Capítulo 5
Me desperté porque una lengua del tamaño de una bayeta industrial me recorrió la cara desde la barbilla hasta la frente.
Durante medio segundo mi cerebro decidió que aquello podía ser una fantasía erótica.
Después abrí los ojos, encontré a Lluna encima de mi pecho jadeándome con su aliento a pienso y felicidad, y confirmé que mi vida sexual seguía en cuidados paliativos.
—Buenos días a ti también, criatura del averno.
Intenté apartarla. Moverla antes del café requería maquinaria pesada, autorización municipal y un operario con chaleco reflectante. Eso o yo tenía que empezar a plantearme que era buena idea lo de apuntarme a CrossFit pasados los cuarenta.
Busqué el móvil a tientas. No estaba en la mesilla. Tampoco debajo de la almohada. Lo encontré dentro de la funda nórdica, pegado a mi muslo y más caliente que una croqueta recién sacada de la freidora.
Las diez y cuarenta y siete.
Domingo.
Nueve horas y veinte minutos seguidos.
Me quedé un momento quieta, mirando aquel techo altísimo y blanco sin una sola mancha de humedad, con la perra aplastándome el diafragma, y sonreí como una imbécil.
Porque llevaba cuatro años sin dormir así. Cuatro años despertándome a las cuatro de la mañana para comprobar si podía cerrar el puño. Cuatro años haciendo inventario de mi propio cuerpo: kilometraje dudoso, averías recurrentes y un pie en el desguace.
Y desde el viernes por la tarde no estaba enferma.
No estaba enferma.
Lo repetí tres veces por dentro, como quien se palpa los bolsillos para asegurarse de que las llaves siguen ahí.
Después mi cerebro, que llevaba nueve horas descansando y estaba fresquísimo, decidió servirme el plato fuerte: Ciarán Ashveil sujetándome la cara con las dos manos en mitad de la cocina, su boca a un suspiro de la mía y aquella frase.
«Esta conversación no ha terminado».
—¡ Collons !
Me tapé con la almohada. Lluna lo interpretó como una invitación al juego y me plantó una pata en el riñón.
— Auch , aparta, malvada…
Desbloqueé la pantalla con la mano que me quedaba libre.
Y el apocalipsis me cayó encima antes siquiera de que pudiera cepillarme los dientes y dejar de respirar como un arma biológica.
Había puesto el móvil en silencio porque necesitaba descansar de las notificaciones, de los asesinatos y de una comunidad que llevaba días preguntándome si sentía vibraciones oscuras alrededor de mis amigas.
Mi única vibración oscura de aquella semana había sido la lavadora centrifugando con una zapatilla dentro.
Mensajes de Patri. Audios de Patri. Llamadas de Patri. Más llamadas de Patri. Una cantidad que el móvil resumía con un discreto «99+», porque hasta la tecnología había decidido no juzgar aquel brote psicótico.
También cuatro de Nina, seis de Sue y cuatro de un número desconocido que había insistido a las 9:10, 9:40, 10:02 y 10:25.
El spam era cada vez peor; ni siquiera respetaba el día del Señor.
Abrí el chat de Patri.
Los mensajes empezaban a las tres y cuarto de la madrugada.
Todo en mayúsculas.
Después hubo una colección de diez llamadas a las que obviamente no respondí y una ristra de mensajes de voz que debieron ser accidentales porque solo se escuchaban sonidos distorsionados.
Ni una voz clara, como cuando tu abuela le da al botón de grabar del WhatsApp sin querer y la escuchas pidiéndole merluza fresca a la pescadera.
¡Mierda!
Después, nada.
Me incorporé tan deprisa que Lluna resbaló por mi barriga y aterrizó en el colchón con la protesta de una señora a la que le han quitado el sitio en el autobús.
La llamé.
«El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en…».
No lo dejé acabar.
Volví a llamar, porque mi método para resolver problemas tecnológicos consiste en repetir el mismo patrón con más ansiedad.
Apagado o fuera de cobertura.
Patri nos había contado dónde iba. Una fiesta clandestina en una finca, con máscaras y normas que sonaban a que el consentimiento se firmaba en la entrada. El sábado nos había parecido la idea más increíble de su vida, sobre todo porque iba a ir con los hermanísimos. Eso, si Mateo no los pillaba.
Quizá fuera eso lo que había ocurrido: que los había seguido e interrumpido en el peor momento, o en el mejor, que en el caso de Patri solía ser la misma circunstancia con distinto escote.
Mi cabeza abrió el catálogo completo: Patri perdida en el campo, Mateo asesinando a sus dos mejores amigos con una llave inglesa, los tres detenidos por escándalo púbico.
También podría ser que alguien hubiera vuelto a matar.
Ese pensamiento se comió a todos los demás.
Llamé a Aimara. Sonó hasta cortarse. Otra vez. Nada.
—¡Me cago en todo!
Llamé a Nina. Debería haberlo hecho desde el principio.
Descolgó antes del segundo tono.
—¡Por fin!
—¿Qué ha pasado? Patri me ha llamado quinientas veces y ahora tiene el móvil apagado, Aimara no coge, y tú dices «por fin» con voz de haber organizado una evacuación nuclear.
—Sandra, respirá .
—No me pidas respirar. Dime dónde está Patri.
— Acá , conmigo. En su casa. Está… bien.
Su respuesta no sonó a «bien».
Las piernas dejaron de serme útiles y me senté en el borde de la cama.
—¿Qué ha ocurrido?
