Grabado en piedra BONES
65%

BONES

El rugido de un motor arrancando corta las voces y los gritos del interior del ayuntamiento.

Me giro justo a tiempo para ver unas luces traseras: un viejo sedán Honda que sale del aparcamiento y enfila la carretera trasera.

Emma.

Ya tengo el móvil en la oreja, llamando a Stone, que responde mientras ordena a Tank que rastree al tipo que vigilaba a Emma.

—Se ha ido —digo al ver su coche acelerar y desaparecer tras la esquina.

—¿Cómo que se ha ido?

—Que acaba de robar el coche de alguien y se ha largado.

Hay un momento de silencio antes de que murmure:

—Joder. Activa el rastreador. Encuéntrala.

Ya voy hacia mi camioneta.

—No lo necesito.

—Bones...

—Estamos en Stoneheart, Stone. Y solo hay un lugar donde Emma Armstrong iría a esconderse.

Cuelgo antes de que pueda discutir, me lanzo al asiento del conductor y salgo disparado tras ella. Me parece demasiado lento, y me cabrea no tener mi moto ahora mismo, pero con el tobillo de Emma en la bota ortopédica, no puede ir en la parte trasera de mi Harley.

La carretera trasera solo va en dos direcciones: hacia la interestatal o hacia la sede del club. Y Emma ya no huye de casa. Huye hacia ella.

Las luces traseras del Honda ya han desaparecido, pero conozco estas carreteras. Sé exactamente adónde va.

El bosque de nogales.

Cree que no lo sé. Su lugar secreto. El sitio donde desaparecía cuando tenía trece, catorce, quince años, cada vez que Stone la cabreaba o el club hacía demasiado ruido o simplemente necesitaba estar sola.

Pero siempre lo supe.

Era a mí a quien Stone enviaba a buscarla. La seguía hasta allí, me mantenía lo bastante lejos para que creyera que estaba sola, y esperaba hasta que estuviera lista para volver a casa. A veces tardaba una hora. A veces toda la noche.

Nunca le dije que sabía adónde iba. Dejé que conservara su lugar secreto. Pero siempre lo supe.

Tomo el desvío hacia la sede del club, luego giro hacia el estrecho camino de tierra que lleva al bosque. Efectivamente, ahí está el Honda, aparcado en ángulo como si lo hubiera abandonado sin más.

Apago el motor y bajo del coche. Escucho.

Nada. Solo el viento en los árboles y el sonido lejano de motos en la carretera principal, seguramente Tank y Hawk buscándola.

Saco el móvil y le escribo a Stone:

Yo:

La encontré. Dame tiempo y la llevo de vuelta.

Su respuesta es inmediata:

Stone:

¿Está bien?

Yo:

Lo estará.

Me guardo el móvil y me adentro en el bosque, siguiendo el rastro que Emma dejó entre la maleza. Su bota ortopédica dejó marcas inconfundibles en la tierra blanda: irregulares, arrastradas, como si fuera saltando más que caminando.

Se va a joder el tobillo aún más con esto.

Pero lo entiendo. Cuando te entra el pánico, cuando se activa esa respuesta de lucha o huida, no piensas en los protocolos de fisioterapia. Solo te mueves.

Y ahora mismo no necesita que lo arregle. Necesita que la encuentre.

El roble partido aparece ante mí, enorme y antiguo, con su base hueca más oscura que las sombras que lo rodean. Me acerco despacio, haciendo ruido suficiente para no asustarla.

—Cisne.

Oigo cómo se le corta la respiración. Veo un destello de piel pálida en la oscuridad.

—Vete.

—Eso no va a pasar.

Me agacho a unos metros del árbol, dándole espacio.

—Supongo que esto significa que tienes acceso a mi rastreador otra vez, ¿no?

Niego con la cabeza.

—Stone me lo ofreció. Pero no lo necesité. Sé adónde vas cuando las cosas se ponen feas.

Me apoyo contra un tronco, con los brazos cruzados, y escucho cómo su respiración se estabiliza dentro de su pequeña fortaleza de corteza y recuerdos.

—Movimiento clásico, por cierto. ¿Puentear un coche? Seguro que Duck está orgulloso de ti.

Se queda callada unos segundos, lo que básicamente es una confesión.

—La primera vez que hice esto, me perdí durante horas —dice en voz baja—. Ni siquiera tenía móvil. Así que esperé aquí dentro y fingí que era una criatura de cuento de hadas, y que si papá me quería, tendría que venir hasta el bosque a buscarme. Nunca lo hizo.

—Stone no es de los que van al bosque. Nunca lo ha sido.

—Ya. Pero tú sí, ¿verdad?

