BONES
Seis meses después
El Devil's Bar luce mejor que antes de que Summit lo quemara hasta los cimientos.
Eso pasa cuando intentas destruir algo: a veces solo le das a la gente una razón para reconstruirlo más fuerte.
La sala principal es el doble de grande que antes, con un escenario en condiciones para música en directo y espacio suficiente para no estar lamiendo los sobacos de los demás cada viernes por la noche.
Ahora incluso tenemos un patio trasero. Con asientos decentes, guirnaldas de luces y todo.
Casi es civilizado.
Estoy junto a la barra, viendo cómo la fiesta de reapertura alcanza su punto álgido, intentando recordar la última vez que me sentí tan...
normal. El lugar está a reventar: hermanos, viejas damas, lugareños que nos han apoyado en todo, incluso algunos de los dueños de negocios del centro que se pusieron de nuestro lado cuando Summit intentó echarlos.
—Tienes buena pinta, hermano. —Tank aparece a mi lado con dos cervezas en la mano. Me pasa una—. Todo ese curro manual ha merecido la pena.
—Que te jodan —digo, pero sin acritud.
Aunque no se equivoca. Seis meses de curro en la obra —encofrados, pladur, electricidad, fontanería, de todo— me han dejado callos sobre callos y mucho menos tiempo para darle vueltas a mierda que no puedo cambiar.
Como que no he visto a Emma en persona desde que la dejé en Brooklyn Heights y me largué.
—¿Crees que Stone te devolverá tu antiguo puesto? —pregunta Tank, dándole un trago a su cerveza.
—No.
—¿Vas a pedírselo?
—No.
Tank me observa un momento.
—¿Estás bien con eso?
¿Lo estoy? Hace seis meses, que me quitaran el puesto de oficial de inteligencia fue como si me arrancaran las tripas.
Ese puesto lo era todo para mí: era mi forma de contribuir, de demostrar mi valía, de mantener a la gente a salvo.
Perderlo fue la forma que tuvo Stone de decirme que la había cagado tan gravemente que tenía que ganarme la confianza desde cero.
Pero currar en la obra, reconstruir este lugar con mis propias manos junto a los hermanos, me ha recordado algo que había olvidado. El club no va solo de puestos y parches. Va de aparecer. De hacer el trabajo. De estar ahí cuando importa.
—Sí —digo finalmente—. Me parece bien.
Tank me da una palmada en el hombro.
—Bien. Porque Duck necesita ayuda con los barriles y yo te supero en rango de largo.
Le hago una peineta, pero voy a ayudar a Duck de todos modos.
Los últimos seis meses han sido... complicados.
Después de volver de Nueva York —después de enfrentarme a Stone y aceptar mi castigo— el club entró en guerra.
No ruidosa, no pública, pero efectiva. Ataques coordinados contra los activos de Summit en tres condados.
Equipamiento destruido, envíos interceptados, peces gordos que de repente se encontraron bajo investigación federal por cosas que desde luego no fueron coincidencia.
Hawk coordinó la mayor parte. Axel se encargó de la parte de inteligencia, ya que a mí no me dejaban acercarme. Pero todos los hermanos participaron. Les dimos lo bastante fuerte como para que se lo pensaran dos veces antes de venir a por nosotros otra vez.
Y funcionó. Más o menos.
Summit ha estado callado. La investigación federal sigue en curso —Josie ha estado trabajando con los fiscales, aunque ya no me dejan conocer los detalles—.
El plan urbanístico que habría desplazado a la mitad del este quedó archivado.
Los concejales que aceptaban sobornos dimitieron o se quedaron muy calladitos.
Pero Summit es como una cucaracha. Puedes pisarla, envenenarla, quemarle el nido, y de alguna manera sobrevive. Ahora están callados, lamiéndose las heridas, pero volverán. Siempre vuelven: han invertido demasiado tiempo y dinero como para no hacerlo.
Por eso esta noche importa.
La reapertura del Devil's Bar no va solo de tener un sitio donde beber. Es una declaración. Seguimos aquí. Seguimos en pie. Intentasteis quemarnos y volvimos más fuertes.
—¡Hora del discurso! —grita Maggie, y la multitud empieza a callarse.
Kya sube al pequeño escenario que construimos —el mismo donde tocarán bandas locales los fines de semana, donde seguramente nos obligará a todos a hacer karaoke tarde o temprano— y agarra el micrófono.
Lee está al borde del escenario, sonriéndole a su vieja dama.
Le articula algo sin voz que la hace reír incluso mientras intenta parecer seria.
Se me encoge el pecho ante su alegría. Encajan, esos dos, como piezas de un puzle que por fin encontraron su pareja después de años en la caja equivocada.
Lo he visto cien veces con otros hermanos. Hawk con Andi. Tank con Ginger. Axel con Poppy. Incluso Cash con Mercy. Uno a uno, todos encuentran a su media naranja.
Yo encontré a la mía hace trece años. Solo que ella todavía no lo ha aceptado.
Y aunque probablemente suene a loco por estar dispuesto a esperarla en lugar de pasar página, me importa una mierda. He pasado toda mi vida adulta queriendo solo a una mujer. La idea de llevar a otra en la parte de atrás de mi moto, de llamar a otra «mía»... ni me lo planteo. Solo ha existido ella.
