Capítulo 5 #2
Aparté los ojos de la toalla con un esfuerzo digno de mención en algún premio.
Sobre el respaldo de la butaca estaban una camisa y una chaqueta de las que se ponía cuando tenía audiencia con la familia.
—Sandra —su voz no sonó molesta, sino más bien ronca.
—Pe-perdón. Llamé, pero no me escuchaste, y abrí, y tú estabas así, y yo no debí mirar… Pensaba que seguías durmiendo y está claro que no…
—Tranquila, no pasa nada. He vuelto hace un rato de una reunión en casa de mi prometida y necesitaba una ducha para despejarme.
—Bien. Genial. Me alegro de que la reina de dragones no te sacrificara.
Aquel comentario había estado fuera de lugar. Alcé el rostro y lo miré.
Algo se le tensó en la cara. Fue tan rápido que pude habérmelo inventado.
—Pe-perdona, no debí llamarla así.
Hizo un gesto con la mano y creí ver un amago de sonrisa. Dio un par de pasos hacia mí. La garganta se me cerró y por un instante me sentí la prota de una escena de romcom . Pensé que la prenda de rizo iba a caerse al suelo y él iba a completar el beso que no me dio.
Frenó a una distancia prudente. Yo tenía la boca seca y los ojos a punto de rodar por su cintura.
«Tu toalla está desafiando a la ingeniería europea».
Necesitaba dejar de pensar en cosas poco apropiadas. Alcé la barbilla de manera abrupta.
—Han matado a otro hombre.
Toda la diversión desapareció de su expresión.
—¿Dónde?
—En la fiesta a la que fue Patri con los vecinos.
Ella está bien, está en casa con Nina, ellos…
no lo sé muy bien. Aimara no responde desde anoche y yo he dormido nueve horas mientras ardía el mundo, o sea que soy oficialmente la peor amiga de España.
—Cogí aire—. Y el muerto era policía. El compañero de Javier, el ex de Aimara, ya sabes: el inspector que lleva la investigación de los casos.
Ciarán asintió una sola vez. Despacio.
—Necesito ir con ellas —añadí.
—Ve.
—Sí. Voy. —No me moví—. Es que hay un problema.
—¿Cuál?
—Lluna.
La susodicha cruzó directa hacia él con la autoridad de quien pagaba la hipoteca y se sentó junto a sus pies con la correa colgándole de la boca y un gimoteo que parecía indicar que yo era una mala persona por no sacarla a pasear.
—Traidora —murmuré.
Él bajó la mano y le rascó detrás de la oreja. Mi perra cerró los ojos con una devoción obscena. Tenía acceso preferente a zonas por las que a mí me habrían impuesto una orden de alejamiento.
—Yo la saco.
—¿En serio? Porque son cuarenta minutos mínimo, y tira, y si ve una paloma se olvida de que la quieres, y hay que llevar bolsas, tú te acabas de duchar y…
—Sandra. Yo la saco. Ve con tus amigas.
Se agachó, le quitó la correa de la boca a mi perra y se la enganchó al collar con una mano mientras se sujetaba la toalla con la otra, y juro por lo más sagrado que ese hombre hacía las dos cosas a la vez con una soltura que yo no tenía ni completamente vestida.
—Gracias. Te-te debo una. Otra. A estas alturas te debo un riñón, dos meses de alquiler y la custodia compartida de la perra.
—No me debes nada.
Lo dijo mirándome a mí. No a Lluna.
Y durante un segundo el cadáver, las llamadas y el reloj se fueron muy lejos, y solo quedaron una cocina, dos manos en mi cara y una conversación sin terminar que ninguno de los dos iba a mencionar aquella mañana.
Él la rompió primero.
—¿Puedo hacer algo más por ti?
«Demasiadas cosas que no podría admitir con tanta ropa».
—No-no lo sé. —Me pasé la mano por el pelo y encontré el moño deforme que había sobrevivido a la noche.
Ni siquiera me había acordado de peinarme.
Bien. «Recalcula ruta, Sandra». Me esforcé pensando más allá del hombre semidesnudo que tenía enfrente y mi necesidad de revolcón—.
Los vecinos de Patri igual lo están pasando mal.
Son militares, no millonarios, y no sé si los están tratando como testigos, como sospechosos o como decoración ensangrentada de una escena del crimen.
Y no tengo ni idea de lo que cuesta un abogado de esos que trabajan en despachos donde hasta el ficus factura por horas.
Patri me dijo que intentaron ayudar al hombre que estaba muriendo.
Ciarán se irguió.
—Tranquila. Déjalo en mis manos; puedo ocuparme también de eso.
