Grabado en piedra BONES
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BONES

—Buenos días a ti también, hermano —digo, encajando el teléfono entre el hombro y la oreja.

Me apoyo en la pared de ladrillo del área de descanso, viendo pasar los coches a toda velocidad por la autopista.

—Está a salvo. Conmigo.

Silencio. Luego:

—Contigo.

—Sí.

—¿Dónde, exactamente?

—Carolina del Sur. Área de descanso cerca de Greenville.

Otro tramo de silencio. Peor, en cierto modo, que los gritos que esperaba.

—La estás llevando de vuelta a Nueva York —dice Stone finalmente.

—Sí, señor.

—¿Por qué?

—Porque me lo pidió.

—Te lo pidió —repite Stone, con voz plana.

—Sí, señor.

Lo oigo inspirar despacio, probablemente conteniendo las ganas de atravesar el teléfono para estrangularme por haberme largado sin consultarle.

—Date la vuelta. Tráela de vuelta a Stoneheart. Necesita tiempo para recuperarse, y puede tomárselo aquí, con su familia...

—No.

La palabra cae como un ladrillo.

—¿Perdona?

—He dicho que no. Quiere ir a Nueva York. Ahí es donde la llevo.

Mantengo un tono sereno, respetuoso, pero firme.

—Necesita su vida normal ahora mismo, Stone. Su rutina. Su apartamento. Su carrera. No el club, donde todos van a mirarla como si estuviera rota.

—Acaba de ser secuestrada...

Aprieto el teléfono con fuerza.

—Pero tratarla como si fuera de cristal y encerrarla en Stoneheart no va a ayudar. Solo conseguirá que se sienta prisionera.

—Lo sé. Fui yo quien la encontró, ¿recuerdas?

—¿Y tú sabes qué es lo mejor para mi hija?

Me muerdo la lengua. Porque sí, sé qué es lo mejor para ella. Mejor que él, desde luego. Pero decir eso en voz alta no ayudaría a Emma, y ella es lo único que me importa.

—Sé lo que me pidió. Y ahora mismo, eso es Nueva York.

—Da igual lo que pidiera. Tráela aquí, que es donde tiene que estar.

—Con todo el respeto, Stone, no puedo hacer eso.

—¿Estás desobedeciendo una orden directa?

—Estoy cumpliendo la misma orden que tengo desde los dieciséis: mantener a tu hija a salvo. No es algo personal. Es mi trabajo.

Stone guarda silencio un largo, largo momento. Cuando por fin habla, su voz suena peligrosamente tranquila.

—Tú y yo vamos a tener una charla cuando vuelvas. ¿Entendido?

—Entendido.

Cuelgo antes de decir algo que me deje fuera para siempre del único hogar que he conocido.

Ese es el problema con Stone: no es solo el presidente de mi club, es lo más parecido a un padre que he tenido. Se lo debo todo. Pero aun así, no puedo anteponer lo que él quiere a lo que Emma quiere, a lo que ella necesita. Ya no. Y puede que nunca haya podido.

Ahora mismo necesita Nueva York. Necesita sentirse a salvo. Así que ahí es donde la llevo. Es lo que hago, lo que siempre he hecho: lo mejor para Emma. Aunque me mate verla marcharse cada vez.

Cuando vuelvo dentro, Emma sigue peleándose con su café, y hace una mueca con cada sorbo.

—¿Cómo de mal? —pregunta, aguantándose la tos mientras me siento.

—¿Del uno al diez? Un ocho largo.

—¿Y un diez?

—Que se plantara aquí para llevarte a rastras agarrándote de la capucha.

Casi sonríe.

—¿Le dijiste que estoy bien?

—Sí.

—¿Y?

—Y quiere que te lleve de vuelta a Stoneheart inmediatamente. Le dije que no. Me dijo que tendríamos una charla cuando vuelva a casa.

Ahora sí sonríe, aunque solo un poco.