—Venga, venga, calmaos —dice Kya, y la sala se va callando poco a poco—. Voy a ser breve porque habéis venido a pasarlo bien, no a escucharme ponerme ñoña.
Las risas se extienden entre la multitud.
—Parece que fue hace una eternidad cuando Lee y yo nos despertamos de madrugada con una llamada diciéndonos que este lugar había ardido hasta los cimientos.
—Su voz pierde el humor—. Vi cómo algo en lo que había puesto todo mi corazón y mi alma —una institución en este pueblo y un segundo hogar para muchos de nosotros— se quemaba hasta los cimientos porque unos capullos trajeados pensaron que podían asustarnos para echarnos de nuestro propio pueblo.
La sala está en silencio absoluto.
—Pensaron que quemar este lugar nos rompería —continúa, con la voz más fuerte—. Pensaron que nos rendiríamos. Que saldríamos corriendo. Que nos venderíamos. —Sacude la cabeza y una sonrisa feroz se extiende por su rostro—. Está claro que no conocen Stoneheart.
La multitud estalla en vítores y silbidos. Levanto mi cerveza, observando cómo los ojos de Kya recorren la sala y se detienen en cada rostro de quienes ayudaron a hacer esto posible.
—Todos somos tercos como mulas. Nos derribas, nos levantamos. Quemas nuestro bar, lo reconstruimos mejor. Amenazas a nuestra gente, cerramos filas.
La señora Yu, la de la lavandería, está llorando. Miguel, el que lleva la cocina, tiene a su mujer abrazada por los hombros. La mitad de la sala asiente con la cabeza.
—Este bar es más que un negocio para mí.
Es donde conocí a mi viejo —señala a Lee, que levanta su cerveza—.
Es donde celebramos cuando nació la hija de Poppy y Axel.
Es donde he servido copas a la gente con la que me crié, donde he separado peleas, echado a borrachos y aguantado más canciones horribles de las que ningún ser humano debería soportar.
Más risas, esta vez mezcladas con vítores.
—Así que esta noche no solo estamos reabriendo un bar.
Estamos celebrando la fuerza de nuestra comunidad —levanta el vaso—.
Por vosotros, la gente de Stoneheart. Gracias por reconstruir este lugar conmigo.
Por venir día tras día a martillear, pintar paredes y cargar muebles.
Por donar dinero, tiempo y trabajo cuando teníais todas las razones para largaros.
Hace una pausa, con un nudo en la garganta.
—Y al Stoneheart MC, que me ha apoyado desde el principio.
Que se aseguró de que tuviéramos seguridad durante la construcción, que se encargó de la aseguradora cuando intentaron jodernos, que ha sido mi familia desde que era una cría —busca a Stone con la mirada entre la multitud, y él le hace un leve gesto de asentimiento—. ¡Salud!
—¡SALUD! —ruge la sala en respuesta.
La música vuelve a sonar a todo volumen —algo de rock clásico que seguramente eligió Duck— y la fiesta se reanuda.
Veo a Kya bajar del escenario y Lee la envuelve en sus brazos al instante para darle un beso que hace silbar a media sala.
Cuando se separan, los dos tienen una sonrisa de oreja a oreja.
Me alegra ver a Lee feliz. Después de todo lo que pasó con Summit, con Emma, con todo... se lo merece. Los dos se lo merecen.
Apuro mi cerveza y me acerco a la barra. Necesito otra y algo de espacio, alejarme del gentío. Mercy está detrás del mostrador, sirviendo copas y tomando pedidos con la soltura de siempre.
—¿Otra? —pregunta al verme.
—Sí. Gracias.
Destapa una botella y me la desliza por la barra.
—Hiciste un buen trabajo aquí, Bones.
Me encojo de hombros.
—Todos lo hicimos.
—Cierto. Pero tú estuviste aquí todos los días. Lloviera o hiciera sol, daba igual —se apoya en la barra y me clava esa mirada suya que lo ve todo—. Estás diferente desde que volviste de Nueva York.
Le doy un trago largo a la cerveza. Mercy es buena gente —la vieja de Cash, ya oficialmente—, pero también es amiga de Kya, que es amiga de Emma. Y no pienso soltar prenda para que le llegue a Emma por el boca a boca.
—Perdí mi puesto —digo—. Eso te cambia la forma de ver las cosas.
—Es más que eso —Mercy me estudia con la mirada—. Estás más callado. Más centrado. Menos dado a buscar bronca.
—Todavía busco bronca.
—No como antes —ladea la cabeza—. Una de las primeras cosas que recuerdo de ti es cuando sabías que a Lee le gustaba Kya y decidiste tirarle los tejos delante de sus narices.
Se me escapa una sonrisa al recordar lo fácil que era picarlo.
—Funcionó, ¿no?
—Ya lo creo —su sonrisa da paso a la curiosidad—. Aunque nunca entendí por qué fingiste no saber quién era ella, ni quién era Emma, ya puestos.
Me encojo de hombros.
—Para joderle la cabeza.
—Oye —su expresión pasa de divertida a seria y se acerca un poco—. Lo que haya pasado entre Emma y tú...
—Es cosa nuestra.
Las palabras salen planas, tajantes. Sin enfado, solo definitivas. Mercy levanta las manos en son de paz.
—Vale. Solo quería que supieras que Cash y yo estamos aquí si necesitas hablar.