Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Tenía el nombre clavado en las córneas y el sabor de la traición rebotándome en el estómago desde que leí el correo.

La destinataria era Elena.

«Mi Elena». Eso sí que no me lo esperaba.

Pasé las horas siguientes en el piso de Salas buscando una explicación que no me obligara a romper nada.

Revisé carpetas, archivos recientes, las capturas de Umbral y cada rincón de aquel cuarto donde mi compañero había construido una vida clandestina a mis espaldas.

No encontré más mensajes entre ellos. Ni fotografías. Ni una conversación guardada.

Solo hallé aquel correo y la certeza de que los dos compartían un secreto al que yo no estaba invitado.

Fotografié todo. Después devolví cada objeto a su sitio, limpié lo que había tocado, orienté las cintas moradas hacia el mismo lado y apagué la luz.

Cinco años entrando en escenas ajenas me habían enseñado lo difícil que resulta no dejar rastro.

Cinco años con Miguel Salas deberían haberme enseñado que incluso los mejores amigos te traicionan.

En el pasillo, su perra había salido de la cama y estaba sentada frente a la puerta, mirando el hueco por donde él tendría que aparecer.

Le llené el cuenco. Se acercó, olisqueó la comida y regresó a la entrada.

No la llamé por su nombre.

Si lo pronunciaba, quizá agotaría la poca entereza que me quedaba.

Le puse la correa y la bajé al coche. Que vinieran a precintar el piso cuando les diera la gana. La perra no era una prueba.

Las llamadas perdidas ocupaban media pantalla. Mi jefe. La comisaría. Dos números internos. Ninguna de Elena.

Me metí en el bolsillo el juego de llaves, como si fuera a necesitarlas otra vez.

Me las había dado cuando se jodió el pie y requería ayuda.

—Solo para emergencias —dijo.

—Como si me apeteciera venir a este tugurio de cuarenta y siete metros cuadrados a organizar fiestas —le respondí.

Durante el trayecto repetí el correo hasta aprendérmelo.

«Los libros son una maldita guía de campo para cruzar el velo y dar con los sobrenaturales. Tenemos que vernos y hablar sobre la serie sin que Javi lo sepa».

Sin que Javi lo sepa.

No «sin que el inspector lo sepa». No «sin que tu novio lo sepa».

Javi. El amigo. El gilipollas al que ambos sonreían mientras decidían qué parte de la verdad podía soportar y cuál iban a ocultarle.

Aparqué a dos calles y dejé a la perra en el asiento trasero con las ventanillas abiertas un par de dedos.

—No tardo, colega.

Gimoteó antes de acomodarse sobre la manta.

Subían persianas y un camión descargaba cajas frente a un supermercado. Madrid se preparaba para otro día de mierda con su eficacia de siempre.

Miré el edificio y pensé en la ilusión que me había hecho que mi novia me diera las llaves de su piso porque eso significaba que íbamos en serio…

En serio… ¡Ja!

Subí en el ascensor sumido en mis propios pensamientos. Cuando introduje la llave en la cerradura giró sin resistencia, rompiendo el silencio.

Dentro, como siempre, olía a especias y pan. Me quité los zapatos en el recibidor. Mi chaqueta seguía allí desde hacía dos semanas, colgada junto a la suya.

Desde el dormitorio llegaba su respiración suave.

El inspector Expósito habría solicitado una orden.

Javi llevaba una noche de cadáveres, mentiras y allanamientos. El procedimiento podía ponerse a la cola.

Empecé por la cocina. Abrí el mueble donde había visto la caja negra con la cinta morada que llamó mi atención.

—¿Qué escondes?

—Nada.

—Vamos, nena. Dímelo. ¿Es un conjunto nuevo de ropa interior?

—Te he dicho que nada —insistió—. No me gusta que me chafes las sorpresas.

Ahora me sentía estúpido, ¿Y si ese regalo era para Salas? Una de esas jodidas cajas que habían en su piso.

Tiré de la puertecilla. Vacío. La había movido o se la había dado.

Revisé el salón y el aparador. El portátil tenía contraseña y no la probé.

El despacho estaba al fondo, ordenado hasta lo ofensivo. En la pared había un armario de puertas opacas que nunca había abierto en mi presencia.

Me tembló el pulso antes de hacerlo.

Dentro estaban los libros. Pulcramente colocados.

La saga completa de mi ex. Ediciones normales, especiales, una extranjera y varios tomos llenos de banderitas. Todos colocados por orden, pero con los lomos hacia dentro, para que no pudiera leerse el título. Solo alguien obsesionado los reconocería así puestos.

