Capítulo 34
D os porteros de complexión imponente, ambos por encima del metro noventa y enfundados en trajes negros, custodiaban la entrada de La Florida con la rigidez de dos estatuas. Sus miradas recorrían la cola con fría indiferencia, evaluando a cada cliente antes de permitirle el paso.
Devan aprovechó el instante en que ambos se enzarzaron en una acalorada discusión con un grupo de jóvenes que protestaban porque no les permitían entrar al local por no cumplir el código de vestimenta.
Con los vigilantes distraídos, Devan se dirigió rápidamente hacia la entrada, consciente de que tenía que hacerlo antes de que repararan en él.
Uno de los jóvenes se puso violento, y un tercer miembro de seguridad, apostado en el umbral de la discoteca como medida de contención de control al acceso, se les unió.
Sin detenerse, Devan se deslizó junto a la puerta y cruzó la entrada sin que nadie reparara en él.
Los primeros acordes de Paris 1985, de Lecomte de Brégeot, lo golpearon con la intensidad de la música electrónica que inundaba el local.
Un bosque de focos móviles barría la sala con destellos blancos, púrpuras y azul eléctrico que cortaban la oscuridad como relámpagos. Láseres verdes dibujaban figuras efímeras sobre una neblina artificial impregnada del olor dulce de los perfumes, el alcohol y el humo de las máquinas de efectos.
El local estaba abarrotado de gente atractiva y bien vestida. Copas de cristal rebosantes de cerveza y elaborados combinados circulaban de mano en mano entre risas estridentes y conversaciones que apenas lograban sobreponerse a la música.
En plataformas circulares repartidas por la inmensa sala, varias bailarinas de pole dance, vestidas con diminutos conjuntos, giraban alrededor de las barras cromadas con una elegancia hipnótica, arrancando aplausos, silbidos y miradas de admiración.
Desde los reservados elevados, separados del bullicio por barandillas de cristal y sofás de cuero blanco, los clientes más exclusivos contemplaban el espectáculo mientras camareros impecablemente uniformados descorchaban botellas de licor de precio desorbitado.
Algunos, inclinados discretamente, esnifaban una raya de cocaína sobre la palma de la mano o sobre pequeñas mesas de cristal.
Todo destilaba lujo, ostentación y exceso; era un mundo donde el dinero parecía no tener límite.
Devan tuvo la extraña sensación de haber entrado en otro mundo. Por un instante llegó a preguntarse si aquello existía de verdad o si estaba contemplando una escena sacada de una película.
Lo que más lo descolocó fueron las mujeres.
Nunca había visto tantas juntas, tan llamativas, con vestidos que apenas ocultaban sus cuerpos y una seguridad que parecía desafiar todas las miradas.
Al ritmo de la música se contorneaban entre la multitud como si fueran dueñas del lugar, ajenas al efecto que provocaban.
Él no sabía dónde posar los ojos sin sentirse fuera de sitio.
Se abrió camino entre el mar de gente hasta que, de repente, quedó atrapado en un círculo de cuerpos que bailaban de forma frenética.
Una mujer rubia y alta se cruzó en su camino, moviéndose con una sensualidad que lo dejó desconcertado.
Al ver que Devan no reaccionaba, otra mujer soltó una carcajada y, entre risas, acercó una pequeña pastilla a los labios de su amiga.
Luego, la rubia sujetó el mentón a Devan y, antes de que pudiera apartarse, introdujo su lengua en su boca. Él, paralizado por la sorpresa y la incomodidad, se quedó inmóvil y tragó la diminuta pastilla de manera automática.
Ella se separó de él con una sonrisa pícara y volvió a bailar junto a su amiga.
Ambas se movían con una provocación descarada, rozándose al ritmo frenético de la música, como si escenificaran un acto sexual.
Devan continuó avanzando entre la multitud, intentando abrirse paso, hasta que los efectos de la pastilla comenzaron a hacerse notar.
De pronto, las luces dejaron de parecer simples destellos de una discoteca. Se transformaron en focos de un campamento militar. El estruendo de la música se convirtió en el sonido de morteros cayendo a su alrededor. Las imágenes se mezclaban, el presente y el pasado se confundían.
Un instante después, estaba en el suelo. Había tropezado con alguien. Levantó la mirada y vio una mano extendida hacia él.
Todo a su alrededor era borroso, pero consiguió distinguir el rostro de quien intentaba ayudarlo a levantarse. Era Narayan. Su amigo lo miraba con una sonrisa.
No podía ser real.
Estaba alucinando.
Agarró la mano que le tendían y, mientras se incorporaba, la imagen se desvaneció. No era Narayan. Era un desconocido entre la gente quien lo ayudaba a ponerse en pie.
—Venga, hombre —le gritó para hacerse oír por encima de la música—. Lleva cuidado por dónde vas.
Devan necesitaba despejarse. En aquel estado sabía que no tendría ninguna posibilidad de enfrentarse a Carlos y sus hombres. Buscó alrededor hasta encontrar la señal de los baños de hombres y se dirigió hacia allí.
Al entrar, metió la cabeza bajo el grifo y se lavó la cara con fuerza. Después se echó el pelo hacia atrás, se peinó con los dedos y se secó el rostro con varias toallas de papel.
Aunque todavía sentía el intenso efecto de la pastilla recorriendo su cuerpo, estaba algo más despejado.
Levantó la mirada hacia el espejo del baño. Durante unos segundos permaneció inmóvil, contemplando su propio reflejo como si intentara reconocerse en aquel rostro. Inspiró profundamente y apretó la mandíbula.
Entonces ocurrió. Frente a él apareció Narayan, reflejado en el cristal. Devan parpadeó, pero la imagen no desapareció. Un instante después, el rostro de Sandra surgió junto al suyo, sonriéndole desde el espejo.
Devan cerró los ojos con fuerza. No podía permitirse dudar. Había sobrevivido a cosas mucho peores y no iba a dejar que aquellas visiones lo quebraran ahora.
Volvió a abrir los ojos y se obligó a mantener la mirada fija en su reflejo. Reunió las fuerzas que le quedaban y respiró profundamente.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Un grupo de personas irrumpió en el baño y el ruido de sus voces rompió la escena, disipando las imágenes que habían tomado forma ante sus ojos.
Devan parpadeó. Narayan había desaparecido. Sandra también. Solo quedaba su propio rostro reflejado en el espejo.
Salió del baño.
Ya no avanzaba como un hombre perdido entre la multitud, sino como alguien que había recuperado el control, aunque solo fuera en parte.
El ritmo de la música electrónica retumbaba en sus sentidos como tambores de guerra.
La pastilla que minutos antes había tragado empezaba a hacer efecto por completo.
Una descarga de energía le recorrió el cuerpo, acelerándole el pulso y tensándole los músculos.
La confusión se disipó y su mente se volvió más fría, más rápida.
Sentía que podía reaccionar a cualquier cosa que ocurriera a su alrededor.
Cada paso era decidido y en su rostro se había instalado una determinación fría e inquebrantable.
Avanzó serpenteando entre la multitud, esquivando cuerpos que bailaban al ritmo frenético de la música. Cada paso lo obligaba a abrirse camino entre la gente con copas alzadas y destellos cegadores por encima de las cabezas.
Sin detenerse, localizó la escalera iluminada que conducía a la planta superior y comenzó a subir.