Gorila Capítulo 38
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Capítulo 38

A primera hora de la mañana, Fernando llegó al garaje como hacía cada día.

Pero algo llamó de inmediato su atención.

El escúter de Devan seguía allí, perfectamente estacionado. Sobre el asiento estaban las llaves, colocadas encima de una lata de cerveza. Al lado estaba el smartphone que le había prestado, junto con el cargador.

Se acercó despacio.

No pudo evitar sonreír.

Recordó aquella conversación, cuando, al terminar una larga jornada, había invitado a Devan a una cerveza.

Luego, Devan le había dicho que, si algún día decidía marcharse, le devolvería la invitación.

Era una forma de despedirse sin dramatismos, un pequeño pacto entre dos hombres acostumbrados a decir mucho con pocas palabras.

Recogió las llaves y acarició la lata con la yema de los dedos.

—Así que al final lo has hecho... —murmuró.

No había una nota. No hacía falta.

Aquella cerveza era un gracias, un adiós y una promesa al mismo tiempo.

Llamó al centro de acogida para preguntar por Devan.

La respuesta no tardó en llegar.

Le confirmaron que había abandonado el centro a primera hora de aquella mañana. Se había despedido con educación, había dado las gracias por todo... y se había marchado sin revelar su destino.

Fernando colgó.

No le sorprendió.

Devan nunca había sido de los que miran atrás.

Levantó la vista y contempló el garaje. Durante un instante imaginó a Devan alejándose de Valencia, dejando atrás no solo el trabajo, sino también una vida que nunca había terminado de pertenecerle.

Sonrió de nuevo, esta vez con una mezcla de nostalgia y alivio.

Devan no se había quedado anclado al pasado. Había tenido el valor de seguir hacia adelante, de buscar un lugar donde empezar de nuevo, aunque el destino fuera incierto.

Porque algunas personas se resignan y acaban convirtiéndose en árboles, inmóviles, aferrados para siempre al mismo suelo. Como le pasó a él.

Devan no. Él había elegido seguir siendo un hombre que camina.

Fernando cogió la lata de cerveza, la sostuvo unos segundos entre las manos y asintió para sí. Aquella era la mejor despedida que Devan podía haberle dejado.

—Buena suerte —murmuró.

Después entró en su oficina, dispuesto a comenzar una nueva jornada laboral.