Capítulo 2
—¿Qué estás haciendo? No lo hagas, Darian.
—Shhh… Déjame.
El recuerdo cedió un milímetro y el dolor me atravesó el pecho.
No era suyo. La marca se había cerrado alrededor de aquella noche y tiraba de mí cada vez que intentaba separarla de su memoria.
Empujé igual. Había vaciado cabezas mucho más difíciles que la de una traductora de metro y medio: soldados, sacerdotes, una duquesa empeñada en recordar lo que había visto en un sótano de Viena.
No calculé que me agarrara de la muñeca.
—He dicho que pares.
Ya no sonaba asustada. Sonaba a Nina Goffi encontrando una errata en la página siete de una edición de lujo.
Retiré la mano de su rostro.
Abrió los ojos. Seguía desnuda bajo la sábana, despeinada, con las gafas abandonadas en la mesilla y dos mordidas que convertían mi concepto del autocontrol en una broma bastante cara.
—Es para protegerte.
—Ya conozco esa frase. La usan los hombres justo antes de tomar una decisión de mierda en nombre de una mujer.
—El Consejo de los Sobrenaturales no va a pedirte opinión cuando descubra lo que sabes.
—Y vos tampoco, por lo visto.
Se incorporó contra el cabecero y se recolocó la sábana con la dignidad de quien quince minutos antes había gritado mi nombre en varios idiomas.
—Estás desnuda —señalé.
—Tengo sábana. Prácticamente es un traje de chaqueta. —Alcanzó las gafas y se las puso con una solemnidad absurda—. Antes de que vuelvas a desmontarme el cerebro, quiero saber qué me vas a quitar.
—Todo lo relacionado con nuestro mundo.
—Eso no es una respuesta. Es el índice. Yo quiero los capítulos.
—Ya te he contado lo imprescindible.
—Me contaste el folleto turístico. Velo, Consejo, nepojefe fae con padre lleno de ego, vecinos peludos. —Se ajustó las gafas—. Ahora quiero la parte que no pensabas contarme nunca.
Debería haberme negado. Cada palabra ampliaba el problema y aumentaba la cantidad de material que tendría que borrar después.
Me senté a un metro de ella. Era exactamente la distancia a la que aún podía pensar sin que mi cuerpo me traicionara.
—Pregunta.
—Antes, en la cama, te pregunté si se puede convertir a alguien y me saliste con «prudente». —Levantó una ceja—. Contestá.
—Se puede.
El silencio duró lo suficiente para que oyera su corazón cambiar de ritmo.
—¿Así, sin más?
—No. Está prohibido sin autorización del Consejo, se paga con la existencia de los dos y sale mal más veces de las que sale bien. Lo que vuelve no siempre trae toda la persona dentro.
—¿Lo has visto?
—Sí.
—¿Lo has hecho?
Ahí estuvo la pregunta.
—Una vez estuve a punto —dije—. Hace décadas. También había una bañera. Es lo único que voy a contarte y, dentro de un rato, tampoco lo recordarás.
Nina no hizo un chiste. Fue la primera vez en dos años que la vi decidir no hacerlo.
—Vale —murmuró—. Vale.
Bajó la vista hacia la marca del pecho.
—Ahora explicame esto, ¿por qué sentí esa necesidad tan brutal de que me mordieras?
Dudé sobre si responder o no. Me gustaba tanto la Nina curiosa que no pude negarme a darle lo que tanto deseaba. Ese hambre de conocimiento era lo que más me gustaba.
—Se llama Marca del Pulso.
Se lo conté sin adornarlo. Un vampiro puede morder muchos cuellos y un solo corazón.
Aquella mordida no la convertía, no la reclamaba y no la ataba a nada: me ataba a mí.
Sentiría su latido a cualquier distancia, sabría cuándo tenía miedo y podría encontrarla si alguien intentaba quitármela.
Manipular sus recuerdos me haría daño. Mientras ella viviera, yo no podría entregar esa marca a nadie más.
Y, si la mataban, una parte de mi cabeza se iría con ella.
—Entonces no me marcaste vos a mí —dijo despacio—. Te marcaste tú.
—Sí.
Mi confesión pareció gustarle; aun así, preguntó:
—¿Y puedo devolverte el regalo?
—Puedes rechazarla y desaparecerá. No es agradable para ninguno de los dos, aunque se sobrevive.
—¿Pensabas contármelo antes o después de formatearme?
—No pensaba contártelo.
—Al menos sos sincero cuando decidís ser un stronzo .
—No esperaba que supieras dónde estaba ese punto. Una humana no debería poder oír la llamada. Tú me llevaste la boca al sitio exacto y me lo pediste tres veces. Intenté resistirme, pero fue demasiado, Yanina.
—Me diste dos noes.
—Y el sí mandó cinco siglos de criterio a la mierda.
—Eso fue tu elección, Pátula. No uses ahora mi ignorancia como excusa.
La frase hizo más daño que el tirón de la marca. Preferí no compartir el detalle de que me afectaba que no le diera valor.
—Sabes que soy una persona de fiar, ¿verdad?
La observé más tiempo del que debería. Estaba tan guapa en mi cama… Sería tan fácil no actuar y compartir con ella…
No iba a hacer eso. No era seguro y la pondría en peligro sin necesidad, por puro egoísmo.
«Ah».
«Ah, no».
«Ah, no, no, no».
Alcé las cejas.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Vas a borrarme igual. Diga lo que diga. Da lo mismo si soy una persona fiable.
—Sí.
—¿No has barajado la posibilidad? ¿No tienes ni una duda?
