Gorila Capítulo 37
93%

Capítulo 37

A ntes de llegar a las escaleras, el gigante con la cara ensangrentada le bloqueó el paso y se abalanzó sobre él. Pero Devan contraatacó con un puñetazo en el estómago seguido de un codazo en el rostro. Luego lo empujó con fuerza contra la barandilla y lo lanzó al vacío.

Bajó con rapidez las escaleras, manteniéndose precavido ante cualquier peligro.

Ya en la planta principal, enfiló hacia la salida cuando un fornido portero trajeado apareció por un lateral y lo agarró del brazo.

Devan se giró instintivamente y le asestó un fuerte codazo detrás de la oreja.

El hombre se tambaleó, pero trató de sujetarlo de nuevo.

Devan se zafó de un tirón y le propinó una patada en la entrepierna e inmediatamente un puñetazo en la mandíbula.

El portero perdió el equilibrio, retrocedió un par de pasos y acabó desplomándose pesadamente al suelo.

En ese instante, otro hombre de seguridad le lanzó un derechazo que lo hizo trastabillar hacia atrás. Cayó sobre una mesa llena de botellas y copas.

La música seguía atronando mientras los clientes corrían despavoridos hacia la salida.

Nadie sabía exactamente qué estaba ocurriendo, pero los gritos y el estruendo bastaban para comprender que sus vidas corrían peligro.

El pánico se había apoderado del público, que se había lanzado hacia la salida en una huida desordenada.

El portero se acercó confiando en que ya lo había derrotado.

Pero Devan se levantó, se desprendió de la mochila que le colgaba en bandolera, se dirigió contra él y le golpeó en los riñones.

El hombre se dobló tras el impacto, momento que aprovechó Devan para agarrarlo del pelo y, con el canto de la otra mano, le atizó repetidas veces en la cara antes de dejarlo caer como un pelele al suelo.

Otro hombre de seguridad le bloqueó el paso antes de que pudiera avanzar unos metros. Era enorme, de hombros anchos, orejas de coliflor y cuello grueso, el físico compacto de un luchador de MMA.

—Tú. ¿Adónde crees que vas?

Devan no respondió.

El hombre intentó agarrarlo por el brazo para inmovilizarlo, pero Devan se irguió con rapidez y le golpeó el antebrazo, obligándolo a soltarlo. Entonces el tipo reaccionó de inmediato. Se lanzó sobre él con una embestida que habría derribado a cualquiera.

Devan retrocedió lo justo para esquivarlo. El hombre perdió el equilibrio durante una fracción de segundo, y Devan aprovechó el instante para golpearlo en el estómago. El impacto le hizo doblarse ligeramente, pero apenas consiguió vencerlo.

El hombre volvió a la carga. Esta vez consiguió atrapar a Devan y cerró los brazos sobre él, inmovilizándolo con una llave de jiu-jitsu. Ambos chocaron violentamente contra una mesa, que volcó bajo el impacto. Cayeron al suelo entre copas y botellas.

Devan sintió cómo el hombre lo apretaba con una fuerza brutal, cortándole la respiración.

Trataba de inmovilizarlo contra el suelo, entrelazando las piernas alrededor de su costado mientras le presionaba el cuello.

Devan respondió con un brutal cabezazo. Después giró el cuerpo en el último instante, consiguió zafarse y le propinó un golpe seco que lo obligó a retroceder.

Durante unos segundos, ambos permanecieron frente a frente, midiéndose en silencio.

El hombre respiraba con dificultad, sorprendido de que aquel desconocido siguiera en pie y, sobre todo, de que lo desafiara con la mirada.

Devan apenas apartó los ojos de él.

El portero volvió a abalanzarse sobre él.

Esta vez, Devan estaba preparado. Su mano alcanzó una botella de vidrio. La agarró con fuerza y, en un movimiento rápido, se la estampó contra la cabeza.

El hombre cayó de bruces al suelo y quedó inmóvil. Devan ni siquiera se detuvo a mirarlo.

Continuó. Estaba al borde del colapso. Cada músculo de su cuerpo le dolía y sus pulmones ardían con cada respiración. Aun así, volvió a colgarse la mochila al hombro con un gesto torpe y doloroso. No podía detenerse. Todavía no.

Alzó la vista. La salida estaba allí, a escasos metros. Tan cerca... y, al mismo tiempo, tan inalcanzable.

Obligó a sus piernas a avanzar. Cada paso era una batalla contra el agotamiento. El estruendo de la discoteca se desdibujaba a su alrededor, reducido a un zumbido lejano. Todo su mundo se resumía en aquella puerta.

