Capítulo 4
La Corte Oscura tenía una habilidad particular para convertir una reunión al amanecer en un juicio y un juicio en una celebración familiar.
Habían añadido flores negras a la mesa.
Eléboros, gladiolos y calas. En Madrid, los gladiolos solo se veían en dos sitios: en los tanatorios y en las bodas baratas. Nadie de aquella casa lo sabía.
El detalle resultaba encantador.
Crucé el umbral con la jaqueca instalada detrás de los ojos y el recuerdo de Sandra agarrada a mi camisa después de recibir la carta que podía cambiarle el futuro.
Sus dedos habían temblado alrededor de un informe médico.
Después se habían cerrado sobre mí cuando le confirmé que no estaba enferma.
Todavía notaba la presión de aquella mano y el instante exacto en que respondió «no» a la única pregunta sensata que le hice.
Lluna había decidido interrumpirnos antes de que yo averiguara qué habría ocurrido si hubiese cedido a las ganas de besarla.
Por primera vez, agradecí la intervención de una mastina.
Mentira.
Habría cometido el error entero y con calma.
Salir del ático había devuelto el hierro de Madrid a mi cabeza. Cada kilómetro hasta la finca fue tensando el dolor y recordándome, con una claridad irritante, que lo único capaz de atenuarlo era la cercanía de Sandra.
El comedor se abría sobre uno de los canales de agua negra que atravesaban la residencia.
Los árboles blancos del patio proyectaban sombras inmóviles sobre el mármol.
Mi padre esperaba junto a la cabecera. La familia de Elowen ocupaba el lado opuesto.
Caedmon permanecía de pie detrás de su silla, con una copa entre los dedos y esa cordialidad incompleta que le servía para casi todo.
Mi madre no había sido invitada.
Ese detalle bastaba para saber que aquello no era una celebración, sino una reparación con manteles caros.
Elowen no se levantó cuando entré. Llevaba el cabello recogido con piedras oscuras y un vestido gris que dejaba los hombros al descubierto.
Su belleza habría resultado impecable de no ser por la temperatura de sus ojos.
Me vio acercarme y desvió la vista hacia el asiento vacío que tenía al lado.
Seguía molesta porque no le hubiera pedido disculpas.
—Ciarán —me saludó su padre.
—Señor.
Incliné la cabeza ante él, ante su esposa y ante mi padre.
Caedmon sonrió.
—Temíamos que alguna costumbre humana te hubiera hecho olvidar la hora.
—Los humanos inventaron los relojes que utilizas. Sería descortés culparlos de tu ansiedad.
Sus comisuras se alzaron apenas.
Nos sentamos. El servicio llenó las copas y nadie tocó la comida, porque en aquella mesa la comida era decorado.
Una reunión fae podía prolongarse horas sin que nadie mencionara el motivo por el que había sido convocada. El padre de Elowen decidió ahorrarnos el teatro.
—Nos encontramos aquí para reparar una afrenta.
—Eso me comunicó mi padre.
Él no reaccionó. Había aceptado el adelanto de la boda antes de preguntarme si estaba dispuesto, de modo que su presencia no constituía apoyo. Era supervisión con corona.
—Mi hija fue cuestionada en una residencia Ashveil delante de una humana —continuó mi futuro suegro—. Se le impidió ejercer sus derechos sobre quien será su esposo y se la expulsó después de que un animal la atacara.
—Lluna no la atacó.
Elowen giró el rostro hacia mí.
—Me derribó.
—Después de que entraras en mis aposentos sin invitación ni acompañante y emplearas tu naturaleza contra ella delante de una humana. —Sostuve su mirada—. Cualquiera de las tres por separado bastaría para abrir un expediente. Las tres juntas, en cualquier corte, se llaman de otra manera.
La temperatura del comedor bajó un grado y no hizo falta magia. Bastó la educación.
—Qué admirable resulta tu conocimiento reciente de la conducta animal —observó Caedmon—. Madrid te está proporcionando intereses inesperados.
—También me ha enseñado que una puerta cerrada significa que no se entra. Nuestra especie debería comprender un principio tan sencillo como ese.
—Ciarán —pronunció mi padre, con el tono que reservaba para las advertencias.
Había ido a ofrecer una disculpa. No a concederles una victoria.
Me puse en pie y me dirigí a los padres de Elowen.
—Lamento la afrenta que mis decisiones hayan causado a vuestra Casa.
Lamento que Elowen abandonara mi residencia sintiéndose cuestionada ante alguien ajeno a nuestras cortes.
Y lamento que un desacuerdo entre nosotros se produjera sin las formas que merece una alianza de esta importancia.
En adelante, cualquier conflicto será tratado en el lugar y ante las personas correspondientes. Os doy mi palabra.
El silencio posterior evaluó cada frase.
No había retirado nada. No había pedido perdón por proteger a Sandra ni a su perra. Los altos fae no mentíamos, y por eso aprendíamos pronto a construir verdades que no entregasen más de lo necesario.
Bajo el puño de la camisa, una escama antigua se despegó de mi muñeca y se quedó atrapada en la tela. Otoño. Siempre me ocurría en las conversaciones donde había que trabajar demasiado la diplomacia.
Mi futuro suegro lo entendió.
