Gorila Capítulo 24
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Capítulo 24

D evan conducía el escúter por las calles de Valencia mientras Sandra lo abrazaba por la cintura.

La ciudad había cambiado con la llegada de la noche. Las luces de los edificios, las terrazas seguían llenas de clientes, y el murmullo constante del tráfico se mezclaba con la música que escapaba de algunos locales.

Las calles del centro, iluminadas por farolas y escaparates, parecían mucho más tranquilas que durante el día, como si la ciudad mostrara una versión diferente de sí misma cuando el sol desaparecía.

Mientras avanzaban entre las avenidas y las calles más estrechas, Sandra señalaba de vez en cuando algún edificio emblemático, una plaza escondida o un rincón de la ciudad que guardaba un recuerdo especial para ella.

—Ahí está uno de los sitios más antiguos de Valencia —le explicó, levantando la voz para que pudiera escucharla por encima del ruido del motor—. Y ese barrio... antes era muy diferente. Mi madre me contaba historias de cuando era joven.

Devan no estaba acostumbrado a que alguien compartiera con él cosas tan sencillas. Durante años había vivido rodeado de secretos, órdenes y desconfianza. Su mundo siempre había estado marcado por la necesidad de sobrevivir, por mirar por encima del hombro y no confiar en nadie.

Pero aquella noche era distinto.

Después de recorrer varias calles, dejaron atrás el bullicio del centro y llegaron hasta una zona cercana al mar.

El sonido de las olas sustituyó al ruido de los coches. La brisa nocturna traía el olor salado del Mediterráneo mientras las luces de la ciudad quedaban a sus espaldas, formando un reflejo lejano sobre la oscuridad del agua.

Se sentaron sobre unas rocas con un helado en la mano, observando cómo las olas rompían suavemente contra la orilla.

Cuando terminaron de tomarse las tarrinas, permanecieron mirando el horizonte en silencio.

Por unos minutos, ninguno de los dos necesitó decir nada.

Ella parecía imaginar una vida diferente.

—Cuando tengamos el dinero, me iré a Francia.

Devan giró la cabeza para mirarla.

—¿Francia?

Sandra sonrió, con la mirada perdida en algún punto del horizonte.

—Sí. Allí vive mi abuela. En Antibes, una ciudad junto al mar, entre Niza y Cannes.

Tiene un pequeño local vacío, cerca del museo Picasso, que lleva años esperando que alguien le dé vida.

Cuando mi madre murió de cáncer, hace tres años, me pidió una y otra vez que me fuera allí.

Pero nunca encontré el valor para hacerlo.

Hizo una pausa y bajó la mirada.

—No podía dejar solo a mi padre. Desde que murió mi madre, se refugió en el alcohol y nunca volvió a ser el mismo.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Pero ahora las cosas pueden cambiar. Podrá entrar en una clínica de rehabilitación y, si después quiere quedarse, tiene la opción de ir a una residencia de ferroviarios. Él fue maquinista durante muchos años. Y podrá vender el apartamento o ponerlo en alquiler y vivir de lo que saque.

Sonrió levemente.

—Y si consigue recuperarse de verdad... quizá pueda irse a vivir con mi abuela. Sé que a ella le haría mucha ilusión. ¿Sabes a qué se dedica?

Devan negó con la cabeza.

—Trabaja en la biblioteca Albert Camus de Antibes.

Tiene más de setenta años y, aun así, le permiten trabajar media jornada como bibliotecaria.

Es una excepción. Hace años donó más de cinco mil libros a la biblioteca; por lo visto, muchos eran primeras ediciones de bastante valor.

Desde muy joven ha sido una lectora voraz.

En agradecimiento, el ayuntamiento le ofreció ese puesto para que pudiera mantenerse activa y hacer algo que siempre le ha apasionado.

Sonrió.

—Creo que estoy hablando demasiado.

Después volvió a sonreír con más entusiasmo, como si por fin se permitiera imaginar la posibilidad de viajar hasta allí.

—Pero cuando tengamos el dinero, lo haré. Me iré a Antibes. Abriré una cafetería en el local de mi abuela. Prepararé mi propia repostería, mis cruasanes... Ella me enseñó el secreto para hacerlos caseros. Será algo pequeño, sencillo, pero mío.

Sus ojos brillaron y levantó la mirada hacia un punto lejano, como si ya pudiera verlo.

—Mi cafetería será conocida por sus cruasanes. ¿Te das cuenta? Al final, todo se reduce a algo sencillo: café y cruasanes.

Por primera vez en mucho tiempo, hablaba de un futuro que no parecía imposible.

Hizo una pausa y lo observó con curiosidad.

—¿Y tú? ¿Cuál es tu sueño?

Devan se quedó pensativo durante unos segundos.

La pregunta parecía más difícil de responder que cualquier otra que le hubieran hecho.

Finalmente, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Trabajar contigo en la cocina.

Sandra soltó una carcajada.

—¿Tú? ¿De cocinero?

—Podría aprender. Quizá le caiga bien a tu abuela y termine enseñándome el secreto de sus cruasanes.

Los dos rieron.

Durante unos instantes parecían dos personas normales hablando de un futuro que podía hacerse realidad. Sin persecuciones, sin secretos, sin miedo. Solo dos personas imaginando una vida distinta.

Sandra lo miró con una expresión soñadora.

—Todo está conectado.

Devan frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Tú, yo, esta oportunidad, el dinero... ¿No te das cuenta? Es como si estuviéramos viviendo una versión real de Frankie y Johnny: tú eres Al Pacino y yo, Michelle Pfeiffer. No creo que todo esto sea una casualidad. Está pasando por alguna razón.

Asintió suavemente con la cabeza, convencida de sus propias palabras.

—Estaba escrito.

Devan sonrió.

—No creo en eso.

—¿No?

—No. El destino no está escrito. Lo construimos nosotros con las decisiones que tomamos.

Sandra lo observó durante unos segundos.

Después sonrió.

—Entonces decide algo.

Se acercó un poco más a él.

—Ven conmigo a Francia —Sonrió y añadió—. Podemos ser socios.

Devan no respondió de inmediato.

Volvió la mirada hacia el mar.

—Vamos, Devan —lo animó Sandra—. Atrévete. Demuéstrate que todo esto no es una coincidencia. Toma una decisión, ahora mismo.

Él pensó en todo lo que había dejado atrás. En las personas que había perdido. En todo aquello que llevaba años intentando olvidar.

Por primera vez, la idea de empezar de nuevo no parecía una fantasía.

Finalmente, asintió.

—Pero nos iremos de aquí en cuanto consigamos el dinero. Si lo tenemos esta noche, mañana cogeremos el primer tren a Francia.

Una nueva sonrisa se dibujó en el rostro de Sandra.

Y, sin decir nada más, se acercó a él y lo besó.