BONES
Emma me cabalga como si quisiera demostrar algo.
Tiene las manos apoyadas en mi pecho, las uñas clavándose lo justo para que escueza.
La cabeza echada hacia atrás, el pelo oscuro derramándose por la espalda, y la luz de la mañana que entra por la ventana le vuelve la piel dorada.
Está jodidamente preciosa así, tomando lo que quiere, usando mi cuerpo para su placer, sin una pizca de vergüenza.
—Eso es, cisne —gruño, agarrándole las caderas mientras sube y baja—. Joder, justo así.
Se restriega con más fuerza, moviendo las caderas de una forma que me nubla la vista.
Deslizo una mano hacia arriba para abarcarle un pecho, pasándole el pulgar por el pezón endurecido antes de pellizcárselo.
Jadea, cierra los ojos con fuerza, y la siento apretarse a mi alrededor, casi llevándome al límite.
Me contengo por un hilo, observándola: las mejillas sonrojadas, los labios entreabiertos, el sudor brillando en el valle entre sus pechos.
No hay nada en este mundo ni en el siguiente que pueda compararse.
Seis meses sin ella. Trece años deseándola. Y ahora está aquí, ha prometido quedarse, mía en todos los sentidos que importan.
Todavía no acabo de creérmelo. Sigo esperando que diga que fue un error, que necesita volver a Nueva York, que esto solo fue un momento de debilidad.
Pero no está huyendo. Me cabalga como si fuera tan dueña de mí como yo de ella.
Y joder si eso no es lo más caliente que he visto en mi vida.
—Me llenas tan bien, Bones —jadea, acelerando el ritmo—. Tan jodidamente hondo así.
Empujo hacia arriba para ir a su encuentro y ella grita, clavándome las uñas en el pecho. El escozor solo intensifica la sensación, me dan ganas de darle la vuelta y embestirla hasta hacerla gritar.
Pero no lo hago. Porque verla así, con las tetas rebotando en mi cara, es mejor que cualquier fantasía que haya tenido.
—Tócate —ordeno, volviendo a agarrarle las caderas—. Quiero verte tocarte mientras mi polla desaparece en ese coño apretado.
Su mano se desliza entre sus piernas sin vacilar, los dedos buscando su clítoris. Noto el cambio de inmediato, cómo sus paredes internas empiezan a palpitar a mi alrededor, cómo se le tensan los muslos.
—Esa es mi chica —gruño, embistiendo hacia arriba mientras observo el espacio entre nosotros—. Enséñame cuánto te gusta montar mi polla. La tomas tan bien.
—Bones, joder, estoy cerca...
—Todavía no, cisne. —Le sujeto las caderas con las manos, frenando su movimiento aunque gime frustrada—.
Has sido bastante imprudente últimamente.
No solo condujiste durante horas a base de cafeína y pura cabezonería, también intentaste sacarte un objeto extraño del cuerpo con un cuchillo de mantequilla en el baño de un motel.
Son dos actos de ponerte en peligro solo en las últimas cuarenta y ocho horas.
Así que no te corres a menos que yo lo diga.
Me fulmina con la mirada, abierta y desafiante aunque los muslos le tiemblan por el esfuerzo de mantenerse en posición.
—No eres mi puto padre...
—No —digo, con voz baja y cargada de deseo—, soy el tío que nunca te suelta hasta que consigue lo suyo. Y todavía no estoy cerca.
Su mirada es puro desafío, pero también confianza, esa que solo puedes darle a alguien que sabes que nunca te dirá que no de verdad.
—Entonces será mejor que me folles más fuerte, Bones —escupe—. Porque estoy a punto de correrme te guste o no.
Acepto el reto.
Le doy la vuelta, poniéndola debajo de mí tan rápido que el colchón chirría en protesta.
Le sujeto las muñecas contra la cama y la embisto tan fuerte que jadea.
Se le ponen los ojos en blanco y se le abre la boca, aturdida.
La follo como si fuera lo único que me mantiene vivo y necesitara que lo recordase.
Mis caderas chocan contra ella una y otra vez, el calor resbaladizo entre nosotros obsceno y perfecto.
Me araña los hombros, desesperada, todo su cuerpo arqueándose para recibir cada embestida.
—Bones, por favor. Por favor, estoy tan...
—No te corres hasta que yo lo diga —gruño, sujetándole las muñecas por encima de la cabeza. Me inclino y le muerdo el cuello con fuerza suficiente para dejarle marca.
—Por favor...
—Suplícame.
—Por favor, Bones. Por favor, déjame correrme. Lo necesito tanto...
Todo mi cuerpo tiembla por el esfuerzo de contenerme.
Quiero dejarla correrse con todas mis jodidas fuerzas, verla deshacerse para mí, pero la voluntad de dominar es más fuerte.
Quizá sea mezquino, quizá sea algo salvaje en mi ADN, pero necesito que sepa quién es el dueño de cada orgasmo de su cuerpo.
Especialmente después de lo que intentó hacerse: cortarse para sacar el rastreador, caminar por barrios peligrosos como si tuviera ganas de morir.
Es tan jodidamente imprudente. Siempre lo ha sido. Y no quiero cambiar eso. No quiero domarlo. Solo quiero que entienda que su imprudencia me pertenece a mí ahora. Que si va a ser salvaje y caótica e imposible, lo va a hacer conmigo a su lado.
