Capítulo 27
S andra y Devan estaban en un pub del centro de Valencia.
Duel (Dim Zach Remix), de Sophie Ellis-Bextor, hacía vibrar el local con su ritmo envolvente.
Sandra se movía por la pequeña pista de baile al ritmo de la música, completamente entregada al momento, como si cada compás consiguiera borrar, aunque solo fuera por unos minutos, la bolsa, el peligro y todo lo ocurrido aquel día.
Desde la barra, Devan la observaba con una mezcla de fascinación y preocupación.
Sandra era impulsiva.
Vivía cada instante como si el mañana no existiera.
Dos jóvenes se acercaron a ella bailando, intentando ligar.
Sandra sonrió sin dejar de moverse al ritmo de la música y, ante la sorpresa de Devan, lo señaló con un gesto.
Los dos muchachos se volvieron hacia él, intercambiaron una sonrisa cómplice con Sandra y, comprendiendo el mensaje, se alejaron hacia otro extremo de la pista de baile.
Sin dejar de contonearse, Sandra cruzó una mirada con Devan desde la distancia. Ambos sonrieron, compartiendo una complicidad que no necesitaba palabras.
De pronto, una vibración en el bolsillo la hizo detenerse.
Sacó el teléfono y miró la pantalla.
Varias llamadas perdidas.
Su expresión se tensó apenas un instante.
Sin perder tiempo, devolvió la llamada.
Era Frank.
—¿Dónde estás? —preguntó él nada más contestar—. ¿Estás en casa?
Su voz sonaba impaciente.
Sandra se alejó unos metros de la música para poder oír con claridad.
—No. Estoy fuera.
—¿La mercancía está contigo?
Ella dudó una fracción de segundo.
—No... La he dejado... —Se interrumpió, consciente de que acababa de decir más de la cuenta—. La he dejado en casa.
Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio.
—¿En tu casa? ¿Estás loca? Escúchame bien: necesito que vengas ahora mismo a mi estudio con la mercancía. Tengo un comprador esperando.
Sandra recorrió el pub con la mirada.
—¿Ahora? Estupendo.
—Sí, ahora. Y date prisa. Ve a tu casa, coge la bolsa y te vienes. No puedo hacer esperar a alguien que mueve esa cantidad de dinero.
La llamada terminó.
Sandra guardó el móvil y regresó junto a Devan.
—Tenemos que irnos.
Él leyó la urgencia en su rostro al instante.
No hizo preguntas.
Simplemente la siguió.
Al salir del pub, Sandra y Devan se perdieron entre las calles iluminadas del centro de Valencia. El bullicio de la noche los envolvía mientras caminaban con paso decidido.
A cierta distancia, un coche avanzaba despacio, casi deslizándose entre el tráfico. No parecía diferente de los demás, pero sus ocupantes no estaban disfrutando de la noche.
José ocupaba el asiento del copiloto. Desde que el repartidor del centro comercial les había facilitado la dirección del apartamento de Sandra, llevaban varios minutos recorriendo las calles del barrio.
Estaba convencido de que se habían equivocado de zona; quizá el repartidor les había dado en castellano una dirección cuyo original en valenciano tenía otro significado. Habían intentado localizar la dirección en Google Maps, pero la búsqueda los había llevado hasta un pequeño supermercado Consum.
El coche avanzaba despacio mientras José examinaba el nombre de la calle.
Su mirada recorría los portales con la paciencia de un cazador.
Estaba a punto de ordenar que regresaran al aparcamiento del centro comercial para pedirle al repartidor la dirección correcta cuando, de pronto, algo captó su atención.
Dos figuras avanzaban por la acera con paso decidido. José las siguió con la mirada hasta reconocer al extranjero.
Entrecerró los ojos.
—Devan...
No esperaba encontrarlo allí. Y mucho menos acompañado por una joven de gran atractivo que caminaba a su lado con total naturalidad.
Una sonrisa fría se dibujó en su rostro.
—Ahí está. Y esa de ahí debe de ser la empleada del Platoon Burger.
Los dos hombres que viajaban con él giraron la cabeza y, casi al mismo tiempo, llevaron la mano hacia las puertas del coche, dispuestos a salir.
—¿Vamos?
—No.
La respuesta fue seca.
Los dos hombres soltaron las manillas de las puertas.
—La tía no está mal, ¿eh?
—¿Qué habrá visto en él?
José continuó observándolos unos segundos más antes de añadir:
—Si ese idiota está con la chica, significa que ella también sabe dónde está la mercancía. Dejemos que sean ellos quienes nos conduzcan hasta el apartamento.
José señaló discretamente hacia la pareja.
—Mantened la distancia. No quiero que sospechen. En cuanto lleguen... actuaremos.
El conductor asintió y aceleró con suavidad.
El coche se fundió con el tráfico nocturno y comenzó a seguirlos sin levantar sospechas. Unos metros por delante, Sandra y Devan caminaban ajenos al peligro.
Cuando estaban a punto de llegar al escúter, aparcado junto a la acera, Sandra se detuvo en seco frente a una pequeña pizzería.
—Espera un momento.
Sin añadir nada más, se dispuso a entrar en el local.
Devan la observó desde la puerta, extrañado.
—¿Qué haces? ¿Ahora te ha entrado hambre?
Sandra esbozó una leve sonrisa y negó con la cabeza.
—No es para mí. Quiero llevarle algo de cenar a mi padre.
A pesar de todo lo ocurrido durante aquel día, seguía preocupándose por él.
—¿Pero tu amigo no te ha dicho que están esperando?
—Que esperen.
Pidió una pizza para llevar y aguardó junto al mostrador mientras la preparaban. Durante la espera sacó el teléfono varias veces y comprobó la pantalla con impaciencia.
Ignoraba que, con cada minuto que transcurría, el cerco a su alrededor se estrechaba un poco más.