Dos años de Aimara guardados de espaldas en la casa de mi novia.

O de mi ex. Ya no sabía qué éramos.

En el estante inferior descansaba la maldita caja negra con la cinta morada y el sello dorado.

—¡Me cago en la puta, Elena!

Tiré de uno de los volúmenes que la mantenía encajada. Otro tomo se deslizó desde arriba, golpeó el estante y cayó al parqué con un estruendo que sonó a disparo.

—¡Mierda!

La luz del pasillo se encendió a los pocos segundos, no tuve tiempo ni de agacharme.

—¿Javi?

Elena apareció descalza, con el pelo revuelto y una camiseta larga. Entrecerró los ojos: yo frente a su biblioteca secreta, un libro de mi ex a mis pies y sus llaves asomando del bolsillo.

—No sabía que vendrías. Es muy tarde o muy pronto, según se mire. ¿Qué haces en mi despacho?

La bilis me subió a la garganta.

Quizá Salas había estado allí. Quizá se habían reído de mí delante de esa colección mientras yo llamaba amigo a uno y nena a la otra.

—Miguel Salas ha muerto esta noche.

El sueño desapareció de su cara. Buscó el marco de la puerta y las rodillas le fallaron lo justo para obligarla a apoyarse.

—¿Qué?

—¿Cuándo hablasteis por última vez?

—¿Perdona?

—Es una pregunta sencilla.

—Acabas de decirme que tu mejor amigo ha muerto y estás registrando mi casa. ¡¿Qué coño está pasando, Javi?!

Se tapó la boca. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

La reacción parecía auténtica.

También lo habían parecido muchas cosas justo antes de dejar de serlo.

—Eso deberías decírmelo tú, ¿no crees? —señalé el despliegue a mis espaldas.

Sus ojos titubearon, pero no dijo nada, así que proseguí—.

El aviso entró a la una y treinta y siete.

Estaba en una orgía con máscaras, en una finca al norte de Colmenar.

Lo encontraron dos hombres cubiertos de su sangre, al parecer recreaban escenitas de sexo al aire libre entre humanos y sobrenaturales.

—Dios mío…

Las piernas amenazaron con fallarle otra vez.

—Siéntate.

Obedeció porque se lo pedí o porque ya no aguantaba más en pie. Lo hizo como quien se sienta delante de un policía en un interrogatorio.

—He entrado en su casa. Sin orden, sin testigos y sin acta. Me apartaron del caso en la finca, así que ahora mismo no soy nadie más que un tío cargadito de mala hostia. —Giré la pantalla del móvil hacia ella—. Esto estaba en su ordenador.

Leyó. La vi mover los labios al llegar a la última línea.

—Firmado con una ese. Y tu dirección en el campo «Para».

Elena cerró los ojos con las mejillas húmedas.

—Yo…

—¿Estabais liados?

—¡No!

—Pues «sin que Javi lo sepa» suena muy mal.

—No es lo que parece. Miguel también era mi amigo —la voz se le quebró—. Tu compañero —puntualizó—. Mi amigo, de esos con los que una no se acuesta.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de conocerte —confesó con la boca pequeña.

Aquello me dejó quieto. Tragué con fuerza.

Elena se abrazó el cuerpo. Las lágrimas le caían sin ruido, con la cara inmóvil.

—Sigue.

—Lo conocí en un evento del sector hace dos años.

Yo llevaba la comunicación y él entró con una acreditación de prensa prestada.

Chocamos frente a una mesa de novedades y empezamos a hablar.

Me contó que grababa reseñas sin enseñar la cara y distorsionaba la voz porque no está bien visto leer determinados géneros.

Comenzó por curiosidad, porque a su compañero de curro le dejó su novia por culpa de «esa mierda», me dijo de manera literal y terminó enganchado al romantasy .

No quería que nadie lo supiera, a mucha gente le da vergüenza decir lo que leen porque los juzgan.

—A Salas no le daba vergüenza casi nada.

—Le daba vergüenza que tú lo despreciaras por haberse aficionado a los libros de tu ex.

—Yo no lo habría despreciado.

Elena miró la estantería a mis espaldas y alzó las cejas al volver a mí.

—Creaste un foro con ocho mil personas para explicar que esos libros destrozan parejas.

Me lo enseñaste orgulloso en una de nuestras primeras citas.

—Señaló el armario—. Tú no ves una biblioteca.

Ves la prueba de que yo también soy una de esas mujeres a las que consideras ridículas y que encima leen a Aimara.

—No pienso eso de ti.

