Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Esa vez asintió.

Debí detenerme ahí. En lugar de eso, me abrí el pulgar con un colmillo.

—Dame la mano.

Ella no me la dio. Se llevó dos dedos a la mordida del cuello, recogió la gota que aún asomaba sobre la piel y me ofreció la yema.

—Sé lo que voy a perder dentro de diez minutos —dijo—. Quiero que tú también pierdas algo.

Uní los dedos a los suyos y pronuncié la fórmula en la lengua en la que se pronunciaban estas cosas cuando el mundo era joven y bastante más honesto.

—¿Qué has dicho?

—Que a partir de ahora llamo antes de entrar.

—¿Dice eso?

—Es una traducción libre. Tú de eso sabes bastante.

Eso la hizo reír.

El pacto se cerró con un latigazo seco.

La mente de Nina desapareció de mi alcance. Seguía viva al otro lado, cerca, audible como una respiración detrás de una puerta, y no pude leer una sola palabra.

Ella lo probó de inmediato. Pensó en mí a propósito, con toda su intención. Sentí el golpe, la invitación sin apertura, mi polla poniéndose dura y el vacío exacto donde antes había una voz.

—Toc, toc —pronuncié, masticando las palabras con dolor.

Sonrió.

—Oh, esto me va a encantar.

—Empiezo a arrepentirme.

—Tarde, sugarvampi .

Me vestí porque, cuando despertara del borrado, no me pareció buena idea estar en cueros. Bajamos al salón.

Estar cerca de mi cama era una mala idea. No iba a ser capaz de controlarme con ella entre mis sábanas.

Nina se sentó en el sofá, se recogió el pelo y me miró.

—Hazlo antes de que cambie de opinión.

Me arrodillé delante de ella y le pedí que se pusiera cómoda.

—Abre la puerta.

—Adelante.

Su mente me recibió por última vez.

Ahí seguía todo: la cena, mi boca en su cuello, el chasquido del encaje, sus tacones, la palabra que había pronunciado con mis colmillos dentro. Alcancé el borde y tiré.

La marca ardió. El vínculo se tensó entre los dos; una parte de mí se plantó delante de su memoria con los brazos abiertos. Nina apretó los dedos sobre la tapicería y no pidió que parara.

Empujé más fuerte.

Algo cedió.

Fui cubriendo la noche con una versión más segura: una cena, una discusión sobre el capítulo trece, demasiado vino. Ella agotada, una invitación a que se sentara en el sofá mientras yo recogía la vajilla y, después, el sueño.

Dejé fuera el miedo, el placer, el Consejo, Viena y todo lo que ninguno de los dos debería haber dicho en voz alta.

Cuando llegué al pacto, la puerta empezó a cerrarse sola.

No pude comprobar el resultado. Acababa de jurar que no lo haría y ya no podía entrar sin permiso.

—Yanina —murmuré.

Abrió los ojos despacio. Tardó un segundo en reconocer el salón, otro en mirarse el vestido y un tercero en llevarse una mano a la sien.

—Qué vergüenza. Me he dormido.

—Estabas agotada y habían caído un par de botellas de vino. No debí insistir en la cuarta copa. Admito mi parte de culpa.

— Mamma mia . Tengo la cabeza hecha puré.

Se levantó, buscó el bolso y frunció el ceño. El borrado solía dejar una resaca parecida.

Después se miró el escote.

La sombra de mis dientes seguía marcada en su piel y, además, no llevaba sostén.

«Que no pregunte, que no pregunte, que lo haga y pueda llevármela a la cama otra vez».

Hice una mueca. Ella me miró de soslayo sin pronunciar nada al respecto.

¿Una mujer que llevaba dos años discutiéndome a diario no iba a lanzar ni una sola pregunta sobre aquella escena?

—¿Tengo una marca de dientes y voy sin sujetador?

Y ahí estaba la señorita Goffi.

—Eh… Sí. Te lo arrancaste porque dijiste que el aro estaba intentando perforarte un pulmón. Después lo agitaste por encima de la cabeza mientras cantabas No llores por mí, Argentina , te abriste el escote y me exigiste que te succionara «la herida» para no morir de tétanos.

Parpadeó.

—El tétanos no se contagia así.

—Intenté explicártelo. Me llamaste «fascista sanitario» y dijiste que ibas a añadir una nota de la traductora a pie de página explicando mi cobardía.

El sonido que emitió habría servido para certificar la defunción de su integridad.

—Prefiero que te ahorres el resto de la explicación. Solo dime que vas a poder olvidar lo que hice, que entiendes que fue bajo los efectos del alcohol y prométeme que nunca, bajo ningún concepto, sacarás el tema de lo que ha pasado aquí esta noche porque en parte fuiste responsable de mi caída.

«No te haces una idea de lo que me va a costar eso».

—Por supuesto. Mis labios están sellados. Además te debo una, tú viniste a buscarme a la cárcel.

—Era una comisaría.

—Había barrotes.

—En las ventanas.

—Minucias.

Nina suspiró.

—Deja que te lleve a casa.

—Prefiero ir en taxi.

—Entonces te pido uno.

«No te vayas».

—No. Prefiero que me dé un poco el aire. Además, ya está amaneciendo…

—El aire no evapora el alcohol.

—No, pero quizá enfríe la vergüenza antes de que llegue a casa. Gracias por el ofrecimiento.

La acompañé hasta la puerta. No intenté besarla; ella no me insultó ni preguntó por mi pelo revuelto. La vi alejarse mientras mi interior gritaba que no la dejara marchar.

Volví dentro. Recogí los botones de mi camisa uno a uno, del suelo del pasillo, y los dejé sobre la encimera igual que quien ordena las pruebas de un delito que nadie iba a denunciar.

El lunes redactaría el informe para Marcellus. Borrado rutinario. Humana expuesta. Sin incidentes.

Cerré la puerta convencido de que la había protegido. Todo regresaba a la casilla de salida, salvo por el pulso de Nina latiendo dentro de mí y por una puerta que había jurado no volver a abrir.

Lo que yo no sabía cuando la dejé marchar era que no había clausurado la mente de Nina, sino la única entrada que me habría permitido comprobarlo.

El borrado había fallado. Ella lo recordaba todo: mis manos, mis colmillos, el pacto y mi decisión de traicionarla «por su bien», porque no había confiado en ella.

Y dejar a una mujer inteligente con todos sus recuerdos y un motivo para odiarte era una forma bastante eficaz de fabricar tu propio verdugo.