Capítulo 23
E n la cocina del restaurante Paco reinaba el ajetreo propio del comienzo del servicio de cena. El calor que escapaba de los fogones envolvía la estancia, mezclándose con el aroma del ajo sofrito, la carne a la plancha y las salsas que hervían lentamente en los cazos.
Cocineros se movían de un lado a otro sin apenas detenerse.
Uno picaba cebollas con una rapidez mecánica mientras otro removía una enorme olla de caldo.
Junto a la plancha, un tercero daba la vuelta a varios filetes que chisporroteaban sobre el acero al rojo vivo.
Al fondo, el más joven emplataba los platos con precisión mientras las comandas no dejaban de entrar.
—¡Dos arroces, una lubina y tres entrecots! —gritó un camarero al cruzar la puerta abatible.
—¡Marchando! —respondió alguien sin apartar la vista de la sartén.
Los cuchillos golpeaban las tablas de cortar con un ritmo constante.
Las campanas extractoras rugían sobre sus cabezas.
El aceite crepitaba, los platos chocaban unos contra otros y las voces se superponían formando una sinfonía de prisas perfectamente sincronizada.
Cada trabajador conocía su lugar y sus movimientos, ejecutándolos casi por instinto.
La rutina se quebró cuando la puerta trasera del local se abrió de golpe.
Tres hombres entraron sin llamar ni pedir permiso.
No eran clientes.
Bastó un instante para que el ambiente cambiara.
Las conversaciones cesaron. Los cuchillos dejaron de moverse. Incluso el sonido de las sartenes pareció perder fuerza mientras todas las miradas se dirigían hacia los recién llegados.
Uno de los hombres señaló a los cocineros de origen chino y, con una sonrisa burlona, comentó a los otros dos:
—Mirad eso... chinos haciendo paellas valencianas.
Los tres soltaron una carcajada.
—Luego les dejaré una estrella en Google y pondré que aquí la comida es «Made in China», para que la gente esté avisada.
Y soltó una carcajada, divertido por su propio comentario.
—Y ya de paso, que añadan chow mein al menú —añadió otro con sorna.
Paco apareció desde el pasillo.
Avanzó dando un par de palmadas para mantener el ritmo de trabajo.
—¡Vamos, vamos! ¡Que esas comandas no se hacen solas!
De repente reparó en los visitantes.
Su sonrisa desapareció.
Los reconoció al instante.
Eran hombres de Carlos.
Uno de ellos dio un paso al frente.
—Sabemos que tenéis lo nuestro.
Durante unos segundos, nadie habló.
Paco sostuvo su mirada sin alterarse. Por fuera parecía tranquilo, pero en sus ojos apareció un destello de advertencia.
—No sé de qué me estás hablando. Y te aconsejo que no pongas a prueba mi paciencia.
Mi hijo hizo negocios en vuestra zona. Bien.
Lo reconozco. Después fuisteis vosotros quienes tomasteis la decisión de darle una paliza.
No dije una palabra. Se la había ganado por imprudente; le advertí una y otra vez y prefirió ignorarme.
Pero ahora os presentáis en mi restaurante, con aires de chulos, provocándome, acusándome de tener algo vuestro...
Se encogió de hombros y señaló con un gesto la cocina, donde el trabajo volvía poco a poco a reanudarse.
—Como podéis ver, tenemos el restaurante lleno y bastante trabajo. No estoy para perder el tiempo con historias que ni siquiera entiendo. Así que os agradecería que os marcharais... antes de que tenga que echaros yo mismo.
El hombre esbozó una sonrisa cargada de desprecio.
—Mientes.
Paco entrecerró los ojos.
No estaba acostumbrado a que nadie le hablara de ese modo.
—En mi restaurante nadie me habla así.
Otro dio un paso al frente, invadiendo su espacio.
—Nosotros tampoco hemos venido a perder el tiempo.
Nadie dijo una palabra.
El ambiente se tensó de inmediato.
La cocina volvió a detenerse.
Los dos cocineros de origen chino intercambiaron una breve mirada. Sabían que, si la situación se torcía, tendrían que intervenir.
La puerta se abrió de nuevo.
