Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

La casa de enfrente seguía vacía.

Lo sabía porque llevaba desde que llegué a la mía pegada a la ventana, apartando la cortina cada vez que un motor frenaba en la calle.

Había visto pasar dos furgonetas, a una señora con un carro de la compra, a un repartidor que se equivocó de portal y al vecino del doce sacando a un yorkshire con abrigo de cuadros porque noviembre comenzaba a sentirse.

Ni rastro de las motos.

En teoría, Rómulo y Remo seguían en comisaría. Cuando me dejaron marchar, continuaban declarando y ocupándose de las diligencias relacionadas con la sangre y el intento de auxilio. No estaban detenidos. Al menos, entonces.

Habían tratado de salvarle la vida a Salas y alguien que acababa de comportarse como un héroe no podía terminar en un calabozo, ¿no?

Yo conté exactamente lo que había visto, aunque, cuando regresé al lugar donde lo encontraron, el compañero de Javier ya no respondía y mis vecinos seguían intentando que respirara.

Me mordí el lateral del pulgar. Tenía que tranquilizarme y dejar de comportarme como una viuda victoriana esperando noticias del frente.

Lo que más me fastidiaba era que, si habían ido a El Rastro, había sido por mi culpa.

Eso no se me iba de la cabeza. La idea era mía y, con mis amenazas, no les había quedado más remedio que aceptar.

O eso me repetía la culpa, porque obligar a dos militares de metro noventa a acudir a una orgía requería bastante más que un ultimátum por WhatsApp.

Volví al móvil.

Los dos chats abiertos. Los últimos mensajes que les mandé, sin leer.

Rómulo habría contestado con el de la berenjena solo por tocarme las narices. Remo habría escrito una frase escueta diciéndome que dejara de preocuparme y después habría desaparecido tres horas.

Me servía cualquiera de las dos respuestas.

No tenía ninguna.

—Si sigues haciendo eso, vas a desgastar la cortina —comentó Nina desde la mesa.

—Hermana, ahora mismo me la suda la cortina.

—Eso ya lo había deducido.

Llevaba en mi casa desde primera hora de la mañana, con el termo en la mesa y la bombilla entre los labios.

Fue la única que respondió al tercer mensaje y se presentó antes de que me diera tiempo a decirle que no hacía falta, aunque la hiciese.

Desde entonces, sorbía mate, me vigilaba por encima de las gafas y ordenaba preguntas dentro de su cabeza.

Se le notaba porque fruncía el ceño cada vez que cambiaba de categoría.

Me aparté del cristal. Volví a los treinta segundos.

Me pasé igual todo el camino de vuelta en el Uber.

Toda la A-6 con la vista clavada en la ventanilla, componiendo lo ocurrido.

Los focos de la Científica creando un contraluz sobre la figura inerte, de costado entre los dos arbustos, escorzada, con una diagonal que cualquier profesor de anatomía me habría corregido y que la realidad había dibujado perfecta.

La máscara de zorro. Naranja quemado sobre hojarasca marrón. Complementarios.

Le pedí al conductor que subiera la radio. My Immortal , de Evanescence, tomando las riendas de la ambientación porque al universo le faltaba sutileza y le sobraba mala leche.

Centrarme en la letra no funcionó. Tampoco intentar respirar despacio y mantener la mente en blanco. Imposible. Demasiados estímulos comprimidos en muy poco tiempo.

En cuanto puse un pie en casa fui directa a mi cuarto, me senté en el escritorio sin quitarme el abrigo y, cuando levanté la cabeza, había llenado medio cuaderno.

Era lo que hacía cuando algo me pasaba por encima: lo sacaba por la mano antes de que me llegara al pecho y se quedara allí.

Esbocé el claro. El cuerpo. Otra vez el cuerpo, más cerca.

Distintos planos. El antifaz. Rómulo de rodillas tratando de reanimarlo.

Las manos de Remo empapadas hasta las muñecas, apretando una camiseta contra un cuello que ya no servía para nada, con los tendones marcados y esa tensión que no se puede fingir.

Y, en la página nueve, en una esquina, un libro abierto sobre la tierra por el lugar donde aparecía mi dibujo y, a su lado, algo pequeño y metálico.

Cerré el cuaderno.

Después me metí en la ducha y froté hasta que me escoció la piel porque no soportaba mi propio olor. Aceite corporal, tierra, sudor, látex. Desesperación y culpa.

Sobre todo, culpa.

Gel, champú dos veces y el exfoliante caro que guardaba para los días en los que quería sentirme una mujer con la vida en orden. Salí y el baño olía tanto a coco que me dieron ganas de arrancar de la pared un ambientador que no existía.

Por mucho que insistiera, debajo de todo seguía percibiéndolos a ellos dos.

Menos mal que Mateo había pasado la noche fuera con Nerea, porque no tenía ni idea de cómo se le explicaba a tu hermano mayor que habías arrastrado a sus dos mejores amigos a una orgía al aire libre que terminó con un hombre muerto y ellos dos en comisaría.

Nina me dio un abrazo cuando llegó, me llevó a la cocina, me preparó una infusión y dejó que descargara parte de mi frustración.

Después nos sumimos en un silencio cómodo.

No había pegado ojo y mi cuerpo, aunque exhausto, no tenía ganas de dormir.

El portero sonó a las once y media pasadas.

—Voy yo —dijo Nina.

—Puedo abrir.

—Y yo también.