—Tengo muchas. Mantenerte viva está por encima de todas. No todos los sobrenaturales son comprensivos.
—La facción oscura.
—Exacto.
Se levantó un poco, lo suficiente para que la sábana se desplazara y quedara sobre la cama, y mi capacidad para sostener una discusión razonable murió en el acto.
Cruzó el dormitorio sin ocultarse, recogió el vestido burdeos del suelo y me miró por encima de las gafas al notar que yo no había apartado la vista.
—Ya lo viste todo.
—Eso no significa que tenga suficiente o que me impida querer volver a verlo.
—Pues mirá bien porque es la última vez que lo vas a ver. Si me borras la memoria, no recordaré lo bueno que eres en la cama y te odiaré de nuevo sin remordimiento.
Se puso el vestido. El sujetador no estaba en condiciones de prestar servicio, así que lo levantó con dos dedos y lo dejó caer sobre la cama.
—Me debés uno.
—Te compraré diez.
—Quiero el mío, no diez.
—Puedo repararlo.
—¿Sabes coser?
—He tenido tiempo para aprender.
— Cazzo . Esto se está volviendo peligrosamente atractivo.
El pensamiento que llegó detrás traía una imagen tan detallada que tuve que cerrar los ojos un segundo porque ya volvía a estar empalmado.
—Deja de hacer eso.
—¿El qué?
—Tus pensamientos…
—Que mi cerebro funcione es congénito.
—Me refiero a los impuros.
—Ah, eso sí podría dejar de hacerlo, pero no quiero.
Se acercó y me besó despacio, sin prisa, sujetándome la mandíbula con una mano. Cuando mi brazo rodeó su cintura, le di la vuelta y apreté mi erección contra su trasero. Gimió.
—Si volvemos a empezar, no voy a poder borrarte todavía —dije, lamiendo el lateral de su cuello.
—Ese era el plan.
—Lo sé. Te he leído.
—Cotilla.
Se apartó y fue a sentarse en el borde de la cama. Se alisó el vestido y se colocó frente a mí como quien se abrocha una americana antes de una reunión complicada.
—Tengo una duda.
—Dispara.
—Los pactos de sangre entre vampiros. En las novelas de Aimara salen y llevo dos años traduciéndolos convencida de que eran una cursilería del género. ¿Existen?
—Existen. Son antiguos y vinculantes entre especies. Ni el Consejo puede deshacerlos, sobre todo porque se sostiene encima de unos cuantos. Son promesas inquebrantables.
—O sea, que os inventasteis los ataúdes y los murciélagos y lo que era verdad lo dejasteis publicado en una saga romántica de cantos tintados. No hay quien os entienda.
—El velo funciona mejor cuando la verdad se vende con purpurina.
—Perfecto. Entonces negociemos. —Fruncí el ceño.
—Esto no es una negociación.
Me acerqué y ella alzó un pie para frenarme. Solo sirvió para que lo llevara hacia mi boca y me pusiera a mordisquearlo contemplando su sexo brillante sin bragas.
—Todo es una negociación —jadeó—. Llevo seis años consiguiendo que una imprenta de Zaragoza me entregue diez mil cajas en catorce días con el almacén inundado.
Tú eres un martes cualquiera. —Levantó un dedo pese a que mi pasada de lengua por la pantorrilla la estremeció—.
Uno: te dejo entrar en mi cabeza una última vez.
No voy a pelearme, no voy a llorar y no voy a suplicarte.
Y, si seguís haciendo eso con la boca, probablemente nos corramos antes de firmar nada.
No dije nada. Porque ese punto me parecía bien. Seguí dándome un festival de piel.
—Dos: hacemos un pacto de sangre antes de que me borres la memoria.
Después de esta noche no vuelves a entrar en mi cabeza sin permiso.
Ni cuando piense en ti, ni cuando esté cabreada contigo, ni cuando te imagine haciéndome cosas en el ascensor de la editorial, que va a pasar, porque soy débil y tú tienes unos antebrazos demasiado bonitos.
—Eso no funciona así. Tus pensamientos vienen solos. No los busco.
—Entonces te va a costar rechazarlos, pero lo vas a hacer porque lo has prometido. Bienvenido a los límites. Se llevan mucho este siglo.
—Cada vez que pienses en mí voy a notar esa puerta y no voy a poder oír qué hay detrás. ¿Tienes idea de lo que es eso?
—Sí. Se llama vivir como el resto de la humanidad.
—Es peor.
—Eres un dramático. —Había alcanzado el muslo.
—Soy preciso.
—Presumiste de tener siglos de autocontrol hace una hora.
—En otro contexto.
—Aplica las competencias transversales.
Le bajé la pierna, le subí la falda y me hundí entre sus muslos hasta que gritó mi nombre más de tres veces.
Había tratado con banqueros florentinos, con dos papas y con tres miembros del Consejo que todavía me deben una disculpa. Ninguno me había puesto condiciones como Nina, sentada en mi propia cama, con las gafas torcidas y el sabor de su orgasmo todavía en mi lengua.
—¿Hay trato? —logró pronunciar, temblorosa.
—Un pacto no admite ambigüedades —advertí, buscando su boca.
—Menos mal que soy correctora. Repetí conmigo: no entrarás en mi cabeza sin que yo lo autorice de forma consciente.
—Y tú me permites acceder una última vez para eliminar esta noche y todo cuanto has sabido de nuestro mundo.
—Ajá.
No lo había dicho exactamente así.
Nina Goffi jamás dejaba pasar una modificación de sentido. Llevaba dos años devolviéndome párrafos con una nota al margen por una preposición.