BONES
En la sede del club, la mayoría de los hermanos ya han vuelto de la reunión del ayuntamiento, las motos aparcadas en su disposición habitual. A través de las ventanas veo gente yendo y viniendo.
Salgo y rodeo el coche hasta el lado de Emma, abro la puerta y la levanto en brazos antes de que pueda siquiera intentar salir sola.
—No quiero hablar de esto con todos —dice en voz baja mientras la llevo hacia la entrada—. Todavía no. Solo quiero dormir y hacer como que esto no ha pasado.
—Entonces eso es lo que harás.
Empujo la puerta con el hombro y enseguida aparece Maggie, que mira el rostro de Emma y lo entiende todo sin necesidad de palabras.
—¿La suite de invitados? —pregunta.
—Sí. Necesita hielo, tenerla en alto y probablemente algún analgésico.
—Te los subo.
Maggie se adelanta para ir abriendo las puertas.
—Vamos, cariño. Vamos a instalarte.
Subo a Emma en brazos mientras Maggie nos guía. La dejo con cuidado en el sofá y enseguida intenta acomodarse, pero hace una mueca de dolor al mover el tobillo.
—Voy a preparar el baño —dice Maggie, que ya va hacia el cuarto de baño—. Tiene medio bosque encima.
—Puedo ducharme —protesta Emma débilmente.
—Apenas puedes mantenerte en pie —digo—. El baño es más seguro. Te ayudaré.
No discute, lo que me da una idea de lo agotada que está en realidad.
El sonido del agua al correr llena la habitación. Maggie vuelve a salir.
—Dale unos minutos para que se llene. Traeré ropa limpia y vendas nuevas para el tobillo.
Cuando se va, ayudo a Emma a quitarse la chaqueta y luego la camiseta, hasta dejarla solo con el sujetador y los pantalones. Tiene los brazos y el pecho llenos de churretones de tierra, hojas enredadas en el pelo.
—Soy un desastre —dice Emma en voz baja.
—Eres mi desastre.
Le quito la bota y con cuidado le bajo los pantalones de yoga.
—Y me gusta limpiarte.
Una vez que le quito los pantalones, tengo aún más cuidado al quitarle el calcetín de compresión del tobillo.
El pie y el tobillo ya están hinchados, con líneas de un rojo intenso que suben desde debajo del vendaje elástico.
Le pongo la palma en la piel y noto el calor.
No está tan mal como pensaba, pero no me gusta el aspecto de los dedos, ya apretados e hinchados.
—Perdona por cargarte con esto —murmura, pero está tan ida que apenas se le oye.
—No es ningún problema. Dije que cuidaría de ti, ¿no?
Levanto la vista.
—Si quieres intimidad, dímelo. Si no, me quedo aquí.
Suelta una risa débil.
—Creo que el pudor se me quedó junto al árbol.
—Sí, desde luego que perdiste algo —bromeo, y vuelve a reírse, una risa suave pero ya no tan quebrada.
La bañera está llena. Pruebo el agua y luego la ayudo a entrar, sujetándola por debajo de los brazos mientras prácticamente se deja caer en el agua.
Tiembla un poco, después suspira y se recuesta contra el borde de la bañera.
El cambio es inmediato: la respiración se le ralentiza, la tensión de los hombros se le escapa tan rápido como la suciedad se le va de la piel.
—¿Quieres que me vaya o que me quede? —pregunto mientras me siento en la tapa del váter.
Me mira, con el pelo húmedo y pegado a la frente, el agua del baño ya teñida de gris.
—Quédate.
Me quedo.
Cierra los ojos, y durante un largo minuto el único sonido es el agua y el ruido distante de la vida del club abajo. Después de un rato, habla, con los ojos aún cerrados.
—¿Alguna vez piensas en huir?
—Todo el tiempo.
Abre un ojo para mirarme.
—¿En serio?
—Sí. No para siempre. Pero a veces quiero subirme a la moto, elegir una dirección y simplemente... conducir. Sin plan, sin ruta, sin club al que rendir cuentas. Solo seguir adelante hasta que el mundo vuelva a parecerme grande y abierto.
Asiente y se hunde más en el agua hasta que solo le asoman los ojos y la nariz por encima del borde.
—Yo solía hacer eso mentalmente. Cuando los ensayos iban mal, o metía la pata delante de un director, me imaginaba saliendo a correr por la calle sin mirar atrás.
Haciendo autostop hasta la playa, o quizá el desierto.
Algún lugar donde nadie pudiera encontrarme.
Pero luego me llamaban para una segunda prueba, o conseguía un papel mejor, y ya no parecía tan importante.
Me paso una mano por el pelo, jugueteo con un padrastro de la uña.
—¿Te ayudaría hacerlo de verdad? ¿Largarte un día o dos?
Niega con la cabeza, y una pequeña sonrisa le arruga las comisuras húmedas de los labios.
—No. Necesito dejar de huir de este lugar. De huir de quien soy en lo más profundo.
—¿Y quién eres en lo más profundo? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
Cierra los ojos de nuevo, y por un momento pienso que quizá se quede dormida en la bañera, pero entonces coge aire y dice:
—Creo que soy la chica que vuelve a casa. Aunque no quiera. Aunque no crea que pertenezco aquí.
Abre los ojos de golpe y busca mi rostro.
—Aunque me mate admitirlo.
