Grabado en piedra BONES #2
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BONES #2

—Te lo agradezco —le doy un trago a la cerveza—. Por cierto, ¿dónde anda Cash? Hace por lo menos una hora que no lo veo.

El rostro de Mercy se suaviza y señala hacia la puerta con la cabeza.

—Está fuera. Dijo que necesitaba aire, pero creo que está impaciente por que acabe —pasa un trapo por el mostrador con movimientos rápidos y seguros—. Termino en unos veinte minutos, así que seguramente está haciendo tiempo hasta entonces para lo que viene después.

—¡Eh, Mercy! —grita alguien desde el otro extremo de la barra—. ¡Cuando un tío tiene que esperar tanto por una copa, empieza a preguntarse si ha vuelto la ley seca!

Mercy pone los ojos en blanco.

—El deber me llama. Intenta no comerte mucho la cabeza, ¿vale?

—No prometo nada —murmuro.

Me doy la vuelta y apoyo la espalda contra la barra mientras examino la sala.

La verdad es que el local ha quedado mejor que antes.

Techos más altos, mejor iluminación, más espacio para respirar.

Conservamos el alma —recreamos la barra original y los letreros de neón—, pero casi todo lo demás es distinto. Mejor.

A veces la destrucción puede ser un regalo. Si sobrevives a ella.

La mirada se me va hacia la puerta. Un hábito que no consigo quitarme. Vigilando. Esperando.

Seis meses sin ella. Seis meses reconstruyendo este bar, reconstruyendo mi lugar en el club. Seis meses sin saber dónde está —Stone me obligó a entregarle el acceso al rastreador el día que volví, y la desconexión es como un miembro fantasma.

Durante años supe exactamente dónde estaba. Podía abrir una aplicación y ver ese puntito recorriendo su vida, saber que estaba a salvo aunque yo no pudiera estar allí. Ahora solo hay... nada. Un vacío donde antes estaba ella.

Lo odio con toda mi alma.

Pero necesita espacio. Necesita descubrir qué quiere sin que yo ande encima. Así que espero.

Se me da bien esperar.

—¿Vas a quedarte ahí rumiando toda la noche o vas a disfrutar de la fiesta? —Kya aparece a mi lado, con Lee detrás de ella, una botella vacía en la mano.

—Estoy disfrutando.

—Estás al acecho. No es lo mismo.

—Estoy observando.

—Eres un antisocial —me pincha en las costillas—. Ve a bailar. Hasta Stone está ahí arriba con una tía de fuera.

—No bailo.

—Mentiroso. Te he visto bailar.

—Eso fue hace años y estaba borracho.

—Pues emborráchate y ven a bailar.

Antes de que pueda seguir discutiendo, Lee interviene.

—Déjalo en paz, cariño. No todo el mundo quiere que lo arrastren a la pista.

—Gracias —le digo a Lee.

—Aunque sí parece que te vendría bien divertirte un poco —añade, echando por tierra su propia defensa.

—Me estoy divirtiendo.

Los dos me miran con idéntica expresión de incredulidad.

—Vale. Lo estoy pasando adecuadamente.

—Ahí está el entusiasmo que buscábamos —dice Kya con sequedad. Se cuelga del brazo de Lee—. Vamos. Vamos a enseñarle a esta gente cómo se hace.

Se dirigen a la pista de baile —en realidad, solo un espacio abierto cerca del escenario donde la gente ya se mueve al ritmo de la música—. Los veo alejarse: Lee atrae a Kya hacia él, y ella se ríe de algo que él le susurra al oído.

Me aparto de la barra; de repente necesito aire. La multitud se abre a mi paso, ya no por respeto, sino por costumbre. Incluso sin el parche de oficial de inteligencia, sigo moviéndome como si el lugar fuera mío. Hay cosas que no cambian.

Fuera, el aire nocturno es fresco y limpio comparado con el calor opresivo de los cuerpos de dentro.

Respiro hondo y dejo que la tensión se me escape de los hombros mientras recorro el aparcamiento con la mirada.

El lugar está abarrotado de motos y coches, con gente que se desborda hacia la acera, bebidas en mano.

