Capítulo 39
U nas horas antes, después de hacerse cargo de los gastos de una clínica privada donde curaron a Devan de las heridas que había sufrido durante la noche, Paco lo llevó al centro de acogida.
Bajo la camiseta, los vendajes que le ceñían el costado eran un recordatorio constante de lo cerca que había estado de morir. Sin embargo, caminaba erguido, con paso firme y una seguridad que no nacía de la fuerza física, sino de la certeza de haber sobrevivido.
Aquella visita no era un regreso, sino una despedida.
Recogió las pocas pertenencias que aún conservaba, guardó en la mochila el dinero que había logrado ahorrar durante aquellos meses y se despidió discretamente de quienes se cruzaron en su camino.
Consideraba que algunas etapas terminan mejor sin demasiadas explicaciones.
Después pasó por recepción, donde firmó unos documentos y devolvió las llaves de su habitación.
Luego condujo el escúter hasta la empresa de reparto, lo dejó cuidadosamente aparcado en el garaje y colocó las llaves sobre una lata de cerveza. Era la promesa cumplida. Fernando comprendería el mensaje. También le devolvió el smartphone con su cargador.
Tal como habían acordado, Paco pasó a recogerlo en la acera de enfrente, conduciendo él mismo.
Paco apenas conocía a Devan desde hacía unos días, pero la experiencia que habían compartido había creado en él un vínculo inesperado, casi paterno-filial.
Sentía por él un afecto profundo, una mezcla de amistad y protección, y de ahí nació la necesidad de llevarlo personalmente en coche hasta la estación de tren.
Ahora, sentado en el asiento del copiloto, Devan contemplaba cómo la ciudad de Valencia empezaba a despertar mientras Paco conducía.
Durante unos minutos, ninguno de los dos habló.
Finalmente, Paco rompió el silencio.
—Tengo que confesarte una cosa. Después de lo que ocurrió con mi hijo... he tomado una decisión.
Desvió un instante la mirada hacia Devan.
Continuó.
—Voy a dedicarme únicamente a mi negocio legal.
Cuidaré a José como debería haberlo hecho desde el principio.
—Hizo una breve pausa antes de añadir con una sinceridad que nunca antes había mostrado—.
Estuve a punto de perderlo. Esto me ha hecho comprender que el cariño de mi hijo vale infinitamente más que todo el dinero que he ganado durante estos años.
Devan respondió con un leve asentimiento y una sonrisa apenas perceptible, suficiente para suavizar la dureza su rostro.
Paco levantó una mano del volante para subrayar la importancia de sus siguientes palabras.
—El contrabandista, el narcotraficante, el gánster...
ese hombre se acabó. He vivido demasiado tiempo creyendo que el poder y el dinero podían comprarlo todo.
Me equivocaba. Quiero enterrarlo para siempre.
Quiero convertirme en alguien de quien mi hijo pueda sentirse orgulloso...
y de quien algún día también puedan sentirse orgullosos mis nietos.
Devan permaneció callado unos segundos antes de responder.
—Me alegra oír eso. Todo el mundo merece una segunda oportunidad, siempre que esté dispuesto a cambiar de verdad.
Miró por la ventanilla mientras las luces del amanecer teñían de naranja los edificios.
—Espero que José se recupere pronto. Dale un abrazo de mi parte.
Paco asintió.
—Lo haré.
Volvió a concentrarse en la carretera. Carraspeó antes de añadir:
—Anoche llevé la bolsa a la comisaría. Les dije que alguien la había abandonado frente a mi restaurante, probablemente un narcotraficante que intentaba deshacerse de ella tras lo sucedido en la discoteca La Florida, por miedo a represalias del crimen organizado. No sé si se tragaron la historia...
Esbozó una sonrisa resignada.
—...pero, sin testigos ni pruebas, poco podrán hacer.
Además, según mi contacto en la Policía, con ese alijo van a sacar rédito mediático, presumiendo ante los medios de comunicación de su lucha contra el narcotráfico, especialmente tras la repercusión de lo sucedido, que han atribuido a un enfrentamiento entre bandas criminales.
Rió mientras tomaba un desvío y se internaban en un túnel, para salir de nuevo a la superficie poco después.
—Si supieran que, en realidad, todo fue obra de un solo hombre, no se lo creerían.
Devan volvió la cabeza hacia él.
—Has hecho lo correcto.
Paco respiró hondo. Hacía apenas unas horas, aquellas palabras le habrían parecido una muestra de debilidad. Ahora, en cambio, le proporcionaban una paz que hacía mucho tiempo había olvidado.
—Es una lástima que te marches sin haber probado mi arroz a la valenciana. ¿Quién sabe? Quizá algún día vuelvas.
Devan negó despacio con la cabeza.
—No... No lo creo.
Paco detuvo el coche frente a la estación de tren. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. El motor permanecía al ralentí mientras el ir y venir de viajeros llenaba la entrada de movimiento.
Devan llevó la mano a la manilla de la puerta.
Paco lo sujetó del brazo.
—Espera un momento.
Se inclinó hacia el asiento trasero y recogió una bolsa que descansaba en el suelo. Se la tendió.
—Toma. Es tu parte.
Devan la sostuvo sin abrirla.
—Hay mucho más de lo que puedas pensar —continuó Paco con una leve sonrisa y le guiñó un ojo—. Quiero que lo aceptes. No es dinero de la droga, ni del contrabando, ni de la extorsión. Sale de mi negocio legal. De mis ahorros. Es limpio.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—No lo veas como un pago. Considéralo un regalo... o, si lo prefieres, el primer gesto de una amistad que nunca imaginé que pudiera existir. Quiero que este dinero te ayude a empezar de nuevo y a llegar tan lejos como te lleven tus sueños.
Devan bajó la vista hacia la bolsa y volvió a mirar a Paco.
Asintió lentamente.
—Gracias, Paco. Te prometo que sabré darle un buen uso.
Los dos se estrecharon la mano. No hacía falta decir nada más. Habían empezado aquella historia en lados opuestos, desconfiando el uno del otro. Ahora se despedían con el respeto que solo nace después de haber compartido el peligro y haber sobrevivido a él.
—¿Y ahora qué?
Señaló la bolsa.
—Con el dinero que hay ahí dentro puedes empezar la vida que quieras.
Devan permaneció unos segundos en silencio.
—Abriré una cafetería.
Paco arqueó una ceja.
—¿Una cafetería?
Una leve sonrisa afloró en el rostro de Devan.
—También elaboraré mi propia repostería. Quizá cruasanes.
—Vaya, no sabía que podías hacerlos.
—De momento, no sé. Por eso emprendo este viaje hacia un lugar donde alguien me enseñará a hacerlos.
Paco sonrió con sinceridad. No quiso preguntarle adónde iba ni a quién iba a ver. Había preguntas que era mejor no hacer.
—Quién iba a decir que dos tipos duros como nosotros acabaríamos nuestras vidas trabajando en la hostelería.
Devan sonrió.
Paco extendió la mano por segunda vez.
—Te deseo toda la suerte del mundo.
Devan la estrechó de nuevo con firmeza.
—Y yo a ti.
Abrió la puerta, descendió del coche y, sin volver la vista atrás, echó a andar hacia la entrada de la estación.
Paco permaneció observándolo hasta que su figura se perdió entre los viajeros. Acto seguido apartó la vista, engranó la marcha y se incorporó de nuevo al tráfico.