Le suelto las muñecas y le agarro el culo con ambas manos, anclándola en su sitio mientras entro y salgo como un pistón, cada embestida arrancándole un gemido roto de lo más hondo de la garganta.
Tuerce la cabeza sobre la almohada, la mandíbula apretada, los dientes al descubierto.
Empujo más hondo, una y otra vez, y la presión es cegadora.
Sus uñas me arañan los antebrazos, el pecho, todo lo que puede alcanzar. Quiero cada arañazo y cada cardenal que me deje. Quiero que el mundo los vea y sepa que soy tan suyo como ella es mía.
—¿Quieres correrte, cisne? —me inclino hacia delante y le gruño las palabras junto al oído.
Asiente, sin aliento, con los ojos desorbitados.
—Sí. Por favor. Haré lo que sea...
—Entonces di que eres mía —gruño, cerrando una mano alrededor de su garganta para que no pueda apartar la mirada—. Dilo y asegúrate de que me lo creo. Entonces te dejaré acabar.
Un profundo estremecimiento la recorre y no se resiste al agarre, solo me sostiene la mirada con los ojos casi negros. —Soy tuya, Bones. Tuya. Entera. Siempre.
Una oleada como nada que haya sentido jamás, esta combinación de poder, adoración y rendición absoluta.
Le sostengo la mirada con la mano todavía en su cuello, y entonces le froto el clítoris con fuerza y rapidez.
Detona. El cuerpo en espasmos, las piernas aferradas a mí, las réplicas sacudiéndola entera.
Su coño se contrae tan fuerte que casi me exprime por completo y ya no puedo contenerme más: me hundo en ella una última vez y me vacío, con las caderas temblando mientras la lleno.
El sonido que emite es puro animal. El mío casi lo iguala.
Durante un minuto nos quedamos así, sin movernos salvo para respirar. Nuestros cuerpos están pegajosos, enredados, empapados de sudor. Quiero quedarme dentro de ella para siempre. Pero al final me retiro y me desplomo a su lado, jadeando.
Se ríe, una risa áspera que es más un suspiro que otra cosa. —Eres un cabrón —me suelta con la voz rota.
—¿Estás haciendo una lista de lo que más te gusta de mí, cisne?
—Algo así. —La voz de Emma todavía suena entrecortada mientras se gira hacia mí—. Déjame ver... Ahora mismo, el número uno tiene que ser esa cara de satisfacción que pones cuando te sales con la tuya. El número dos es...
Se interrumpe y se tumba boca abajo, con los brazos cruzados bajo la cabeza. —El número dos es que sigues llamándome cisne incluso cuando estás cabreado conmigo.
Quiero decirle que ni siquiera lo hago a propósito. Que en algún momento su nombre y esa palabra se fusionaron en mi cerebro y ahora no puedo separarlos. Que cuando digo cisne, lo que quiero decir es la única persona en este mundo que me importa.
En cambio, extiendo la mano y le recorro la columna, trazando cada pequeña vértebra, cada cicatriz y cada moretón que se desvanece (no todos míos; el baile profesional es cosa seria).
—Espero que el número tres no sea algo estúpido como lo bien que la uso —digo mientras mi mano se detiene en la curva de su culo.
—Eso que tienes ahí no tiene competencia —resopla.
—¿Quieres poner a prueba esa teoría? —pregunto mientras muevo las caderas perezosamente contra ella—. Podría repetir.
Emma suelta un quejido ahogado contra la almohada. —Vas a acabar conmigo.
—No creo que te importase.
—No si puedo volver para atormentarte y hacerte la vida imposible por toda la eternidad.
Sonrío y le aparto el pelo de la mejilla. —Ya lo haces.
Se ríe, y esta vez suena más ligera. Se gira de lado y se acurruca contra mi pecho, con las rodillas rozando las mías. Le recojo la maraña de pelo detrás de la oreja y ella me mira parpadeando, satisfecha y tierna y tan jodidamente guapa que no lo soporto.
Durante un segundo, solo la abrazo y respiro, pensando en que esto, justo esto, es por lo que llamé a Bennett Construction a las seis de la mañana para avisar de que no iría.
La primera vez que falto al trabajo. Pero joder, ha merecido la pena.
—Deberíamos levantarnos —murmura Emma contra mi pecho.
—Seguramente.
Ninguno de los dos se mueve.
Al final, mi estómago ruge tan fuerte que ella se echa a reír y se incorpora. —Vale, esa es la señal.
La ayudo a levantarse y la veo hacer una mueca al ponerse de pie. —¿Quieres que te traiga hielo?
Sonríe y niega con la cabeza. —Quiero que me traigas café.
—Hecho —digo. Le beso la frente y la veo dirigirse al baño mientras me pongo unos pantalones de chándal.
En la cocina, pequeña pero funcional, enciendo la cafetera y rebusco en el congelador algo que pueda pasar por desayuno.
Normalmente pillo algo de camino al trabajo, así que no suelo tener la nevera muy llena.
Pero encuentro una caja de gofres para tostar con los justos para dos, y calculo que nos apañaremos hasta que vaya a comprar más tarde.
Espero a que salten mientras veo el café gotear en la jarra, pensando en lo bien que sienta tener a Emma aquí, en mi espacio, cuando llaman a la puerta.
Se me tensa todo el cuerpo.
La señora Yu no se arriesga a subir las escaleras. Demasiado insistente para ser un repartidor. Y solo hay una persona que se presentaría en mi piso a las ocho de la mañana sin avisar.
Stone.