En ese instante el pie le resbaló sobre un cristal. Perdió el equilibrio y su cuerpo se precipitó hacia delante. Consiguió apoyarse en una mano antes de caer por completo, apretó los dientes y, haciendo acopio de las últimas fuerzas que le quedaban, logró incorporarse de nuevo.

Volvió a fijar la mirada en la salida y reanudó la marcha, tambaleándose, decidido a alcanzarla aunque el cuerpo ya no pareciera dispuesto a obedecerle.

Por detrás, un hombre sangrando profusamente por la nariz se aproximó hacia él con una pistola en la mano. Estaba dispuesto a matarlo. En el último instante, Devan se giró, lo desarmó y le disparó en la cabeza.

Salió a la calle con el arma en la mano.

Sonaban sirenas a lo lejos, cada vez más cerca.

Avanzó a duras penas, arrastrando los pies como si cada paso le robara las últimas fuerzas que le quedaban. Sabía que no llegaría muy lejos. ¿Dónde podía esconderse? ¿Adónde iba a huir en aquel estado? La mochila pesaba sobre su hombro como una condena y el cuerpo había dejado de obedecerle.

En breve lo detendrían

Todo parecía perdido.

Apenas había cruzado la calzada cuando las piernas cedieron de golpe.

Trastabilló, intentó recuperar el equilibrio con un movimiento desesperado de los brazos, pero fue inútil.

Cayó de rodillas sobre el asfalto con un golpe seco.

El impacto le arrancó un gemido ahogado.

Durante unos instantes permaneció inmóvil, jadeando, incapaz de reunir las fuerzas necesarias para volver a levantarse.

Desde su posición, Paco vio cómo un portero salía de entre la multitud y avanzaba hacia Devan. A pesar del caos que reinaba alrededor, aquel hombre no parecía dispuesto a detenerse. Tenía la mirada fija en él y caminaba con la seguridad de quien sabe que su víctima apenas puede defenderse.

Devan apenas se sostenía en pie. El portero lo sabía. Se acercó despacio, preparado para derribarlo, inmovilizarlo contra el suelo y acabar con él de una vez por todas.

Pero antes de que pudiera alcanzarlo, una figura apareció a su espalda.

El conductor de Paco actuó sin dudar. Dio un paso al frente y descargó un golpe seco contra el portero con una porra. El hombre se desplomó pesadamente sobre el asfalto y quedó tendido junto a la acera.

Paco corrió hasta Devan. Le sujetó el brazo, retiró el arma de su mano y le quitó la bolsa deportiva que llevaba colgada al hombro.

—Ya acabó todo —dijo con calma.

Devan intentó mantenerse consciente, pero su cuerpo había llegado al límite. La tensión acumulada, el dolor y el agotamiento terminaron por vencerlo. Cerró los ojos y perdió el sentido.

El conductor de Paco se agachó, lo cargó sobre sus hombros y lo llevó hasta el coche. Lo acomodaron en la parte trasera del vehículo y abandonaron el lugar justo antes de que llegaran los primeros coches patrulla.

Durante el trayecto, Paco se giró en su asiento y observó a Devan, inconsciente, con el rostro marcado por la lucha y el cuerpo agotado por una noche que parecía imposible de sobrevivir.

Al principio lo había visto como el hombre que había salvado la vida de su hijo.

Después, como una posible pieza útil, alguien con las capacidades necesarias para convertirse en un aliado, incluso en un hombre a su servicio como matón.

Más tarde, cuando descubrió que conocía demasiado sobre el negocio del narcotráfico y que jamás aceptaría trabajar para él, pasó a verlo como un problema, una amenaza que debía controlar.

Finalmente, tras el asunto del robo de la mercancía de Carlos, Devan se había convertido en un objetivo. Alguien que debía desaparecer antes de que pusiera en peligro todo aquello que Paco había construido.

Pero aquella noche había sido testigo de algo que jamás había esperado.

Había visto a un hombre enfrentarse a una situación imposible, resistir cuando cualquier otro habría sucumbido y seguir avanzando cuando todas las opciones de salir con vida parecían haberse agotado.

Paco vio a un hombre con una determinación inquebrantable, una resistencia fuera de lo común y un instinto de supervivencia casi animal.

Bajó la mirada hacia la bolsa que descansaba junto a Devan y después volvió a observarlo.

Sí, aquella noche había visto algo que iba más allá de la violencia, del poder o de los intereses enfrentados. Había sido testigo de alguien que luchó hasta el límite de sus fuerzas y se negó a rendirse cuando todo estaba en su contra.

Por primera vez, Paco vio a alguien digno de respeto.

Y, contra todo pronóstico, sintió admiración por él.