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Capítulo 1
Unas horas antes
Había estado revisando el móvil en el rellano, decidiendo si llamaba o no, con dieciocho mensajes de una comunidad global en crisis, una caja de bombones, un ramo de flores y dos entradas de cine. Como cualquier inmortal atormentado.
Hasta que la escuché pronunciar mi nombre.
Eshnar.
El nombre con el que el Consejo llevaba milenios sujetándome la garganta atravesó la puerta de Aimara antes de que ella la abriera.
No sonó igual que cuando Ereshkiel lo pronunciaba para convocarme, doblegar mi voluntad o recordarme que hasta un demonio podía acabar reducido a una cláusula con demasiada letra pequeña. En su boca no había mandato.
Había reconocimiento.
Y la cadena lo supo.
La presión despertó detrás de mi esternón justo cuando la cerradura giró.
Aimara apareció descalza, con la runa de la muñeca encendida y los ojos húmedos de quien acababa de regresar de un lugar al que no recordaba haber ido.
A su espalda, el salón conservaba los restos del desastre: las cartas extendidas sobre el escritorio, un documento abierto en la pantalla y dos perros decidiendo si convenía morderme antes o después de que su dueña terminara de interrogarme.
La noche, evidentemente, había decidido que una cita normal era pedir demasiado.
—Eshnar —repitió.
—¿Dónde has oído ese nombre?
Lo pregunté demasiado deprisa. Llevaba milenios sin hacer nada demasiado deprisa.
—No lo he oído. Lo he recordado, o eso creo.
Había escuchado confesiones capaces de derribar reinos, sentencias pronunciadas por bocas que se creían eternas y plegarias de hombres que solo encontraban a Dios cuando el verdugo terminaba de afilar el hacha. Ninguna frase me había dejado inmóvil en un rellano.
Ella tragó saliva.
—¿Es tu nombre?
La pregunta activó la mordaza antes de que pudiera reaccionar.
La mandíbula se me cerró de golpe. Los dientes chocaron y la lengua quedó inmóvil, aplastada contra el paladar por una fuerza que conocía demasiado bien. Una línea oscura ascendió bajo la piel de mi cuello hasta detenerse en la base de la garganta.
—¿Samael?
Intenté abrir la boca.
El castigo apretó.
La serpiente se revolvió bajo mi camisa, furiosa por una humillación que llevaba siglos sin aceptar, aunque el Consejo hubiese aprendido a llamarlo «reglas para dormir mejor».
Aimara dio un paso hacia mí.
—¿Qué coño te pasa?
Negué con la cabeza. La presión cedió en cuanto renuncié a contestar lo que aquello había reconocido detrás de sus palabras.
Cogí aire despacio.
—No es a ti a quien están intentando callar.
—Pues dile a quien corresponda que la censura ya no se lleva.
El sarcasmo le salió tajante; la voz, no tanto. Bajó la vista hacia mi garganta y después hacia su muñeca. La runa continuaba roja, inflamada, latiendo bajo la piel, y ella no parecía extrañada.
Zeus Alejandro ladró desde el interior, indignado porque se estaba retrasando el protocolo de visitas. Artyom permaneció detrás de su dueña, atento a cada movimiento mío.
—Entra. Imagino que no habrás venido hasta aquí para quedarte fuera o llevarle flores y bombones a la vecina.
Casi sonreí.
—Quizá sí sean para ella.
—Quizá te vayan las nonagenarias, duras de oído y sin dentadura.
—Qué apetecible…
La seguí hasta el salón y cerré la puerta. Aimara me quitó el ramo, lo dejó sobre la mesa sin preguntar y la caja corrió la misma suerte.
—Siéntate. —Señaló el sofá—. Y esto no significa que se me haya olvidado cómo te fuiste de mi cocina.
Decidí guardarme las entradas para después.
—Puedo permanecer de pie.
—Y yo puedo pedirte que te marches. Siéntate.
Obedecí. No por la amenaza, que habría necesitado bastante más infraestructura, sino porque llevaba milenios admirando a las mujeres que daban órdenes sin esperar aprobación masculina.
Se quedó frente a mí con los brazos cruzados. Arrugó los dedos de los pies y supe exactamente lo que estaba sintiendo: las piedras abriéndole la piel, la tierra entre los dedos y el calor de mis manos cerrando las heridas que el jardín acababa de hacerle.
—¿Crees en las vidas anteriores y en las reencarnaciones? —soltó.
—Creo en muchas cosas que la mayoría ni se plantea. Sabes a lo que me dedico y tú misma has sentido algunas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte.
Me estudió durante unos segundos.
—He visto a una mujer. No era yo, pero de algún modo sí. Sentía lo mismo que ella. El hambre, las heridas, el miedo… Aunque no estaba asustada por haberse marchado. Estaba cabreada. Muchísimo. ¿Te dice algo?
Me encogí de hombros.
Aimara me fulminó con la mirada.
—No me vengas a marear, bello .
—Jamás me atrevería.
—Mentiroso.
Se llevó una mano al pelo, deshizo el recogido y señaló su muñeca.
—La runa empezó a arder y no era dermatitis. Escuché el viento, las hojas… y terminé allí. Fuera de un jardín. Ella tenía los pies destrozados. Tú apareciste, le preguntaste por qué se había marchado y esperaste a que te dejara tocarla para curarla.
El barro y la sangre sobre su piel. Su negativa a regresar. La forma en que me miró antes de que el mundo decidiera convertirnos en advertencia.
—Después os acostasteis… o nos acostamos, ya no estoy segura —añadió—, y le diste ese nombre.
