Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Esta vez no hubo violencia ni marcas. Solo una opresión firme alrededor del pecho que me impidió contestar.

Aimara observó mi expresión.

—Entendido. Otra que no.

— Bēlatî …

—No uses esa palabra para calmarme. Tampoco sé por qué me llamas así exactamente.

La presión aumentó.

Aimara soltó una risa breve.

—Contigo una conversación debe de ser divertidísima en un control de aduanas.

—He tenido siglos para perfeccionar el arte de no declarar nada.

—Siglos, ¿eh? Pues enhorabuena. Se te da de puta madre.

Se sentó frente a mí, mucho más cansada de lo que debería.

—Dime una sola cosa que puedas decir sin que lo que sea que te ocurre intente arrancarte la cabeza. ¿Tiene sentido?

«No te haces una idea».

La miré.

—No permitas que nadie decida por ti quién fue esa mujer. Tú siempre has sido tú, en todas tus formas.

Frunció el ceño.

—Suenas como una galleta de la fortuna, es una mierda de ayuda.

Desvió la vista hacia la frase de la pantalla.

—Voy a averiguar qué coño es esta vaina contigo o sin ti.

No había amenaza en su tono. Tampoco una petición para que la detuviera.

Era una decisión. Nuestra historia había comenzado con una igual.

—Buscaré a otra persona que haga regresiones, alguien bueno de verdad.

Investigaré el nombre, el jardín y esa maldita puerta.

Todo. Y me da igual si es blindada: voy a derribarla de una patada.

Si lo hago y te encuentro al otro lado, espero que te comportes como una buena damisela en apuros y no me jorobes.

Eso me hizo reír.

El miedo intentó convencerme de que la protegiera utilizando los mismos métodos que siempre había despreciado: ocultar, dirigir, decidir qué podía soportar.

Lo dejé pasar.

—Hazlo —la incité.

Aimara levantó la vista.

—¿No vas a intentar impedírmelo?

—Nunca he tenido derecho a decidir sobre ti. Y me apetece ser tu damisela.

—Pero crees que es peligroso.

—Sí.

—Y, aun así…

—Nadie debería limitarte.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Después señaló los bombones.

—Esos se quedan.

—Era mi esperanza.

—Las flores también. Ponlas en agua y…

Saqué las entradas y las agité a modo de bandera de paz.

—Pensé que podría estar bien.

—¿Una película?

—Para mañana. La última sesión. Así tienes tiempo para decidir si te apetece acompañarme o prefieres fingir que no te mueres de curiosidad sobre cómo sería ir conmigo al cine.

—Qué considerado. ¿Qué película? —preguntó, interesada.

— El diablo viste de Prada 2 . La escogí por el título; me pareció apropiado.

—Sabes que no va de demonios con buen gusto para la moda, ¿cierto?

Chasqueé la lengua.

—Menudo fallo.

Aimara puso los ojos en blanco.

—Es broma. He elegido una comedia romántica. Va de un matrimonio que se divorcia durante unas vacaciones en la Toscana.

Se pinzó el puente de la nariz.

—Eso es mucho peor.

—Imaginé que sería la que menos público tendría y que quizá estaría bien ver algo a solas.

Sus ojos me recorrieron de abajo arriba.

Dejé las entradas junto a los bombones. Aimara subió la caja a la balda más alta de la estantería, lejos de cualquier hocico con ambiciones.

—No te estoy diciendo que sí —advirtió.

—Lo sé.

—Tampoco que no.

—También lo sé.

Me acompañó hasta la puerta. Artyom nos siguió; Zeus prefirió montar guardia bajo la estantería, convencido de que la paciencia también es una forma de estrategia.

Antes de abrir, Aimara se tocó el tatuaje.

—La próxima vez que te pregunte, no quiero frases bonitas.

—La próxima vez, si haces bien los deberes, quizá pueda decirte algo más.

—¿Y si no?

—Tendrás que seguir haciendo lo que haces mejor.

—¿Escribir? ¿Volverte loco?

Alcé la mano y le acaricié la mejilla.

—Desobedecer.

Abrió la puerta.

—Buenas noches, Samael.

—Buenas noches, Bēlatî .

Esta vez no protestó. Cuando me incliné, me agarró de la solapa y cerró la distancia antes de que pudiera preguntarle si estaba segura.

El beso fue breve. Lo bastante para dejar claro que lo estaba.

Había bajado dos plantas por las escaleras cuando mi verdadero nombre atravesó el edificio con intención de dominio.

El tirón me atravesó el esternón. El rellano desapareció.

Aparecí en la sala privada del Consejo, frente a Ereshkiel Damar. Traje oscuro, sonrisa aceitosa y las manos apoyadas sobre una mesa que probablemente había servido para convertir la libertad de demasiadas criaturas en letra pequeña.

—Has tardado —dijo.

—La próxima vez envía una invitación. Prometo ignorarla con mayor rapidez.

—Tres cadáveres, sobrenaturales detenidos y ahora una humana pronunciando tu nombre original. Elige tú qué frase se lee peor en un acta.

No respondí. Tampoco era una pregunta.

Ereshkiel rodeó la mesa y se detuvo frente a mí.

