Grabado en piedra BONES #2
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BONES #2

—No —lo corta Stone—. No podemos. Eso es justo lo que quieren: que reaccionemos con violencia para poder señalarnos como los malos. Que nos detengan, que la policía federal nos investigue a nosotros en vez de a ellos.

—¿Y entonces qué? —Hawk se echa hacia delante—. ¿Les dejamos comprar el barrio sin más?

—No. —Josie toma la palabra—. Los combatimos por la vía legal. Usando el sistema.

Se acerca a la mesa y extiende sus documentos. —Carolina Properties puede comprar todas las casas que quiera. Pero no puede cambiar el uso de esas propiedades sin modificaciones de zonificación. Y eso implica audiencias públicas, votaciones en la comisión de urbanismo, participación ciudadana.

—Así que si organizamos a los vecinos para que se opongan a los cambios... —empieza Stone.

—Podemos frenarlos. Quizá pararlos del todo. —Josie hace una pausa—. No es garantía de nada. Pero es nuestra mejor baza legal.

—¿Y el alcalde? —pregunta Cash.

—El alcalde Roberts es complicado —dice Josie con cautela—. De la vieja escuela, le gusta la tranquilidad. Hizo la vista gorda cuando Summit causó problemas el año pasado.

—O lo tienen comprado o es demasiado débil para plantarles cara —dice Hawk sin rodeos.

—Quizá ambas cosas. Pero su mandato termina en ocho meses, y corre el rumor de que no volverá a presentarse.

La expresión de Josie se ensombrece.

—Ese es el verdadero problema. Summit ya está colocando a alguien para sustituirlo. Daniel Vernick: tiene negocios en el centro, forma parte de la cámara de comercio. Parece limpio, pero me jugaría el cuello a que está respaldado por Summit.

—Así que compran las casas, compran al alcalde, consiguen sus cambios de zonificación —resume Mack—. Y estamos jodidos.

—No si nos adelantamos —dice Stone—. Josie, dijiste que necesitamos participación comunitaria. ¿Cómo sería eso?

—Una asamblea municipal. Pronto. Reunir a la gente, explicar lo que está pasando, organizar la oposición.

Josie mira alrededor de la mesa.

—Cuanta más gente se presente para oponerse a Summit en las audiencias públicas, más difícil les resultará a los políticos ignorarla. Sobre todo en año electoral.

—La comunidad confía en nosotros —dice Duck—. Vinieron a nosotros antes. Volverán a hacerlo.

—Puede ser.

Stone no parece convencido.

—Pero hay una diferencia entre pedir ayuda en privado y levantarse a hablar en una reunión pública. La gente tiene miedo.

—Entonces lo planteamos bien —dice Josie—. Esto no es el MC contra Summit. Esto es la comunidad contra el desplazamiento. Pisos de lujo que nadie en Stoneheart puede permitirse, que echan a gente que lleva décadas viviendo aquí.

Toma nota.

—Ese es el enfoque. Esto no es progreso, es gentrificación. Y la comunidad merece tener voz.

Stone se levanta y camina hasta la pared y de vuelta. Puedo verlo barajando escenarios, sopesando opciones.

—Muy bien —dice finalmente—. Esto es lo que haremos. Josie, coordínate con el secretario municipal o con quien haga falta para organizar una asamblea. Que sea oficial. Invita a la prensa. Que sea un verdadero evento comunitario.

—Hecho.

—Tank, Hawk: puerta a puerta. Invitad a la gente a la asamblea, conseguid que se comprometan a ir y a hablar.

—Entendido.

—Bones, Axel: investigad a Daniel Vernick. Si es el infiltrado de Summit, quiero pruebas.

—Las encontraremos.

—Mack, Duck: hablad con Erica y con cualquiera que esté dispuesto a dar la cara. Preparad sus testimonios.

Mira a Cash.

—Tú te encargas de la logística. La sede tiene que parecer acogedora para los civiles.

Todos asienten alrededor de la mesa.

Stone recorre la mesa con la mirada.

—Esto no va a ser rápido. No va a ser fácil. Pero si lo hacemos bien, si organizamos a la comunidad, luchamos por la vía legal y presionamos a los políticos, podemos impedir que Summit destruya este barrio.

—¿Y si no podemos? —pregunta Mack.

—Entonces les dejamos claro que la última vez fue solo una advertencia: o se mantienen alejados de Stoneheart o será la guerra.

La amenaza carga el ambiente. El MC seguirá las reglas mientras las reglas funcionen. Pero si Summit aprieta demasiado, si amenaza a la comunidad de forma demasiado directa...

Todo vale.

—¿Cuándo es la asamblea? —le pregunta Hawk a Josie.

—Intentaré que sea la semana que viene. Cuanto antes, mejor. Así Summit tiene menos tiempo para montar su propio discurso.

—Una semana.

Stone asiente.