—Porque no sabías que la leía, no conocías esa faceta de mí.

Abrí la boca y no encontré una respuesta que no sonara a mentira.

—¿Por qué no me dejaste cuando te enseñé el foro?

—Porque, al margen de tu fobia hacia las lectoras de romantasy , me pareciste un buen tío. Uno herido que acabaría olvidando a Aimara S. Duque y podría sanar a mi lado.

—El correo —insistí.

—Miguel creía que algunos detalles de la saga coincidían con cosas reales. Quería saber si yo había detectado algo desde el sector. No habíamos quedado. Ni siquiera le contesté. Estaba investigando por su cuenta, quería demostrarte que era un buen poli.

Por lo menos en eso no me había equivocado.

—¿Cuándo lo abriste?

—El martes.

El martes yo estaba en esa misma cocina, bebiendo su vino y quitándole importancia al pan de ajo para follármela después.

Me quedé inmóvil, colocando piezas que no encajaban en ningún sitio decente y entonces me vino el fogonazo.

—Una cosa más. La cafetería de Alonso Martínez. Hace algo más de seis meses. ¿Fue casualidad que nos conociéramos?

Elena no se movió.

—Me habló tanto de ti… Me enseñó varias fotos, me llamaste la atención, eres muy guapo y el uniforme te sienta de miedo, aunque eso ya lo sabes.

—Se enjugó varias lágrimas—. Miguel creía que congeniaríamos.

Decía que eras el mejor inspector de homicidios que había visto nunca, un tío fantástico y que no reconocerías que te habían roto el corazón ni bajo tortura, que necesitabas a alguien como yo.

Un día quise ponerte cara. Fui tres mañanas seguidas hasta que coincidimos.

—Y me pusiste cara.

—Y me gustaste. Eso no lo planeó nadie. —Se puso de pie—. Miguel te quería, Javi. Yo también. Los dos sabíamos que había una parte de nosotros que no ibas a mirar sin juzgarla.

—Así que me conocíais mejor de lo que yo os conocía a vosotros.

—No conviertas esto en otra traición. Miguel ha muerto. Era tu mejor amigo y también era importante para mí. No uses su muerte para destruir lo que todavía te queda.

Miré la estantería, la caja, las banderitas y el hueco del libro caído.

Salas muerto. Elena llorando. Aimara en cada lomo. La perra en el coche esperando a un hombre que no iba a volver. Mi jefe llamándome después de apartarme.

Todos tenían una habitación cerrada. Todos decidían qué podía ver yo y qué debía quedarse fuera. Después esperaban que actuara con normalidad cuando la puerta se abría.

¡A la mierda!

—Javi. —Alargó la mano—. Estoy aquí. Sigo aquí. Te quiero.

Miré esa mano.

«¿Ahora eres Javi o el inspector?» , me había preguntado una noche en aquella cocina mientras me la comía con los ojos vestido con el uniforme.

Aquella vez supe contestar.

—Ya no sé en quién confiar y mucho menos si puedo hacerlo en ti.

—No nos hagas esto.

—Lo siento.

Me di media vuelta.

—Javi. ¡Javi!

No me giré.

Recogí los zapatos del recibidor y salí. Elena volvió a pronunciar mi nombre roto, en el rellano, mientras yo bajaba las escaleras de dos en dos.

Cerré la puerta del edificio con toda la fuerza que llevaba guardada desde que aquella técnica levantó la máscara de zorro.

No me habían engañado el uno con el otro. Habían aprendido a esconderse de mí porque sabían perfectamente qué opinaba de quienes eran en realidad.

Dentro del coche, la perra levantó la cabeza y volvió a tumbarse.

Abrí el navegador, entré en el foro y busqué al único que en dos años no me había ocultado ni una coma.

SobrenaturalDeath estaba conectado.

Ese hombre no dormía nunca.

TheOtherSide: Ha muerto mi compañero. Y mi novia me ocultaba que se conocían y leían mierdas juntos. No sé si estaban liados o solo compartían secretos a mis espaldas. Me han sacado del caso y no sé qué cojones hacer ni en quién confiar. Todos me traicionan al final.

Le di a enviar sin releerlo.

Apoyé la cabeza contra el respaldo y lancé el móvil al asiento del copiloto.

Después golpeé el volante. Una vez. Otra. Y otra más, hasta que el claxon empezó a bramar bajo mis puños y de mi garganta salió un rugido que nunca había soltado delante de nadie.

Arranqué y pisé el acelerador hasta el fondo sin saber muy bien qué pasaría a partir de ahora.