—¿Tan obvio fui? —digo, intentando no sonreír.

Se abraza las rodillas contra el pecho, con la voz amortiguada contra los antebrazos.

—Te creías muy sigiloso. Pero siempre supe que estabas ahí. Nunca entendí por qué no te acercabas en vez de quedarte acechando.

—Necesitabas tu espacio, así que me quedaba fuera de tu vista. Normalmente me subía ahí arriba.

Señalo la rama gruesa que sobresale a unos cuatro metros por encima de nosotros.

—Me sentaba en la horquilla y te vigilaba. No por ser un acosador ni nada. Solo... no podía dejarte sola aquí fuera.

Levanta la cabeza, y bajo la luz de la luna veo sus mejillas marcadas por el rastro de lágrimas secas. —Sí. Lo sé. Solía imaginar que me vigilabas, como un lobo o algo así. El espíritu protector de la ingobernable hija del presidente del club.

—Que yo sepa, los lobos no comen cecina de gasolinera ni escuchan Audioslave.

Se ríe —un sonido húmedo y desolado— pero hay un alivio genuino en él. Perseguiría ese sonido hasta el fin del mundo si eso significara un segundo más sin verla llorar.

—¿Estás bien? —pregunto tras una pausa.

—No.

La palabra me provoca un dolor en las costillas. Presiono las palmas contra el musgo y me siento con las rodillas levantadas, como ella. Hay un silencio suave e íntimo aquí afuera; el susurro del bosque ofrece refugio para los sentimientos más feos. —¿Quieres contarme qué pasó allí?

Silencio.

—Emma.

—El hombre. —Le tiembla la voz—. Aquel al que Vernick estaba mirando cuando le dijiste a todos que era Summit.

—¿El que estaba cerca de la salida?

Asiente. —Era uno de ellos. Uno de los hombres que me agarraron. Que me metieron en esa furgoneta. —Se le quiebra la voz y se seca las lágrimas.

—¿Estás segura? —Cierro los puños.

—Su cara... nunca olvidaré su cara.

Me obligo a respirar, a mantener la calma, porque Emma necesita calma ahora mismo.

Pero mi mente no para, rebuscando en mis recuerdos.

¿Cómo coño escapó uno de ellos? Recuerdo el almacén, los hombres que abatí.

Sin contemplaciones, sin piedad. Vacié el cargador, luego uno de repuesto, y después me aseguré de que cada uno de esos cabrones estuviera muerto. Cada cuerpo.

Excepto quizás uno. Joder.

—Me encargaré de ello. —Mantengo un tono neutro—. No volverá a molestarte.

Me mira, con los ojos buscándome en la oscuridad. —¿Qué vas a hacer?

—Lo mismo que hice con todos los demás en ese almacén. —Me acerco más—. Pero ahora mismo necesito que salgas de ahí. Déjame verte.

Duda, y luego empieza a maniobrar para salir del hueco. Es incómodo, y la veo hacer una mueca con cada movimiento. Cuando por fin está libre, la alcanzo y la atraigo contra mi pecho. Viene sin resistirse, desplomándose contra mí como una marioneta a la que le han cortado los hilos.

—¿Dónde está tu bota? —pregunto, bajando la vista hacia su pie lesionado.

—Me la quité. La tiré por ahí. —Habla en un hilo de voz—. Me dolía demasiado, y yo solo... necesitaba quitármela.

—Joder, Emma. —Me inclino para examinarle el pie como es debido.

Al menos lleva puesto el calcetín de compresión.

Pero se nota que se ha hecho daño; el dolor se le refleja en la cara, aunque intenta disimularlo—.

No puedes quitarte la bota quirúrgica sin más y salir corriendo por el bosque. Lo sabes, ¿verdad?

—No estaba pensando con claridad.

—No me digas. —Le tomo la cara—. ¿Dónde la tiraste?

—¿Por ahí? —Hace un gesto vago hacia la derecha.

Saco el móvil y enciendo la linterna para barrer el suelo con el haz de luz. Tardo un momento, pero localizo la bota quirúrgica medio enterrada entre las hojas, a unos seis metros.

—Quédate aquí —le digo mientras la paso de mi regazo al suelo, y voy a buscarla. Las correas de velcro están enredadas y cubiertas de hojarasca. Las limpio lo mejor que puedo antes de volver con ella.

—Esto va a doler —le advierto mientras empiezo a ponerle la bota.

—Todo duele ahora mismo.

Intento ser lo más delicado posible, pero aun así suelta un siseo de dolor mientras le coloco la bota en su sitio. Se le pone la cara pálida y me agarra el hombro con tanta fuerza que siento sus uñas a través de la camisa.