No pregunté cómo. Con él los problemas acababan declarándose insolventes.
—Vale —dije—. Vale. Gracias y perdón por lo de entrar en tu cuarto sin permiso.
—Sandra.
—¿Qué?
—Aunque a ti no te haga falta permiso…, la próxima vez espera a que conteste. Quizá podrías ver algo para lo que no estás lista…
Lo recorrí de la cabeza a los pies.
«No te haces una idea de lo lista que estoy».
—Em… sí, ya… Lo siento.
Retrocedí hasta el marco y casi me lo llevo por delante, al marco, digo.
—Te sugiero que te pongas algo antes de bajar con Lluna. No por mí, que ya no estaré. Por la convivencia vecinal. Paqui tiene la tensión alta y no quiero cargar con otra muerte.
La comisura de su boca se levantó medio milímetro.
—Lo tendré en cuenta.
Me di la vuelta y cerré antes de cometer cualquier tontería.
Corrí al baño. Me peiné, me lavé los dientes observando mis mejillas enrojecidas y negué con la cabeza.
«Eres patética cuando estás frente a él. Se casa en un mes, Sandra, ese tío no te conviene». Lo dije con la mente porque tenía la boca llena de pasta de dientes y escupí.
Cogí el bolso, las llaves y, en cuanto estuve frente al ascensor, aporreé el botón, porque mi ansiedad seguía convencida de que los ascensores responden al maltrato.
Nunca funcionaba. Yo lo hacía igual.
Mientras bajaba las múltiples plantas que separaban el ático del hall , el móvil me vibró en la mano.
Número desconocido. Otra vez.
—¡Me cago en los muertos del puñetero spam !
Descolgué solo para que dejara de insistir y soltarle cuatro frescas.
—Como vuelvan a llamar, les voy a meter una demanda que se van a cagar. Soy abogada, ¿sabe? Y lo que están haciendo no es legal, así que borren mi nombre de su lista. Sea lo que sea, no me interesa.
—Buenos días. ¿Hablo con Sandra Ruiz?
Voz femenina, treinta y pocos, dicción entrenada.
—Tengo fibra, tengo internet. Si es una encuesta, estoy a punto de meterme en un túnel.
—Le llamo de Lumen Talent Group.
Me apoyé en la pared del ascensor.
Lumen llevaba dos años contratando a todo el que superaba el medio millón y tenía unas oficinas en AZCA que salían en reportajes de decoración. Yo los tenía archivados en la carpeta mental de «gente que jamás va a llamarte porque no tienes tanta visibilidad, pero gracias por participar».
Y yo diciendo que soy abogada y pidiendo que me borraran.
—Ah.
Me salió un gallo. Muy profesional todo.
—Disculpe que la hayamos llamado en domingo y con tanta insistencia, pero es que el talento no descansa.
Ese era su eslogan. La protección de datos, por lo visto, sí descansaba los domingos.
—Llevamos meses siguiendo su trabajo y nos gustaría mantener una reunión pasado mañana. No sería una al uso: nuestro fundador desea invitarla a cenar personalmente.
«¡Hostia!».
—¿El fundador?
—Eso acabo de decir. No suele participar en las primeras reuniones. En este caso ha insistido en entrevistarla personalmente y en que cancele lo que tenía previsto.
Y ahí, por un segundo, se me olvidó todo.
Cuatro años subiendo vídeos a las dos de la mañana, hablando sola delante de un aro de luz en un piso de treinta y ocho metros, y un jefazo con oficinas en AZCA insistiendo en cenar conmigo.
Sexta. Quinta. Cuarta.
—Pe-perdone una cosa. ¿Es una broma? Es que a mí este tipo de cosas no me pasan y son las once menos cuarto de un domingo.
—Nuestro fundador descansa poco cuando alguien le interesa de verdad.
—Ya.
—¿Le anoto la reserva y le mando los detalles a este número?
—Sí. Anóteme. —Las puertas empezaron a abrirse—. ¿Y cómo ha dicho que se llama su fundador?
—No lo he dicho. Se llama Caedmon Morcant.
—Un nombre muy de fundador.
Hubo una pausa muy breve al otro lado. De esas que hace la gente que no entiende un chiste, o que no está acostumbrada a que se los hagan.
—Le envío los detalles. Que tenga un buen día, señora Ruiz.
Quise decirle «señorita», pero no la corregí; quizá debía asumir que, con cuarenta y un tacos, el «-ita» había solicitado la jubilación anticipada sin consultarme.
Salí al portal con el móvil en la mano, con esa sensación absurda y luminosa de que alguien importante por fin valoraba mi trabajo. Quería darme una oportunidad, justo en uno de los peores despertares de mi vida.