—Stoneheart no es un lugar tan malo, Em.
—No me refiero a eso.
Deja flotar una mano en el agua, y la tensión superficial se rompe alrededor de los dedos.
—Me refiero a que... cada vez que vuelvo, es una confrontación. Y no hablo de entre mi padre y yo. Hablo de una confrontación entre quien quiero ser y quien soy.
Me mira, pero no digo nada. Quiero que siga, que lo saque todo.
—Cuando era pequeña, siempre quería cosas imposibles.
El lago de los cisnes, primera bailarina.
Libertad total. Pero cuando lo conseguí todo, incluso en la cima de mi carrera, no era como me lo había imaginado.
Como si... no fuera la meta lo que importaba.
Era el deseo de alcanzarla, y una vez que la tenía, solo quedaba un vacío.
Como si me hubiera colado en casa de un desconocido, y aunque llevara el disfraz adecuado, seguía sin encajar.
Deja caer la cabeza hacia atrás y el pelo mojado se extiende sobre el borde de la bañera.
—Me he pasado la vida intentando huir de Stoneheart, del club, de todo.
Pensé que si lo dejaba todo atrás, quizá podría desear algo que me encajara mejor.
Pero incluso ahora, después de todo lo que ha pasado, de Nueva York, del almacén...
solo me siento yo misma cuando estoy aquí. Cuando estoy contigo.
No puedo evitarlo: alargo la mano y le paso el pulgar por la mandíbula para secarle las gotas de agua de la mejilla.
—Entonces quizá eso era lo que siempre debiste desear.
—Quizá.
Su voz es suave, casi un susurro.
—Pero eso no lo dice nadie. Dicen que tienes que perseguir tus sueños, no dejar que ellos te persigan de vuelta a casa.
—¿Quién lo dice? Que les den.
Lo digo demasiado alto y esta vez se ríe de verdad.
—A lo mejor volver aquí es el sueño. A lo mejor por eso nadie es feliz cuando huye, porque está huyendo de sí mismo.
—¿Sabes qué me pone realmente triste?
Ni siquiera espera a que responda.
—No es que no vaya a volver a bailar, ni que no pueda volver a Nueva York y fingir que nunca viví otra vida. Es que pasé todos esos años... años... intentando desear otra cosa, cuando lo único que quería era esto. Nosotros.
Agita el agua y salpica las baldosas con pequeñas gotas.
—Creo que si me hubiera quedado, si hubiera tenido el valor suficiente, podríamos haber tenido todo este tiempo juntos. En vez de pasármelo al otro lado del país fingiendo que no había dejado la mitad de mi corazón aquí.
Se me encoge el pecho por las palabras que no dice.
Las dejo reposar un rato; la verdad pesa como un ladrillo en el fondo de una mochila.
Recuerdo cada fiesta, cada Semana Santa que pasó bailando en otro continente, actuando para miles de desconocidos, volviendo a casa solo para desaparecer de nuevo.
Recuerdo los años en que llevé la cuenta, y luego los que dejé de hacerlo, porque dolía menos fingir que no estaba esperándola.
Pienso en cómo medí mi vida por sus regresos, y en cómo cada uno terminaba con ella marchándose otra vez.
Emma se hunde más, hasta que la barbilla apenas le asoma por encima del agua. Tiene los ojos brillantes, enrojecidos, pero ya no llora.
—A lo mejor ya tendríamos una casa, o un perro, o... Dios, no sé, una hipoteca y un montón de críos.
Resopla y salpica distraídamente.
—Conseguí hacer todo lo que siempre quise, y ahora solo puedo pensar en todos los años que desperdicié negándome a desearte.
El dolor en el pecho se me clava, intenso, ardiente, impotente. Quiero decirle que no importó, que nada de eso fue tiempo perdido, pero sé que discutiría y me diría que estoy equivocado. Así que lo intento de otra forma.
—¿Alguna vez has pensado en qué habría pasado si te hubieras quedado? —pregunto—. O sea, pensado de verdad.
—A veces.
Se queda callada un momento.
—Solía intentar imaginarme como una de las tías del club. «Propiedad de Bones» tatuado en la espalda.
Me permito sonreír ante la imagen mientras me inclino hacia delante.
—No te voy a mentir, cisne. Ese siempre ha sido mi objetivo final: que lleves mi parche. Pero no hasta que estuvieras lista. No hasta que salieras al mundo e hicieras todo lo que necesitabas hacer.
—Te necesitaba a ti —solloza, y el corazón casi se me queda en la garganta.
—Siempre me tuviste.
Me pongo en cuclillas junto a la bañera.
—Pero, cisne, si te hubieras quedado, te habría destruido. Te habrías estancado y habrías acabado resentida con todos nosotros, sobre todo conmigo.
Clava sus ojos en los míos, oscuros y directos.
—Eso no lo sabes.
—Lo sé.
Me acerco más, con los antebrazos apoyados en el borde de cerámica.
—Si hubieras renunciado al ballet, renunciado a Nueva York, renunciado a todo por lo que habías trabajado solo para quedarte aquí... y para estar conmigo... te habrías amargado. Y yo me habría odiado cada día por permitírtelo.
Resopla, pero hay algo quebrado en el sonido, como si quisiera discutir pero no pudiera.
—Así que estás diciendo que nunca habría funcionado. Que nosotros nunca habríamos funcionado.
—No.
Niego con la cabeza.