No reaccioné. Mi cuerpo había aprendido hacía mucho que la inmovilidad podía ser la última forma de rebeldía cuando todo lo demás estaba sujeto por una cláusula.
—Eshnar. Eso tampoco te suena, ¿no?
Algo bajo mi esternón respondió.
La runa de Aimara dio un tirón y ella bajó la mirada hacia su muñeca.
—Cada vez que lo pronuncio, te pasa algo.
—Sí.
Al menos podía responder sin mentir.
—¿Por qué?
La mandíbula volvió a bloquearse.
Esta vez ella lo percibió desde el principio: el músculo tensándose, la mancha extendiéndose bajo la piel de mi cuello y mi absoluta incapacidad para pronunciar una sola palabra.
No insistió. Se acercó despacio y levantó una mano hacia mi rostro. Frenó a pocos centímetros.
—¿Puedo tocarte?
Aquel gesto dolió más que cualquier castigo.
—Claro.
Sus dedos se apoyaron junto a la diminuta cicatriz de mi mandíbula. La runa emitió un latido caliente. La piel de mi garganta se ennegreció bajo su pulgar y Aimara retiró la mano.
—Puedo notarlo. Hay algo que tira. ¿Qué vaina pasa entre nosotros?
—No puedo responderte.
La frase salió limpia.
Aimara respiró por la nariz, ordenando las preguntas con la misma determinación que utilizaba para construir una novela cuando la trama se empeñaba en desafiarla.
—La mujer era yo. ¿Por eso me llamas Bēlatî ? —formuló con una serenidad prestada que no engañaba a ninguno de los dos.
Otra persona habría salido corriendo. Aimara prefería discutir con lo imposible hasta obligarlo a entregarle una explicación razonable.
La respuesta se formó dentro de mí.
«Lilith».
El sello la reconoció antes de que alcanzara mi lengua.
La cabeza se me echó hacia atrás. La oscuridad se cerró alrededor de mi garganta y, durante un instante, el salón perdió todo sonido.
Desaparecieron el tráfico, el jadeo inquieto de Artyom y la voz de Aimara cuando pronunció mi nombre.
Las luces parpadearon. La serpiente empujó contra mi piel hasta marcar sus escamas negras en mis muñecas.
Retiré la respuesta antes de que el castigo decidiera recordarme cuánto podía romper sin matarme.
El mundo recuperó el ruido sin avisar.
Zeus empezó a ladrar debajo de la mesa.
Aimara se agachó para tranquilizarlo, aunque no apartó los ojos de mí.
—No puedo darte esa respuesta.
—Vale. Esa pregunta queda aparcada.
—Una decisión sensata.
—No te acostumbres.
Se incorporó y señaló el escritorio. Las cartas seguían extendidas: El Diablo, La Emperatriz invertida, Los Enamorados, el Ocho de Copas, La Torre y El Juicio. En la pantalla podía leerse una única frase.
Me encontró fuera del jardín…
—Fui a una regresión —admitió—. Bueno, fui a que un señor llamado Álvaro me cobrara noventa euros por hacerme bajar una escalera imaginaria.
—Una inversión prudente.
—Cállate, bello . Había una puerta al final. Intenté abrirla y no pude. Él insistió en que allí no existían cerraduras y que tenía que atravesarla, así que le mentí.
—¿Qué le dijiste?
—Que la había abierto y que detrás estaba Beatriz preguntándome por la nueva novela. Me inventé hasta la habitación. Bastante tenía con quedarme atrapada en el rellano de mi subconsciente como para discutir con un hombre que hablaba igual que un documental de ballenas.
—Una estrategia razonable.
—Después me hizo caminar por un bosque, encontrar un río y mirar mis pies. Llevaba las zapatillas que había comprado en rebajas dos semanas antes. Muy ancestral todo. —Se frotó la runa de la muñeca izquierda—. Y entonces te vi al otro lado del río.
La observé sin moverme. No conocía aquella parte.
—¿Hablé contigo?
—No. Te quedaste mirándome con esa cara tuya de «sé algo que tú no y voy a disfrutar cada segundo». Luego abrí los ojos y decidí que había pagado noventa euros por una infusión depurativa y una siesta dirigida.
—Hay personas que pagan más por resultados peores.
—Hasta esta noche creía que mi cabeza había mezclado a Beatriz, las zapatillas y a ti porque estaba bloqueada. Pero la puerta no me la inventé, Samael. Estaba cerrada y no pude abrirla.
La marca volvió a palpitar bajo sus dedos.
—¿Fuiste tú?
—No.
La respuesta cruzó mi garganta sin activar la mordaza.
Aimara prestó atención a mi cuello antes de mirarme a los ojos.
—Eso sí puedes decirlo.
—Sí.
—Bien. Por ahora me sirve.
Caminó hasta la mesa y apoyó las manos a ambos lados de las flores.
—¿Has fabricado alguna de las cosas que he visto esta noche?
—No.
—¿Estoy perdiendo la cabeza?
—No.
La certeza de mi respuesta la dejó sin el siguiente ataque preparado.
—Entonces era real.
—El recuerdo te pertenece.
Se abrazó el cuerpo.
—Eso sigue sin responder un coño, Samael.
Una advertencia rozó mi garganta.
—Te he dado más de lo que parece.
—Muy bien, juguemos a tu juego. ¿Llevamos conociéndonos más tiempo del que yo creo? Y no me refiero a tus paseítos por mis sueños que ya confesaste que te los diste.
El bloqueo regresó.