Capítulo 4 #2
Un fae que se corrige antes de que lo hagan otros es un fae que sabe perfectamente lo que está haciendo.
—Después de la ceremonia —zanjó mi futuro suegro— tendrás derecho al original y a los registros vinculados a él. Antes, no.
—La respuesta ha sido clara —intervino mi padre— y la aceptamos.
Lo miré. Para él, aquella negativa reforzaba la necesidad de aceptar. Para mí confirmaba que la Corte Oscura llevaba siglos protegiendo algo bastante más incómodo que un libro.
Elowen se levantó.
—Solicito hablar con mi prometido a solas.
Su padre asintió. El protocolo nos concedía unos minutos fuera del alcance de la mesa, aunque no de la vigilancia de ambas familias. Técnicamente, aquello no quebrantaba ninguna de mis condiciones.
Le ofrecí el brazo. Ella apoyó la mano sin mirarme y me condujo hasta la galería que rodeaba el patio.
Caminamos hasta quedar fuera del alcance de la mesa.
—No me dolió que defendieras al animal —admitió al fin.
Aquello me descolocó más que cualquier reproche de la cena.
—Me dolió que durante un instante me hicieras parecer prescindible delante de ella. —Se giró hacia mí—. Y hay algo que deberías saber antes de aceptar ahí dentro. Mi padre exigió que adelantáramos la boda porque yo se lo pedí. La iniciativa fue mía.
—¿Por qué?
—¿De verdad tengo que explicártelo? —Ladeó la cabeza—.
Tengo miles de años y sigo necesitando la firma de mi padre para viajar.
Cuando él falte, será la de Caedmon. —Dejó que el nombre se quedara colgando—.
En cuanto nos casemos, pasaré a tu custodia.
No tienes aspecto de que te interese lo más mínimo lo que hago con mis días.
Eso es lo más parecido a la libertad que va a ofrecerme nuestra especie.
—Y de paso yo dejo de necesitar el permiso de tu padre para entrar en su cámara.
—Los dos salimos ganando. No pretendas que eso sea romántico; no tengo tiempo para sentimientos ajenos a nuestra especie.
No era hostilidad. La hostilidad la habría manejado; llevaba siglos entrenado para ella.
Aquello era otra cosa. Elowen era la única criatura de aquella casa que había identificado qué necesitaba yo y había comprendido cómo utilizarlo. Me lo estaba poniendo encima de la mesa sin cobrármelo.
Todavía.
Se acercó un paso. Después otro, hasta apoyarse en mi torso.
—Y ahora que ya sabes que no estoy enamorada de ti y que tampoco espero que tú lo estés de mí, escúchame bien, porque solo voy a decirlo esta vez.
—Subió la mano hasta mi cuello—. No estoy celosa de una humana, Ciarán.
Las humanas se mueren. Nosotros no. Lo que no pienso tolerar es que la Casa entera me mire y se pregunte por qué mi prometido eligió a un ser inferior antes que a mí.
—Nadie eligió nada.
—Yo vi lo que vi y solo voy a decirte una cosa.
—Me acarició la nuca y bajó la voz hasta convertirla en algo que solo yo pudiera oír—.
Mastina. Setenta kilos. Duerme en el pasillo, delante de su puerta, con la cabeza hacia el ascensor.
Tienes una cámara en el rellano que nunca conectaste.
Yo que tú, lo haría. Así te asegurarás de que llegue viva a la boda.
Sería desagradable que otra muerte humana arrojara una sombra sobre la editorial en la que trabajas y sobre nuestra unión.
No había alzado la voz. No había amenazado a nadie de forma que pudiera repetirse ante un tribunal.
Aquella era exactamente la clase de frase que los nuestros llevábamos milenios perfeccionando.
Algo se movió debajo de mi piel, y no era la muda.
Calculé cuánto tardaría en cerrar la mano alrededor de aquel cuello y cuánto tardaría mi padre en perdonármelo. Las dos cifras eran muy distintas e inadmisibles.
Nadie sabía la posición en la que dormía esa perra. Nadie que no hubiera estado dentro del edificio o mirándolo desde fuera durante días.
—No entrarás en mi edificio sin mi permiso.
Las yemas de sus dedos se hundieron en mi nuca.
—No entraré en tu edificio si te comportas como debes y cumples.
Una frase. No hacía falta más.
Ella tampoco podía mentir. Y acababa de concederme exactamente lo que le había pedido sin concederme absolutamente nada.
Me solté con toda la delicadeza de la que fui capaz.
—Regresemos.
—Regresemos.
Volvimos al comedor con Elowen colgada de mi brazo y la atención de Caedmon clavada en el punto exacto donde se unían nuestros cuerpos.
El rey alzó la copa que lo aguardaba sobre la mesa.
—La ceremonia se celebrará dentro de un mes, la noche del Velo. ¿Aceptas?
Podía pedir tiempo. Podía levantarme, romper cuatro siglos de alianza y volver al ático, donde a aquellas horas habría una luz encendida en el pasillo y setenta kilos de mastina ocupando la mitad del sofá.
Y el Libro seguiría cerrado. Y dentro de diez años, o de veinte, o cuando le tocara, Sandra volvería a sentarse en una consulta a esperar unas letras que yo no podría cambiar. Los controles serían anuales. La vida humana era corta y la enfermedad de su madre no había preguntado.
Me dije que aceptaba por la investigación y por la obligación de impedir el siguiente crimen.
La imagen que sostuvo la palabra no fue un cadáver, ni una corona, ni un archivo. Fueron unas manos humanas temblando alrededor de un informe médico y todo lo que aún desconocía sobre la mujer a la que pertenecían.
No comprendí por qué aquello bastaba.
Bastó.
—Acepto.