Capítulo 28
E n el apartamento de Sandra, su padre había recuperado parcialmente la conciencia.
Aturdido y todavía bajo los efectos del alcohol, trataba de ordenar los recuerdos de las últimas horas.
Poco a poco, una imagen se abrió paso entre la confusión: la bolsa que había traído su hija con aquel extraño hombre tan moreno.
Recordó el lugar donde Sandra la había escondido.
Con esfuerzo, se incorporó del sofá y avanzó tambaleándose hasta el armario del salón. Abrió la puerta, apartó varias prendas de ropa y, al fondo, la encontró.
La bolsa deportiva.
La sacó con cautela y la dejó sobre la mesa de comedor.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, como si dudara de si debía abrirla.
Finalmente, movió la cremallera.
Al contemplar su contenido, sus ojos se abrieron de par en par.
No comprendía qué significaban aquellos paquetes ni por qué Sandra los había escondido.
Lo que más le desconcertaba, sin embargo, era pensar que su hija había entrado en el apartamento acompañada de un hombre de aspecto tan raro y había dejado allí aquella bolsa deportiva.
¿Por qué lo ocultaba con tanto cuidado? ¿Era aquello droga?
¿Así era como se empaquetaba? ¿Y qué contenían los paquetes?
¿Cocaína? ¿Hachís? Le resultaba difícil contener la tentación de abrir uno y descubrirlo.
Pero ¿qué demonios estaba haciendo Sandra con todo aquello? No conseguía encajarlo. Fuera lo que fuese lo que contenían aquellos paquetes, tan bien envueltos en plástico, había visto suficiente mundo a lo largo de su vida para comprender que aquello podía valer mucho dinero.
Y que ese dinero podía cambiarlo todo.
En ese instante sonó el timbre.
El hombre levantó la cabeza sobresaltado.
La bolsa permanecía abierta frente a él.
El timbre volvió a sonar.
Esta vez con más insistencia.
Quien estaba al otro lado de la puerta no pensaba marcharse sin entrar.
Unos minutos después, Mateo y sus hombres permanecían en el salón del apartamento, frente a la bolsa deportiva que habían recuperado.
El cuerpo del padre de Sandra yacía muerto en el suelo.
Mateo sacó el móvil y marcó un número.
—La tenemos —informó a Carlos—. La bolsa está aquí. La mercancía está intacta.
Al otro lado de la línea, él respondió sin titubear:
—Bien. Mantened vuestras posiciones. Esa chica está a punto de llegar.