—Te la vas a cargar pero bien.

—Sí. Y de qué manera.

Nuestras miradas se cruzan y algo pasa entre nosotros: algo intenso, familiar, peligroso. Eso que seguimos fingiendo que no existe.

—¿Por qué sigues haciendo esto? —pregunta. La misma pregunta de siempre, pero en otro contexto.

—Cisne...

—Hablo en serio, Bones. ¿Por qué arriesgarte a cabrear a Stone? ¿Por qué conducir quince horas por mí? ¿Por qué hacer todo esto?

Se inclina hacia delante.

—Cuando entraste en el MC, juraste poner al club por encima de todo lo demás, y eso me incluye a mí.

El último lugar donde quiero tener esta conversación es en un Starbucks de imitación junto a la I-85, con críos berreando y padres metiéndose cafeína como si les fuera la vida.

Pero nunca hay un buen momento para charlas como esta.

Y los ojos de Emma cortan el ruido de cuajo —agudos, alerta, todo el cansancio del viaje barrido por la curiosidad y algo más oscuro debajo.

Apoyo los codos en la mesa y me planteo hasta dónde quiero ser sincero.

Podría darle la respuesta típica del MC —lealtad, hermandad, código— pero ya ha oído todo eso antes.

Joder, se crio con ello. Podría decirle la verdad, que hasta la hermandad tiene sus límites, y el mío es la mujer que tengo delante.

—Mi parche lo es todo para mí —digo, porque sigue siendo verdad—. Pero juré protegerte primero. Hice esa promesa antes de ponerme este chaleco, y no pienso romperla ahora.

Frunce el ceño como si pensara que me estoy escaqueando, pero le sostengo la mirada y dejo que vea que lo digo en serio.

—El club es familia. Pero tú también. Y si tengo que cabrear a Stone para cuidarte, lo haré. Siempre.

Me preparo para la réplica, el sarcasmo, la evasiva que siempre usa cuando las cosas se ponen demasiado intensas.

Pero no. Solo me mira durante un buen rato —ojos húmedos y vivos a pesar del agotamiento— y luego asiente.

—Vale. Pero como vuelvas a meterme un rastreador sin preguntar, te dibujo pollas en la cara mientras duermes.

Sonrío con sorna. —O sea que esperas que volvamos a dormir juntos, ¿eh?

Arruga una servilleta y me la tira. —En tus sueños, imbécil.

—¿Para qué soñar cuando ambos sabemos que la realidad es mucho mejor?

Me hace un corte de mangas, pero se le tuerce la boca.

Por un segundo parece casi ella misma —la Emma que suelta pullazos, no se deja pisotear y se niega a que el miedo la maneje.

La chica que solía besar a tíos al azar solo para cabrear a su padre —y a mí— mientras trataba el toque de queda como un deporte de competición.

Estoy a punto de decir algo más cuando me vibra el móvil.

Tank:

El jefe está que echa humo. Lo que sea que hayas hecho, arréglalo.

No contesto.

Otra vibración.

Duck:

Me han dicho que te llevaste a la princesa a NY. O eres valiente o eres gilipollas.

Yo:

Las dos cosas

En cuanto le doy a enviar, me guardo el móvil en el bolsillo.

—Deberíamos volver a la carretera.

—Vale —Emma apura lo que queda de su café asqueroso y se levanta, estirándose—. ¿Cuánto nos queda?

—Otras nueve, quizá diez horas. Depende del tráfico cuando lleguemos al noreste.

—Joder —parece agotada solo de pensarlo.

—Pararemos cada pocas horas para repostar y descansar. Sin prisas, puedo tenerte en casa esta noche.

—Para entonces no voy a sentir el culo, pero venga —gruñe, y trato de no sonreír mientras coge el casco de la mesa y se lo encasqueta—. Vamos. Acabemos con esto de una vez.

