Gorila Capítulo 25
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Capítulo 25

E n una de las salas acristaladas de la planta superior de la discoteca La Florida, Frank permanecía sentado frente a Carlos. Mateo se mantenía de pie junto a su jefe, mientras varios hombres contemplaban el movimiento del local a través de los ventanales.

Desde aquella posición dominaban la pista, bañada por luces de colores, los neones que se reflejaban sobre las copas y el constante trasiego de clientes.

La noche ya había tomado el control del lugar. La música golpeaba con fuerza desde los altavoces, decenas de personas bailaban entre risas y vasos en la mano, y el ambiente de fiesta contrastaba con la tensión que reinaba en aquella sala de la planta superior.

Frank dejó sobre la mesa una pequeña muestra.

Carlos la observó durante unos segundos.

Después la probó.

Su expresión cambió de inmediato.

No necesitó más.

Reconoció la calidad. Alzó la vista y sostuvo la mirada de Mateo durante unos segundos. Después la desvió hacia el tatuador, observándolo con suspicacia.

—Esto es nuestro.

Frank frunció el ceño, confundido.

No entendía a qué se refería.

—¿Cómo?

Carlos se irguió en el asiento y levantó una mano con gesto firme, imponiendo silencio antes de continuar.

—Que esto es nuestro, joder. No hay duda. Una calidad así solo puede proceder de un cargamento que hemos perdido. Nadie en la calle podría haber tenido acceso a ella antes que nosotros.

—No, no es posible…

Carlos soltó una carcajada, pero se puso serio al instante. Miró primero a Mateo y después al tatuador.

—¿Hace falta que te lo tatúe en la frente para que lo entiendas?

Su tono fue seco, cargado de amenaza.

Mateo dio un paso al frente y permaneció de pie junto a su jefe, atento a la espera de cualquier orden.

Los hombres que permanecían alrededor dejaron de prestar atención al exterior y se centraron en la conversación. Conocían bien a su jefe y sabían interpretar cualquier cambio en su voz.

Frank tragó saliva.

Por primera vez comprendió que aquella reunión no iba a terminar en una simple negociación.

Había acudido a Carlos porque, entre camellos y distribuidores, tenía fama de ser uno de los narcotraficantes más importantes de la zona, alguien con los contactos y la capacidad necesarios para hacerse cargo de una cantidad de droga tan grande como la que contenía aquella bolsa deportiva.

Pero ahora empezaba a comprender que había cometido un error.

Levantó las manos.

—Te juro que no sabía nada. No soy tan gilipollas como para meterme en algo así.

Carlos se inclinó hacia él.

—¿De dónde lo has sacado?

La pregunta salió como una orden.

Frank comenzó a explicar todo.

Habló de Sandra, de la bolsa, del encuentro en su estudio y de la mercancía que ella había llevado hasta allí.

Cuando terminó, Carlos permaneció unos segundos en silencio.

Había algo que no encajaba.

Una camarera de Platoon Burger no podía haber organizado aquello.

No por iniciativa propia.

—Mientes.

—No, no... Por Dios, no miento. ¿Por qué iba a hacerlo?

Carlos lo observó en silencio durante unos segundos.

—Esa chica no ha podido hacer esto sola. Cargarse a uno de mis hombres, meterlo en un contenedor y tener los suficientes cojones para largarse con una bolsa llena de droga...

Hizo una pausa y miró a los hombres que permanecían a su alrededor.

—No tiene sentido, ¿verdad chicos?

Ellos negaron con la cabeza y cruzaron miradas, dejando claro que compartían la misma opinión.

Frank abrió la boca para hablar. Iba a mencionar al extraño que acompañaba a Sandra, el hombre de piel morena que había estado con ella.

Pero antes de que pudiera decir una palabra, Carlos intervino.

Golpeó suavemente la mesa con las yemas de los dedos.

—Esto es obra de José.

Frank guardó silencio.

No sabía quién era aquel tal José ni qué relación tenía con todo aquello, pero comprendió que no era el momento de decir nada más. Su única prioridad era salir con vida de aquél lugar.

Si Carlos quería culpar a otra persona, él no iba a interponerse.

Cuanto menos hablara, mejor.

Solo quería marcharse de allí.

Carlos continuó hablando, como si las piezas del rompecabezas empezaran a encajar delante de él.

—Debe de ser su novia. José le robó la mercancía a nuestro contacto, ella se la quitó a él y después intentó vendértela. O… también… cabe la posibilidad de que José le haya mandado a ella vendértela.

Una sonrisa cargada de desprecio apareció en su rostro.

Mateo intervino:

—Conociendo a José, estoy convencido de que está haciendo esto a espaldas de su padre. Paco nunca ha querido enfrentarse directamente a nadie.

Señaló con la cabeza al tatuador.

—La chica debió de hablarle de Frank. Por eso han intentado deshacerse de la droga a través de él.

Carlos asintió.

—Ella no tiene ni idea de dónde se ha metido.

Sacó el teléfono del bolsillo y revisó la pantalla una vez más.

Desde hacía horas intentaba ponerse en contacto con los hombres que había enviado al restaurante Paco para que hicieran pagar a José por lo ocurrido y recuperar la mercancía.

Ninguno había respondido.

Y Carlos sabía perfectamente lo que eso significaba.

No estaban ignorando sus llamadas.

Ya no podían contestarlas.

Alzó la mirada y la clavó en Mateo, manteniendo el móvil en alto, como si quisiera hacerle comprender la gravedad del asunto.

—Están muertos —dijo finalmente.

Hizo una breve pausa, sin que la noticia pareciera provocarle la menor emoción. Después guardó de nuevo el móvil en el bolsillo.

—De José ya nos ocuparemos después. Y de su padre, también. Paco habrá intervenido, aunque no apruebe lo que hace su hijo. Ahora mismo, lo único que importa es recuperar la mercancía.

Se inclinó hacia Frank, que permanecía aterrado, tratando de ocultar el miedo.

—Ahora vas a decirles a mis hombres dónde vive esa chica. Porque la mercancía está con ella.

Complacido al comprobar el terror que había despertado en él, añadió:

—Pero antes vas a llamarla.

Frank asintió sin atreverse a discutir.

Poco después, Mateo abandonó La Florida acompañado por varios de sus hombres.

Su destino: el apartamento de Sandra.