—Lo he sentido desde aquí. La reacción ha recorrido todos los sellos vinculados a tu nombre y, que yo sepa, solo una criatura es capaz de algo así.

—Qué emocionante. Podéis celebrarlo con una circular interna y una reunión de seis siglos.

Su gesto perdió una fracción de cortesía.

—¿Es ella? ¿Es Lilith? ¿Qué recuerda?

—Nada que te pertenezca.

—Todavía.

La serpiente se tensó bajo mi camisa. Negar que Aimara contenía su alma habría sido absurdo: a él le bastaban dos averiguaciones para llegar solo.

—Mantente lejos de su mente, sé que has intentado sellarla.

—Yo no he entrado en ella.

Su respuesta me puso en guardia y traté de averiguar si mentía o decía la verdad.

—Alguien cerró esa puerta.

La frase le borró la burla de la cara.

Duró menos de un parpadeo. Lo suficiente para que yo lo viera y para que él supiera que lo había visto.

—¿Quién lo hizo? ¿Hay alguien que pueda además de ti? —insistí. Tenía que saberlo.

—No puedes preguntarme eso.

—Acabo de hacerlo.

—Y acabas de comprobar lo lejos que estás de que responda.

Me acerqué hasta dejar entre nosotros la distancia imprescindible para no arrancarle la garganta. La suficiente, por desgracia, para que continuara utilizándola.

—Sosiégate. No lo sé.

Un demonio de pactos admitiendo un hueco en su propio archivo. Lo habría disfrutado de no haber comprendido lo que significaba.

—Si Aimara recuerda quién fue, perderéis cualquier derecho sobre mi nombre. Seguro que eso os pone nerviosos.

—¿Eso es lo que tú crees que está en juego?

—Ilumíname. Siempre he sentido curiosidad por saber qué aspecto tiene la desesperación cuando lleva traje a medida.

La sonrisa de Ereshkiel se endureció.

—La cadena se ha movido por primera vez en milenios —me advirtió—. Si ella recuerda quién fue, puede que tu nombre deje de pertenecernos. Eso no significa que vayas a ser libre.

Lo agarré de la camisa.

—¿De qué hablas?

No se defendió. Los demonios de pactos rara vez lo hacen: saben que la violencia se anota en alguna parte y que ellos llevan la contabilidad.

Me apartó la mano con dos dedos y se ajustó el gemelo izquierdo.

—Yo estaba allí el día que el Consejo recibió tu nombre —dijo—. Nadie lo pronunció. Nadie lo trajo. Apareció escrito sobre esta mesa, en un alfabeto que ninguno de los presentes sabía leer.

Llevaba siglos intentando averiguar cómo habían llegado hasta él. Había sobornado archiveros, quemado registros y aguantado tres concilios enteros por una sola frase suelta.

Ninguna se parecía a aquella.

—¿Y lo leísteis igual?

—Todos. A la vez. En silencio.

—¿Quién lo escribió?

Miré su garganta.

No ocurrió nada. Ni sello, ni sombra, ni el cerrojo que a mí me partía la mandíbula cada vez que me acercaba a una verdad prohibida. Ninguna cláusula le impedía contestar.

Sencillamente, no quiso.

—A ti no te está callando nada —dije.

—No.

—Entonces dilo.

—No.

Y allí, en una sala vacía, sin testigos, sin acta y sin nadie a quien impresionar, Ereshkiel Damar bajó la voz.

—¿Sabes cuál es el problema de administrar pactos? Que hay que aceptar que alguien firmó antes que tú. Nosotros no escribimos tu condena, Samael. Solo la guardamos.

—¿Quién la escribió?

—Alguien que llevaba muy poco tiempo acostumbrado a que le dijeran que no.

La serpiente dejó de moverse bajo mi camisa.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte.

Dos horas antes yo le había dicho exactamente lo mismo a Aimara. Desde este lado de la frase sonaba bastante peor.

Ereshkiel regresó a su sitio y volvió a apoyar las manos sobre la mesa, como si necesitara tocar algo que llevara su nombre.

—Tu escritora está empujando una puerta —añadió—. Yo de ti rezaría para que nadie averigüe quién la cerró.

—Los demonios no rezamos.

—Los demonios no hacemos muchas cosas. Después las hacemos igual.

Levantó la vista hacia el techo de aquella sala sin ventanas. Medio segundo. Un gesto que no significaba nada y que entendí mejor de lo que habría querido.

—Eshnar.

El nombre me alcanzó como una mano en la nuca.

Volví a aparecer dos plantas por debajo de la puerta de Aimara, en un rellano que olía a cena de vecinos y a lejía barata. Arriba, muy arriba, se oía el repiqueteo de un teclado.

Ella ya había empezado a buscar.

Me quedé quieto en la escalera bastante más tiempo del que una criatura como yo debería necesitar para recomponerse. Después le pregunté a la serpiente qué había visto en aquella sala.

Llevaba milenios respondiéndome siempre, incluso cuando no le preguntaba nada.

Aquella noche no dijo ni una palabra.

Y los seres antiguos solo nos callamos por un motivo: cuando sabemos que hay alguien escuchando.