—Sandi. —Hizo una pausa, y Nina Goffi solo hace pausas cuando lo que viene detrás es grave, porque el resto del tiempo habla encima de su propia respiración—. Anoche apareció un cadáver en la fiesta a la que acudió Patri.
—¡¿Qué?!
Por poco me atraganto.
—Un hombre. Rómulo y Remo lo encontraron. Intentaron reanimarlo porque el asesino debió ser sorprendido y no le dio tiempo a rematar, así que llevan desde las tres declarando. No están detenidos, o eso creemos, porque nadie nos cuenta nada.
—¿Patri lo vio? ¿Al asesino?
—No, cree que pasó muy cerca, pero con el fragor de la persecución no se fijó. Los López tampoco, simplemente tropezaron con él.
La respuesta llegó más baja que el resto.
—Sandi, el muerto era policía.
El estómago me hizo algo muy raro.
—¿Javier?
No sé por qué me vino el nombre del ex de Aimara, quizá porque era el único que conocía o puede que fuera por asociación con mi amiga.
—No. Su compañero. Salas.
—Ay, Dios.
—Y Javi estaba allí, le dijo a Patri cosas terribles y golpeó a uno de los chicos.
Me levanté sin darme cuenta.
—¿Cómo que estaba allí? ¿En la orgía?
—¡No! Entró de guardia, reconoció el cadáver y se le fue la cabeza frente a toda la finca. Y le gritó a Patri, delante de varios agentes y personas envueltas en mantas térmicas.
—¿Qué le gritó?
Nina tardó en contestar.
—Le preguntó a voces si se acostaba con el muerto. Y si le había parecido divertido recrear en vivo uno de sus dibujos. La pobre está destrozada.
Me quedé de pie en mitad de la habitación, con una mano en la boca y la otra apretando el móvil.
Porque nuestra amiga ya se sentía lo bastante culpable por el hecho de que fueran sus ilustraciones como para que Javi le echara más mierda de la necesaria.
—Lo tuvieron que frenar —añadió Nina—. Y su jefe lo apartó del caso allí mismo.
—Voy a matarlo.
— Ponete en la cola. Ya vas a ver cuando se entere Aimi.
—Nina, ¿cómo está Patri?
—Callada.
«Callada...».
Ella, que cuando algo la supera se pone a dibujar y a soltar tacos en valenciano, andaluz y mexicano.
—Voy para allá.
— Vestite primero, no vayas a salir en pantuflas , que nos conocemos.
Bajé la vista. Camiseta vieja de Valentino Dalton y unas bragas de aguacates.
—¿Estás segura de que no me espías por la cámara del móvil? Qué controladora eres.
Nina soltó una risita baja.
—¿Y Aimara?
—Desaparecida en combate. Llevo desde las siete llamándola; debe tener el móvil silenciado o se lo ha dejado en casa.
—Vale. Llego en veinte minutos.
—Tardarás treinta y cinco.
—Veinticinco si el taxista comparte mi desprecio por el código de circulación.
—No atropellen a nadie, por favor, que ya vamos servidas.
Colgó.
Me puse los vaqueros saltando a la pata coja y estuve a punto de morir contra el armario, lo cual habría resuelto de golpe el problema del transporte.
Y entonces Lluna, quien había salido del cuarto con el sigilo de un ninja, apareció en la puerta con la correa entre los dientes y la expresión de «por fin voy a poder hacer pis».
—Ay, mi vida. ¿No puedes aguantarte un poquito?
Movió el rabo más fuerte.
Setenta kilos de vejiga con ojos de cordero degollado era toda la respuesta que necesitaba. Sacarla eran cuarenta minutos como poco, porque esa perra necesita auditar cada árbol de Madrid antes de tomar una decisión, y Patri me necesitaba.
Miré hacia el pasillo.
No sabía si Ciarán habría salido a correr o tendría planes de domingo con su novia, pero era la única persona que se me ocurría que me pudiera hacer el favor de darle un paseo a Lluna.
Crucé el pasillo con mi perra pisándome los talones y llamé a su dormitorio.
—¿Ciarán?
Nada. Golpeé otra vez.
—Perdona que te moleste, pero ha aparecido un cadáver nuevo; Patri estaba allí, en una fiesta sex… de máscaras. Necesito ir a verla, pero Lluna amenaza con inundarte la casa si no la saco.
Silencio.
—¿Ciarán?
Quizá dormía como un tronco. Uno de dos metros, tatuado y con la mala costumbre de tomar el sol como Dios lo trajo al mundo.
Probé el pomo. Cedió.
—Voy a entrar. No porque no respete tu intimidad, sino porque ahora mismo la intimidad está por debajo del pis en la lista de derechos fundamentales.
Abrí.
La puerta del baño se abrió en el mismo instante.
Ciarán salió envuelto en vapor, con el pelo plateado mojado, gotas bajándole por el pecho y una toalla oscura anudada muy abajo en la cintura, terriblemente abajo.
Yo ya lo había visto desnudo.
En teoría, aquello debería haberme proporcionado anticuerpos. Pues no. Mi cuerpo no había fabricado ni uno; había invertido todos sus recursos en convertirme en una bayeta extraabsorbente con vocación de servicio.
Los tatuajes le subían por los antebrazos y bajaban por el torso, más oscuros sobre la piel húmeda. Una gota descendió desde su clavícula, atravesó el abdomen entero y desapareció dentro de la toalla.
La seguí con la concentración de una científica sin beca, sin ética y a una gota de perder la acreditación.