La sigo hasta el aparcamiento y nos subimos otra vez a la Harley.

Se acomoda detrás de mí, me rodea la cintura con los brazos bien apretados, y su barbilla me golpea la hombrera mientras acelero hacia la rampa de entrada.

Hace más frío ahora —está nublado, como si las Carolinas se hubieran acordado de en qué mes estamos y hubieran decidido ponerse las pilas.

Mantengo la velocidad estable. Siempre ha odiado que vaya demasiado rápido; dice que le gusta cómo el mundo se difumina en los bordes, pero no cuando se vuelve tan borroso que empezamos a perdernos detalles.

Así que lo mantengo a ciento diez, el rugido grave del motor ahogando los pensamientos de los dos.

Las horas pasan así.

Autopista plana. Pinos. Vallas publicitarias anunciando fuegos artificiales y dulces de nuez. Un montón de nada.

El cielo se oscurece a medida que avanzamos hacia el norte. Lo que empezó nublado se pone feo —nubes grises y densas acumulándose, hinchadas de todo lo que llevan conteniendo. La temperatura vuelve a bajar, y noto que Emma se pega más a mí, buscando mi calor.

Estamos a cosa de una hora de Charlotte cuando caen las primeras gotas.

Al principio, solo unas pocas —goterones fríos y gordos en mi visera.

Luego más.

Luego un repiqueteo constante que se convierte en diluvio en menos de treinta segundos.

Mierda.

Emma me aprieta más fuerte la cintura cuando la lluvia empieza a machacarnos. La visibilidad cae a quince metros, con suerte. La carretera se vuelve resbaladiza. Cada coche que pasa nos lanza una ola de agua que es como recibir un cubazo en la cara.

Levanto el pie del acelerador. Ochenta. Setenta.

La moto aguanta esto. He conducido con peores condiciones.

Pero Emma ya está temblando. Vamos a acabar empapados en cuestión de minutos.

Un rayo cruza el cielo. El trueno viene detrás, tan fuerte que lo siento más que oírlo.

Todo el cuerpo de Emma se tensa.

Eso lo decide.

Me voy hacia el carril derecho, buscando una salida. La que sea. Tenemos que salir de esta autopista antes de que la cosa empeore.

Una señal verde atraviesa la lluvia: Charlotte - 24 km.

Suficiente.

Cojo la siguiente rampa. Emma tiene la cara pegada a mi espalda, intentando esconderse de la tormenta.

Para cuando veo un motel —uno de esos sitios genéricos de carretera con el cartel de vacantes parpadeando— la lluvia cae a mares. Me meto bajo la marquesina de la entrada, apago el motor y me quedo ahí sentado un momento mientras la tormenta martillea el toldo sobre nuestras cabezas.

Estamos empapados. El agua me chorrea de la herida. Emma tiembla a pesar de llevar mi chaqueta.

Se baja de la moto despacio y se quita el casco. Tiene el pelo oscuro pegado a la cabeza, el rímel corrido bajo los ojos. Mira el motel, luego a mí, luego la cortina de agua que cae justo al otro lado del toldo.

—Bueno —dice, inexpresiva—. Supongo que esta noche no llegamos a Nueva York.

Joder.

Un motel.

Con Emma.

Solos.

Después de lo de anoche.

Esto es lo mejor o lo peor que podría pasar. No sé cuál de las dos.

Porque anoche se suponía que era el final. Una noche teniéndola por completo y luego dejarla ir. Ese era el trato que había hecho conmigo mismo.

Pero ahora estamos aquí, calados hasta los huesos, y estoy a punto de coger una habitación con ella.

Y después de lo que pasó anoche, después de que ella saliera corriendo esta mañana, debería ir con cuidado.

Debería poner distancia entre nosotros.

Pero ¿cuándo he ido yo a lo seguro con Emma?

—Sí —digo, bajando la pierna de la moto—. Salgamos de esta lluvia.