—Probablemente te has retrasado la recuperación unas cuantas semanas —digo mientras aseguro la última correa.

—Valió la pena con tal de alejarme de él.

La miro. —Huir sigue siendo tu primer instinto, ¿eh?

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Quedarme allí y tener un ataque de pánico delante de doscientas personas?

—Podrías haberme hecho una señal. A tu padre. A cualquiera de los hermanos. Así podríamos haberte sacado de allí y haber pillado a ese tío antes de que se largara.

—No estaba pensando, Bones. Solo... vi su cara y no podía respirar y tenía que salir de allí. Es lo único que pude hacer.

Suavizo el tono y la atraigo más hacia mí. —Lo sé. Hiciste lo que tenías que hacer. Es solo que... odio que te hayas hecho daño por huir.

Apoya la cabeza en mi hombro, y le doy un beso en la coronilla antes de ponerme de pie y levantarla conmigo.

—Bones, puedo caminar...

—Ni hablar. —Ajusto el agarre para asegurarme de que la pierna lesionada quede bien apoyada—. Ya has hecho bastante daño por esta noche.

No discute, solo me rodea el cuello con los brazos y apoya la cabeza en mi hombro mientras la saco de ese bosque.

—Alguien se va a cabrear por lo de su coche —murmura Emma contra mi piel mientras pasamos junto al Honda robado y llegamos a mi camioneta.

—Tank se encargará. Se lo devolverá al dueño, lo arreglará todo. —La acomodo en el asiento del copiloto con todo el cuidado que puedo y rodeo el coche hasta el lado del conductor.

El viaje al club transcurre en silencio. Emma mira por la ventana con una mano apretada contra la pierna, justo por encima de donde termina la bota, como si intentara contener el dolor.

—¿En qué piensas? —pregunto.

—En que estoy cansada.

No me mira.

—En que llevo mucho tiempo cansada.

No sé cómo solucionarle esto, así que me conformo con posar mi mano sobre la suya.

—¿Quieres hablar de lo que ha pasado o prefieres que nos quedemos callados un rato?

No responde enseguida. Se queda mirando su reflejo en la ventana y niega con la cabeza, después asiente, después vuelve a negar, como si discutiera consigo misma.

—Soy una cobarde —dice Emma al fin—. Pensé que después de todo, después de la terapia y de sanar, no me vendría abajo así. Pero me vine abajo.

—Eso no es cobardía. Es trauma.

Mantengo la voz serena y conduzco con una sola mano para que vea que no son palabras vacías.

—Viste al hombre que te secuestró. Tu cuerpo hizo exactamente lo que tenía que hacer: ponerte a salvo. Eso no es debilidad. Es supervivencia.

Me mira con los labios apretados.

—No. Sobreviví gracias a ti. Siempre he sobrevivido porque tú apareces y lo arreglas todo. Yo solo... me siento como una carga.

—No eres una carga, cisne —digo, y le aprieto la mano tan fuerte que me sorprende no hacerle daño—. Eres la razón por la que sigo aquí. La única razón por la que me importa todo esto.

Suelta algo a medio camino entre una risa burlona y un sollozo.

—Esa no es una dinámica sana, Bones.

—Me da igual.

—Debería. A menos que quieras cargar conmigo y mis mierdas para siempre.

—Ese es el plan desde que tenía dieciséis años.

Eso le arranca un amago de sonrisa.

—Ni siquiera te caía bien entonces. Solo me tenías lástima. Era tan insoportable que nadie quería aguantarme.

Niego con la cabeza sin apartar los ojos de la carretera.

—Nunca te tuve lástima. Me gustabas tanto que me volvía idiota. Si no hice nada fue porque Stone me habría dado una paliza.

Se ríe un poco.

—Dios. ¿Te lo imaginas? Ya reaccionó fatal cuando éramos adultos. Imagínate si hubiéramos hecho algo de críos.

—Te habría sacado de la academia de danza y te habría encerrado en una torre.

Me río.

—Pero yo habría ido a verte. Te habría pasado bebidas energéticas y terrones de azúcar de contrabando, que sé que es lo que te mantiene en pie. Lo habríamos conseguido.

Echa la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, pero le tiemblan los labios como si luchara contra una sonrisa.

—Nunca supe qué hacer contigo, al principio al menos. Eras un chico raro y escuchimizado, con pestañas largas y sin ningún instinto de supervivencia. Pensé que te matarías antes de cumplir los dieciocho.

—Todavía no estoy muerto —digo, y la miro de reojo.

El color le está volviendo a las mejillas; el estrés del día se desvanece, al menos un poco.

—Y ahora tengo mucho instinto de supervivencia. Todo reservado para ti.