No tuve fuerzas para discutir. Eso sí era preocupante.

Sandra entró con el pelo revuelto, el abrigo sobre una camiseta enorme y cara de haber llegado sin saber muy bien cómo. Me abrazó antes de soltar el bolso.

—Ay, lo siento. Tenía el móvil en silencio. ¿Cómo estás?

—No sé qué responder…

—Me da igual. Te abrazo de todas formas.

—Sandra, la estás estrangulando —avisó Nina.

—Es cariño.

—Es una llave de judo.

Aflojó lo justo para mirarme la cara con las dos manos.

—Voy a matar a Javier. Despacio. Y lo voy a grabar para toda su maldita comunidad de cavernícolas.

—Ponte en la cola —murmuró Nina.

Bajé la vista y ahí volvió la escena sin que la llamara: Javi bajo la luz azul de los rotativos, en un plano contrapicado, la boca abierta y las venas del cuello hinchadas mientras se dirigía a mí.

«¿Te ha parecido divertido recrear en vivo uno de tus malditos dibujos?».

— Illo , lo peor no es que me gritara.

Cuando estaba sobrepasada me salía el acento cordobés, herencia de mis padres y de mi infancia en Córdoba.

Las dos me miraron.

—Lo peor es que llevo pensando lo mismo desde que encontraron a la primera chica. Cada noche. Si no hubiera dibujado esas escenas, nadie se habría inspirado en ellas.

Me dejé caer en el sofá porque me flaqueaban las rodillas.

Nina dejó el mate sobre la mesa con un golpe seco. El gesto fue pequeño, pero significaba que aquello iba a durar.

—Escúchame, Patri. Ni tú ni tu arte sois responsables de que haya un loco suelto. Si no se hubiera fijado en tus ilustraciones, habría buscado otras.

—Nina tiene razón —se sumó Sandra—. No es culpa tuya.

—¿Y cómo lo sabéis? ¿Por la dedicatoria del primer libro? ¿Y si la malinterpretamos? ¿Y si me lo están dedicando a mí y no a Aimara?

Me agarré la cabeza con fuerza y ellas se sentaron a mis costados.

No hacía falta explicarles adónde había ido, con quién ni a qué. Llevaban días sabiendo que había propuesto a los López acompañarme a una fiesta de carácter sexual y que mis intenciones no incluían precisamente una charla sobre responsabilidad afectiva alrededor de una fogata.

Lo que no sabían era que había ocurrido.

Todo.

—Oye… —empezó Sandra—. Antes de lo de Salas, ¿llegó a pasar lo que querías que pasara?

La pregunta me desarmó.

—Sí. Todo iba mejor de lo que me había atrevido a imaginar hasta que la noche se fue a la mierda.

—¿Estabas bien? —insistió Nina.

—Lo propuse yo. Puse las reglas yo. No bebí y no hice nada que no quisiera hacer. Ellos fueron muy cuidadosos.

No bajé la voz porque no me avergonzaba de haberlos deseado, de haberlos buscado ni de haber terminado entre los dos después de dieciséis años esperando a que dejaran de tratarme como a una cría.

Rómulo consiguió hacerme reír cuando estaba tan nerviosa que casi me cargué el cierre del body . Remo apenas habló, pero me miró antes de cada caricia, atento a la más mínima reacción. Rómulo me quitaba el miedo a fuerza de descaro; Remo comprobaba en silencio que cada paso siguiera siendo mío.

Había pasado media vida preguntándome cómo sería estar entre ambos, si me gustaría o si solo funcionaba en mi cabeza.

La realidad fue mucho mejor de lo que había soñado.

No fui una mujer a la que compartían. Fuimos tres personas encajando en algo que solo tenía sentido así.

—Fue brutal —admití, y una punzada me atravesó al pronunciarlo—. Libre. Exactamente lo que quería. Y ahora no consigo pensar en ello sin ver la máscara de zorro y a Salas…

Sandra me cogió la mano.

—Una cosa no borra la otra.

—Pues mi cabeza no ha recibido el comunicado.

Me froté las palmas contra los pantalones. Todavía podía sentir el aceite sobre la piel, aunque me hubiese exfoliado casi hasta hacerme sangre.

—Cuando terminamos, los provoqué para empezar una segunda cacería. Yo tenía que salir primero y ellos darme los veinte segundos que marcaban las normas antes de seguirme. Si mi noche hubiera terminado ahí, os habría mandado un mensaje con una cantidad indecente de emojis de fuego.

»Salí corriendo y riéndome. Ahí está la parte que no consigo perdonarme. Sabía que Rómulo daría conmigo aunque tuviera que rastrear todo el bosque. Remo me sostuvo la mirada antes de dejarme marchar con una intensidad que aclaraba bastante qué pensaba hacer cuando me alcanzara.

»Cada rama que crujía a mi espalda me disparaba el pulso. Me imaginé a Rómulo atrapándome primero, rodeándome la cintura y levantándome del suelo. A Remo llegando detrás. Un segundo encuentro, con menos nervios, más tiempo y los tres sabiendo ya cómo tocarnos.

»Entonces oí el grito. Al principio pensé que formaba parte del juego.

Eso era lo peor. Me detuve sonriendo, con el pecho subiendo y bajando, esperando que alguno apareciera entre los árboles.

Después oí mi nombre. No una provocación de Rómulo ni la voz grave de Remo ordenándome que dejara de correr. Fue un grito cargado de desesperación.