Veo a Duck en el borde del aparcamiento, sentado en un banco de madera que instalamos la semana pasada.

Está solo, con lo que parece un whisky en la mano, mirando las estrellas.

Incluso desde aquí veo cómo se le hunden ligeramente los hombros, cómo su espesa barba blanca capta el brillo de las guirnaldas de luces.

—¿Te importa un poco de compañía? —pregunto mientras me acerco despacio.

Duck levanta la vista, los ojos azul pálido arrugándosele en las comisuras mientras me siento en el banco a su lado.

—¿Maggie sigue bailando?

—Oh, sí —asiento.

—Va a pasarse la semana que viene quejándose de las rodillas —Duck se ríe con una risa que le retumba en el pecho—. Aunque dirá que valió la pena. Le encanta bailar. Siempre le ha encantado.

Asiento mientras observo a una pareja que sale del bar dando tumbos, entre risas, agarrados el uno al otro. Son jóvenes —probablemente apenas tengan edad para beber— y están completamente absortos el uno en el otro.

—¿Estás bien, hijo? —pregunta Duck al cabo de un momento.

Le doy un trago a la cerveza.

—Bien.

—Y una mierda.

Lo miro, pero tiene los ojos clavados en las estrellas. Duck lleva en el MC desde antes de que yo naciera. Ha visto presidentes ir y venir, ha visto a hermanos vivir y morir, ha capeado cada tormenta que ha azotado a Stoneheart. Nada se le escapa.

—Solo cansado —digo al fin—. Han sido seis meses muy largos.

—Mmm —Duck le da un sorbo al whisky—. ¿Has sabido de ella?

—¿De quién?

—No te hagas el tonto. La chica por la que llevas suspirando todo este tiempo. La princesa.

Le doy un trago largo a la cerveza en lugar de responder.

—Eso es un no, entonces.

—Ella está viviendo su vida. Yo estoy viviendo la mía.

—¿Y vas a quedarte esperando sin más?

—Los cisnes se emparejan de por vida —las palabras me salen antes de poder contenerlas.

Duck me mira un buen rato, con algo parecido a comprensión en sus viejos ojos. Luego asiente despacio.

—Sí. Lo hacen —le da otro sorbo al whisky—. Maggie me hizo esperar cuatro años, ¿sabes? Decía que no estaba lista para ser la vieja de un motero.

—¿Qué la hizo cambiar de opinión?

—Nada. Simplemente estuvo lista —se encoge de hombros—. Hay cosas que no se pueden meter prisa, hijo. Solo tienes que estar ahí cuando lo descubran.

—¡Bones! —Ginger me hace señas desde donde está con Tank y parte del equipo de construcción—. Ven aquí. Estamos resolviendo una apuesta.

Me acerco, agradecido por la distracción.

La hora siguiente pasa volando entre conversaciones, felicitaciones y hermanos vacilándose unos a otros por las cagadas de la obra.

Alguien ha convencido a Miguel de abrir la cocina aunque oficialmente no servimos comida esta noche, así que ahora estamos dentro otra vez y hay hamburguesas y patatas fritas pasando de mano en mano.

Llevo varias copas encima, la música está a tope, el ambiente está que arde, y por primera vez en meses me siento... bien.

Sin pensar en Emma.

Sin preguntarme qué estará haciendo.

Sin desear que las cosas fueran diferentes.

Pero entonces mis ojos se desvían hacia la puerta.

Y tengo que parpadear varias veces para asegurarme. Pero... ahí está.

Emma.

De pie en la entrada del Devil's Bar como si acabara de materializarse de la nada, con vaqueros oscuros y una chaqueta de cuero que parece nueva, el pelo recogido en una coleta, recorriendo la sala con la mirada.

Está aquí.

De verdad está aquí.

Nuestras miradas se cruzan en medio de la sala abarrotada, y todo lo demás —la música, las conversaciones, la celebración— se desvanece en un zumbido de fondo.

Seis meses de espera —de anhelo— y acaba de cruzar esa puerta.

Está jodidamente aquí.