.
Respiré hondo.
—Rómulo intentó reanimarlo. Remo activó la pulsera de emergencia. No se apartaron ni cuando llegaron los de seguridad.
—¿Cuánto tiempo estuvieron fuera de tu vista? —preguntó Nina.
—¿Medio minuto? Puede que uno o algo más. No estoy segura… No había llegado lejos.
—Entonces no les dio tiempo a preparar la escena…
—Ni a matarlo, ni a colocar la máscara, ni a sacar el libro. Son militares, vale, y están fuertes de cojones, pero es imposible. ¿Qué pasa, que tenían todo eso escondido en el tronco de un árbol y tienen superpoderes?
Me salió más pregunta que afirmación. Las tres lo oímos.
Nina tardó demasiado poco en bajar la mirada y demasiado en contestar.
—Por lo que contás , el tiempo no encaja con que prepararan nada. Ningún humano podría.
No me tranquilizó. Y menos me gustó cómo eligió cada palabra, una por una, igual que cuando corregía un contrato.
—Si hubieran querido matar a alguien, no habrían quedado conmigo. Además, no tiene ningún sentido. Los conozco de toda la vida y no tenían nada contra Salas.
—No puedo saber qué vio la policía para mantenerlos en comisaría —dijo Nina—, pero sí que lo que contás no encaja.
Sandra le dio un pequeño codazo antes de volverse hacia mí.
—Patri, cariñet , ayudar a alguien no los convierte en culpables. Estoy segura de que ellos no le hicieron nada.
—Lo que ocurre es que Salas era uno de los suyos y necesitan algún culpable.
El silencio se quedó a vivir en el estudio durante un rato.
Miré de nuevo hacia la casa de enfrente.
—La última vez que los vi libres estaban conmigo.
Rómulo se estaba riendo y Remo… —Tuve que parar porque la voz se me quebró—.
Remo parecía feliz. No como una persona normal, porque sigue siendo Remo y tampoco vamos a pedirle un musical, pero lo estaba.
Ahora no sé si van a volver a casa y, si no lo hacen, será por mí.
Sandra apoyó la cabeza en mi hombro.
—Volverán.
—No puedes saberlo.
—No. Pero puedo quedarme aquí hasta que ocurra.
Cerré los ojos.
Eso era lo que más miedo me daba: que aquella intimidad hubiera durado una sola noche. Que, después de tantos años esperando a que me vieran como una mujer, todo terminara en una comisaría.
Que alguien nos hubiera concedido unas horas para convertirlas después en un arma.
—No quiero que me los roben —suspiré—. No quiero que aquella sea la única noche que tengamos.
Nina apoyó una mano en mi hombro.
—No dejaremos que lo sea.
Solté una risa rota.
—Qué fácil lo haces sonar.
—No he dicho que sea fácil. He dicho que esto todavía no ha terminado. Y, si la policía se pone idiota, entre las cuatro ya casi tenemos un máster en sacar hombres inocentes de comisaría.
Ojalá tuviera razón.
—Anoche, cuando volví, lo dibujé todo —confesé.
—¿La escena del crimen? —preguntó Sandra.
—Sí.
Había bajado el cuaderno conmigo y lo señalé.
Nina apoyó la mano encima y me miró.
—¿Puedo?
Asentí.
Pasó las páginas despacio. Sandra se levantó para mirar por encima de su hombro. Ninguna dijo nada.
Nina se detuvo en la página nueve.
Su dedo quedó suspendido sobre aquella cosa pequeña y metálica que yo no recordaba haber mirado.
—¿Esto estaba junto a él?
Observé el papel.
—Supongo.
Se acercó el cuaderno a la cara. Se le puso esa expresión de cuando daba con un error que nadie había visto antes.
—Yo conozco ese marcapáginas.
—¿De qué? —preguntó Sandra.
—De la caja de septiembre del año pasado. —No levantó la vista del papel—. Del troquel viejo, el que tiene la muesca en la esquina. Salieron cuatrocientos y los conté yo, uno por uno, en el almacén de Vetusta.
Nina Goffi, que tenía opinión hasta sobre la tipografía de las multas del Ayuntamiento, cerró el cuaderno con muchísimo cuidado.
—Tenemos que contárselo a la policía. No tanto como me gustaría, pero esto reduce la lista de sospechosos.
—Genial. Otra visita a comisaría. Mi sueño húmedo de domingo —bufé.
Sandra me pasó un brazo por los hombros.
—¿Y Mateo sabe algo?
El nombre de mi hermano consiguió que todo lo anterior pareciera sencillo.
—No. Por suerte, está con su chica.
—¿Nada de nada? —insistió Nina.
—Nada, y espero que siga siendo así.
Me froté la cara con las dos manos.
—Igual se lo tienes que decir —comentó Sandra con cautela.
—Es que no sé cómo se empieza una revelación como esa.
«Buenos días, hermano, esta noche ha muerto un policía delante de mí y no sé si tus mejores amigos están acusados, aunque, oye, trataron de salvarlo».
Me da la impresión de que algo así no entra bien antes del café.
Y, si le digo que estaba delante, me preguntará dónde.
Si le digo dónde, me preguntará qué hacía con ellos allí.
Y, si le cuento lo que hicimos, se sube al coche y el que acaba en prisión es él.
—¿Y no puedes contárselo por partes? —sugirió Nina.
—No tengo alma de Jack el Destripador. Se lo contaré cuando sepa si van a volver a casa o si tengo que buscarles un abogado. Y cuando tenga a Mateo maniatado en una silla, que es la única forma de que todo el mundo esté a salvo mientras le explico lo que hicieron sus mejores amigos conmigo anoche.
—¿Quiénes hicieron qué contigo anoche?
Con el fragor del relato, no habíamos oído entrar a mi hermano.
Mateo estaba en la entrada.
Y tenía la expresión de un hombre dispuesto a cavar un hoyo en el jardín antes del desayuno.