Capítulo 35
E n la planta superior, protegida por amplios ventanales de cristal que dominaban la pista de baile, se controlaba cada rincón de la discoteca. Desde allí, el bullicio quedaba amortiguado y el espectáculo se contemplaba como si fuera un tablero sobre el que mover las piezas.
Carlos discutía con cuatro distribuidores de estupefacientes. La bolsa de deporte que tomaron del apartamento de Sandra estaba encima de la mesa, siendo custodiada por Mateo.
El acceso a aquella zona privada estaba vigilada por dos hombres.
Uno era un auténtico gigante, de espalda descomunal y cuello de toro; el otro, un miembro del equipo de seguridad con el auricular transparente asomando tras la oreja y la mirada alerta.
En cuanto vieron a Devan aproximarse, ambos se cuadraron, cerrándole el paso incluso antes de que pudiera abrir la boca.
El hombre de seguridad salió a su encuentro y él, con fuerza, le golpeó en la entrepierna, le quitó una pistola de la pechera, lo agarró y lo lanzó escaleras abajo.
Inmediatamente el gigante se abalanzó sobre él, pero Devan le propinó repetidos golpes sobre el rostro con la culata de la pistola hasta que cayó desplomado al suelo.
Entró en la sala y recorrió con la mirada a todos los presentes.
Su atención se detuvo en uno de los hombres, sentado frente a cuatro personas.
No lo había visto nunca, pero algo en su porte, en la autoridad que desprendía y en la breve descripción que Paco le había dado bastó para que supiera que había encontrado a quien buscaba.
Aquel era Carlos.
El líder del grupo criminal.
Su principal objetivo.
Carlos apenas tuvo una fracción de segundo para comprender lo que ocurría. Echó mano al cajón del escritorio, sacó una pistola y comenzó a levantar el brazo. No llegó a apuntar:
Devan le disparó en el pecho y en la cabeza.
Un hombre corrió hacia la salida, intentando huir, pero Devan lo agarró y le golpeó el rostro contra el cristal de la pared una y otra vez hasta dejarlo inconsciente. Otro hizo amago de abalanzarse sobre él, recibió un impacto de bala en la cabeza.
Mateo intentó coger la pistola de Carlos, pero Devan le disparó en el pecho y el tipo cayó fulminado sobre unas sillas.
Otro le lanzó una botella, pero Devan la esquivó y disparó dos veces: una bala le impactó en el pecho y otra en la cristalera, que se rompió en pequeños trozos, como un puzle. El hombre se precipitó al vacío hasta caer contra el suelo de la planta principal donde la gente bailaba.
Y un sexto hombre aprovechó para atacarle por la espalda, pero Devan se giró en redondo y le machacó la boca con la culata de la pistola hasta que se derrumbó.
En la planta principal la música continuó junto al estruendo de gritos. Durante unos segundos, muchos permanecieron inmóviles, incapaces de comprender qué estaba ocurriendo.
Después llegó el pánico generalizado.
Hubo gritos y la gente comenzó a desplazarse hacia la salida.
La multitud estalló en una estampida. Copas y botellas se hicieron añicos contra el suelo mientras hombres y mujeres se empujaban desesperadamente en busca de una salida.
Tacones rotos, chaquetas abandonadas y teléfonos móviles quedaron esparcidos entre los cristales.
Algunos tropezaban y caían, solo para ser arrollados por quienes corrían sin mirar atrás.
Las bailarinas descendieron precipitadamente de las plataformas, buscando refugio en medio de la confusión, mientras los miembros de seguridad intentaban, sin éxito, contener una marea humana dominada por el terror.
En la planta superior, ajeno al caos que se desataba unos metros más abajo, Devan limpió la pistola con la camisa de Mateo y la dejó caer junto al cadáver.
Abrió la bolsa deportiva, comprobó su contenido y volvió a cerrar la cremallera.
Se la cruzó al hombro y abandonó la sala sin perder un segundo. Después se dirigió hacia las escaleras.
En la planta superior, ajeno al caos que se desataba unos metros más abajo, Devan limpió la pistola con la camisa de Mateo y la dejó caer junto al cadáver. Abrió la bolsa deportiva, comprobó su contenido y volvió a cerrar la cremallera.
Sabía perfectamente que la bolsa solo podía traerle problemas y que lo más sensato habría sido dejarla allí.
Sin embargo, su sola presencia le recordaba a Sandra, y no estaba dispuesto a permitir que un recuerdo ligado a ella se quedara en aquel lugar.
No pensó siquiera qué haría después con la bolsa; simplemente sintió que tenía que llevársela.
Pero había algo más, algo que no llegó a formular conscientemente y que permanecía oculto en algún rincón de su subconsciente.
De niño, en Sri Lanka, cuando comía un caramelo o cualquier alimento envuelto en papel, su amigo Narayan tenía la costumbre de guardarse el envoltorio en el bolsillo.
Devan se reía de aquella manía, pero Narayan incluso recogía y guardaba los que habían estado en manos de su amigo, llevado por una superstición infantil: no quería que nada relacionado con él terminara abandonado en cualquier parte.
Narayan nunca dejaba aquellos envoltorios en la calle ni en una papelera cualquiera.
Tenía que llevárselos hasta la habitación del orfanato, aquel pequeño espacio que, pese a su pobreza, sentía como propio.
Allí podía guardarlos o arrojarlos a su papelera, dentro de un lugar que consideraba seguro y que, de algún modo, estaba bajo su control.
Años después, sin saberlo, Devan repitió aquel gesto.
La bolsa era, en cierto modo, el envoltorio de un recuerdo que no estaba dispuesto a abandonar allí.
Y aquella vieja superstición de Narayan, enterrada en lo más profundo de su memoria, fue la chispa invisible que transformó un impulso emocional en una acción inmediata: llevársela consigo.
Devan se colgó la bolsa deportiva al hombro y abandonó la sala sin perder un segundo. Después se dirigió hacia las escaleras.