Capítulo 33
P aco hizo un gesto a su conductor, uno de los empleados de origen chino, para que detuviera el vehículo junto a la acera situada frente a la entrada de la discoteca La Florida.
La música se filtraba desde el interior del local y varios grupos de personas entraban y salían.
Paco permaneció unos segundos en silencio, observando a Devan antes de hablar.
Aquel extranjero había arriesgado su vida por una joven española. Había visto su dolor, su rabia y, sobre todo, la determinación con la que había llegado hasta allí. Devan no parecía un hombre que buscara una recompensa ni alguien que intentara demostrar algo a los demás.
Hasta hacía poco, solo había visto en él un posible instrumento. Un hombre al que podía contratar, un sicario más entre tantos otros, alguien dispuesto a hacer el trabajo sucio a cambio de dinero.
Pero ahora ya no estaba tan seguro.
Veía a un hombre marcado por un pasado de violencia, alguien que había causado mucho daño antes de llegar hasta Valencia. Tal vez aquella noche no fuera más que el último paso hacia su propia destrucción. O quizá fuera la única oportunidad que tenía de redimirse por todo lo que había dejado atrás.
—Suele estar en la planta superior —dijo finalmente Paco—.
Allí recibe a la gente de confianza y celebra sus reuniones.
Tendrá entre cuarenta y cincuenta años. Va siempre bien vestido.
Tiene el pelo abundante y blanco, engominado hacia atrás.
No te será difícil reconocerlo. Siempre está rodeado de los suyos, dando órdenes y dejando claro quién manda. Cuando lo veas, sabrás que es él.
Devan asintió sin decir palabra.
Paco extendió la mano.
—Suerte.
Devan lo miró durante un instante y se la estrechó sin decir palabra.
Abrió la puerta del vehículo y bajó con calma. No había nervios en sus movimientos ni dudas en su mirada. Se comportaba como alguien que conocía perfectamente el precio que estaba dispuesto a pagar.
Cruzó la calle y caminó hacia la entrada de la discoteca La Florida.
Paco lo siguió con la mirada desde el interior del coche. Sabía que aquel hombre se dirigía hacia un lugar del que quizá no saldría con vida. Y, aun así, avanzaba sin vacilar.