—¿Mantienes las condiciones que le comunicaste a tu padre?
—Sí. Son las que cualquier casa exigiría. Elowen no entrará en mi residencia sin invitación, no estará a solas conmigo antes de la ceremonia ni empleará su naturaleza contra quienes se encuentren bajo mi protección.
—Una humana y su mascota —intervino Caedmon—. Tu futuro reinado promete ser innovador.
—Confío en que sobrevivas a la modernidad.
Elowen se levantó.
—¡Basta!
Nadie se movió.
—Deja de humillarme delante de nuestras Casas.
—No era mi intención.
—Tu intención ha dejado de importar. Tus actos no.
La frase cayó limpia. Mi padre desvió la vista hacia el canal y el suyo indicó al servicio que pasara las bandejas, dando por terminada la parte pública del enfrentamiento. Con un cabeceo mínimo, le pidió a su hija que volviera a sentarse. Yo ocupé el asiento que quedaba libre, a su lado.
Comimos una preparación de raíces, flores y carne que Sandra habría descrito como un jardín caro que ha sufrido un accidente. Pensar en ella dentro de aquel comedor casi me hizo sonreír.
Caedmon aprovechó cada pausa. Preguntó si ya había aprendido a cocinar y si pensaba incorporar animales a las audiencias de la Corte del Velo de Ceniza. Respondí lo imprescindible a sus pullas. Elowen dejó de intervenir, y su silencio cortaba más que los comentarios ofensivos de su hermano.
Cuando retiraron los platos, su padre habló de la ceremonia.
—La nueva fecha permite resolver el daño sin prolongar rumores de crisis. Ambas Casas anunciarán la unión en cuanto aceptes formalmente.
—Antes de aceptar, solicito un presente.
Mi padre levantó los ojos. Mi futuro suegro apoyó los dedos en el brazo de su silla.
Caedmon se quedó inmóvil.
Lo delató precisamente eso. El pulgar dejó de recorrer el tallo de la copa y su atención se concentró en mí con un interés demasiado afilado para una petición que todavía no había formulado.
—Habla —ordenó el padre de Elowen.
—Deseo consultar el Libro de las Primeras Formas antes de la boda.
El servicio siguió retirando la vajilla. Nadie más hizo nada, que en aquella mesa era la forma educada de gritar.
Elowen centró toda su atención en mí por primera vez en toda la noche. Su madre parpadeó despacio. Mi padre mantuvo el rostro quieto, aunque conocía mis razones mejor que yo.
Caedmon continuaba sin tocar la copa y escuchaba con interés.
—Jamás mostraste interés por ese archivo —dijo mi futuro suegro—. Tu padre te trajo una vez, de niño, y pasaste la visita mirando las espadas de los guardianes en lugar de las páginas. ¿A qué viene este fanatismo repentino?
—Durante siglos no iba a convertirme en custodio por vínculo. Ningún futuro guardián debería jurar proteger un conocimiento que no se ha molestado en estudiar.
—Es un argumento muy loable.
—No pretendía que lo fuera. Pretendía que resultara suficiente.
Su esposa dejó escapar una respiración apenas audible. Él no sonrió.
—Las normas del linaje impiden el acceso hasta que el matrimonio sea efectivo.
—Las normas admiten excepción mediante un presente de alianza.
—No en lo referente al original.
—¿Por qué?
—Porque ninguna mano ajena al linaje ha tocado el original.
La había pronunciado sin buscarla. Palabra por palabra, con la misma cadencia con la que aparecía escrita en la carta que su Casa había enviado a mi padre bajo un sello de obsidiana.
Nadie repite una frase con esa exactitud si no lleva tiempo ensayándola.
—Conozco esa fórmula —dije—. La leí hace tres semanas.
Es magnífica. No niega que lo haya consultado alguien de tu sangre, no niega que existan copias y no niega que su contenido haya salido de la cámara sin que nadie rozara la cubierta.
—Dejé la servilleta sobre la mesa—. Voy a preguntártelo de otra manera, y vas a poder contestarme sin faltar a la verdad, que es lo que más nos gusta a los de nuestra especie.
¿Ha consultado alguien ese libro en el último siglo?
Un fae bien educado no traga saliva. Él estuvo cerca.
—Nadie ha consultado el volumen sin mi autorización.
Ahí estaba.
No decía que nadie lo hubiera consultado. Decía que él sabía exactamente quién.
No lo señalé. Un fae que enseña dónde ha encontrado el hueco enseña también cómo busca, y yo iba a necesitar buscar mucho tiempo dentro de aquella casa.
Cogí la copa, la sostuve el intervalo adecuado y archivé la frase entera, con su pausa y su cadencia, junto a la carta del sello de obsidiana y el nombre de un aquelarre llamado Valdebruma.
—¿Y los registros de consulta?
—Forman parte del privilegio custodio.
—Convenientemente.
Caedmon volvió a mover el pulgar. Una sola vez.
—¿Y qué esperas encontrar exactamente, querido Ciarán? —Dejó la copa por fin.
—Disculpad si ha sonado a interés.
—Ha sonado a lo que era —me corrigió sin titubear.
—Caedmon —carraspeó el rey.
Mi cuñado inclinó la cabeza con una obediencia impecable. Demasiado rápida.