—Ese es nuestro plazo. Bones y Axel, quiero esa investigación sobre Vernick antes de la asamblea. Tank y Hawk, quiero al menos cincuenta vecinos comprometidos a ir. Josie, quiero esa asamblea organizada, publicitada y a reventar.

Todos asienten. La energía en la sala pasa de la discusión a la acción.

—Muy bien.

Stone se dirige a la puerta.

—Manos a la obra. Tenemos un barrio que salvar.

Mientras todos salen, me quedo atrás un momento.

El peso de lo que estamos a punto de hacer me cae encima: no solo la investigación, sino todo el panorama.

Estamos a punto de ir a la guerra con Summit otra vez.

No con puños, motos y edificios quemados, sino con papeleo, audiencias públicas y presión política.

Es otro tipo de lucha. Pero sigue siendo una lucha.

Y esta vez vamos a pararles los pies de una vez por todas.

Vuelvo a la sala principal y encuentro a Emma exactamente donde la dejé, ahora con las uñas pintadas de rosa fucsia y lo que parece una sesión de mascarilla facial con Maggie y Ginger.

—Ni se te ocurra reírte —me advierte Emma al verme.

—Ni soñarlo.

Me agacho junto a su silla.

—Estás muy... pepinera.

—Maggie dice que es bueno para mi piel.

—Maggie dice muchas cosas.

—¡Te he oído! —grita Maggie desde la cocina.

Emma sonríe bajo la mascarilla.

—¿Qué tal ha ido?

—Bien. Tenemos un plan.

Le cojo la mano con cuidado de no estropearle el esmalte.

—Asamblea municipal la semana que viene. Estamos organizando a la comunidad para luchar contra el proyecto de Summit.

—¿En qué puedo ayudar?

Estudio su rostro: la determinación, las ganas de ser útil.

—Se te dan bien los niños. Enseñar. A lo mejor puedes ayudar a involucrar a los más jóvenes. Es más probable que los padres vengan si a sus hijos les importa el tema.

Se le iluminan los ojos.

—Podría organizar algo con los niños en el centro comunitario. Hablar de lo que Stoneheart significa para nosotros, de por qué merece la pena conservarlo.

Ahí está. Esa chispa de la que me enamoré. No la Emma bailarina, actuando para los críticos. Emma la indomable, que ha encontrado algo por lo que luchar.

—Perfecto —le doy un beso en la coronilla, con cuidado de no tocar la mascarilla—. Pero primero, descansa. Órdenes del médico.

—Si solo estoy aquí sentada.

—Bien. Pues sigue así.

Pone los ojos en blanco, pero sonríe.

Stone se acerca y se queda mirando a Maggie y Ginger, que enseguida se llevan su sesión de spa a la cocina.

—¿Todo bien? —pregunto, incapaz de controlar los nervios.

—Buen trabajo esta mañana —dice.

—Gracias —no sé a qué viene esto, pero con Stone nada es casual. Siempre tiene un motivo.

Mira a Emma, que juguetea con el dobladillo de su camisa, y luego vuelve a mirarme.

Se queda ahí plantado un segundo, y estoy a punto de gritarle «¡¿QUÉ QUIERES?

!» cuando mete la mano en el bolsillo del chaleco y saca una tira de cuero desgastada: el parche de oficial que me quitó cuando me pasé de la raya.

Hace girar el cuero entre los dedos; las letras bordadas en blanco aún dicen INTEL.

Recuerdo la noche que me lo arrancó, cómo dolió más que una nariz rota o un roce de bala.

Estaba cabreado por cómo acabé, pero entendí por qué lo hizo: demasiado peligroso, demasiado imprudente, demasiado yo al volante y sin frenos.

Me tiende el parche.

—No sabía si querrías recuperarlo —dice en voz baja—. Pero después de lo de esta mañana, creo que quizá estés preparado.

Lo cojo. El cuero está cálido, familiar, ligeramente aceitoso, como si hubiera absorbido años de sudor, adrenalina y nervios. Mantiene la mano sobre la mía un segundo más, sujetando el parche entre los dos.

—No me decepciones, Bones —dice Stone. Y por un segundo veo más allá de la fachada de presidente, veo al hombre que lo sacrificó todo por este club y por su familia. Al que, en el fondo, sigue siendo solo un padre que quiere que su hija esté a salvo y sea feliz.

Me suelta y se aleja antes de que la cosa se ponga demasiado emotiva, y me deja ahí con el parche en la palma y un nudo en la garganta.

Este trozo de cuero no debería significar tanto. Es solo un parche. Solo un título.

Pero también es la prueba de que sigo siendo parte de esta familia. De que lo que hice por Emma no me ha costado todo.

Me vuelvo hacia Emma, que finge no haber visto nada, pero se seca los ojos con la esquina de una servilleta.

—Oh, cisne. ¿Estás llorando? —bromeo.

—No —sorbe por la nariz—. Son estas malditas pastillas.

—Claro, las pastillas —me arrodillo a su lado y bajo la voz para que solo ella me oiga—. Que sepas que yo también estoy a punto de llorar de alegría.