José entró con una bandeja entre las manos y una sonrisa distraída, completamente ajeno a lo que estaba ocurriendo.
En cuanto vio a los tres hombres, se detuvo en seco.
La sonrisa se borró de su rostro.
Dejó la bandeja sobre una mesa de acero inoxidable y caminó hasta situarse junto a su padre.
A su alrededor, los cocineros permanecían inmóviles, observando la escena.
Uno sujetaba una cacerola detrás de la espalda.
Otro aferraba el mango de una pesada sartén de hierro con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Los dos cocineros de origen chino aferraban con firmeza sus cuchillos de chef.
Ninguno apartaba la vista de Paco.
Todos lo conocían demasiado bien.
Sabían que, cuando guardaba silencio, era porque estaba valorando cómo actuar.
Y también sabían que bastaría una sola palabra... o un simple gesto... para que todos intervinieran.
Uno de los hombres de Carlos clavó la mirada en José y sonrió con burla.
—Mirar quién ha llegado.
Hizo una pausa, disfrutando del momento.
—El camello.
Otro soltó una carcajada.
—¿No tuviste bastante la última vez?
José apretó la mandíbula.
Las manos se le cerraron en dos puños.
La provocación había surtido efecto.
La cocina quedó sumida en un silencio absoluto, tan denso que el chisporroteo de una sartén al fondo parecía el único sonido capaz de romperlo.
Durante un instante nadie supo quién daría el primer movimiento.
José reaccionó rápidamente: cogió un cuchillo de cocina y se lo clavó en el hombro al que acababa de hablar.
Los otros dos se llevaron las manos a la cintura, buscando sus pistolas, pero ya era demasiado tarde.
Los cocineros reaccionaron de inmediato. Blandiendo sartenes y cacerolas, descargaron una lluvia de golpes sobre la cabeza de los dos matones hasta dejarlos inconscientes. Los chinos se acercaron y los remataron con sus cuchillos, con tanta naturalidad como si fueran animales de corral.
Paco se agachó frente al primero, que había quedado sentado en el suelo, herido y apoyado contra un frigorífico industrial. La sangre le empapaba la ropa y se extendía lentamente por las baldosas.
—Puedes morir aquí desangrado. Pero, si me cuentas todo lo que sabes, te dejaremos a las puertas de un hospital.
El hombre respiraba con dificultad.
—Por... favor... No quiero morir.
Paco lo sostuvo por la barbilla para obligarlo a mirarlo a los ojos.
—Entonces habla. ¿Por qué habéis venido? ¿Qué creíais que tenía yo?
Con la voz entrecortada, comenzó a contar cuanto sabía.
Les explicó que un nuevo contacto les estaba enviando desde Marruecos una mercancía de gran valor.
Uno de los suyos, Antonio, era el encargado de entregársela a Carlos, pero alguien lo interceptó antes de que pudiera hacerlo.
Lo habían asesinado y abandonado su cuerpo en el interior de un contenedor de basura de un centro comercial.
Además, el alijo, oculto en una bolsa deportiva, había desaparecido.
Creían que José y sus compañeros estaban detrás de aquello, ya que Carlos dijo que nadie más podía haber hecho algo así.
Al escuchar las palabras «centro comercial», Paco se irguió de inmediato.
—¿En qué lugar exactamente?
—Junto al Platoon Burger.
Cuando terminó de hablar, comprendió por la expresión de Paco que nunca había tenido intención de cumplir su promesa.
No tuvo tiempo de decir una palabra más. Ni siquiera de gritar.
Paco actuó con rapidez. Le sujetó la mandíbula con una mano y la cabeza con la otra, y con un movimiento seco terminó con él, partiéndole el cuello.
Después levantó la vista y cruzó una mirada con su hijo.
Paco ya conocía la respuesta. En el fondo, ambos habían llegado a la misma conclusión, pero necesitaba escuchar el nombre en voz alta.
—¿Quién crees que sería capaz de matar con esa sangre fría y tirar un cadáver a un contenedor en un centro comercial?
José mantuvo la mirada fija en su padre durante unos segundos.
—Devan... —murmuró finalmente.
La sospecha quedó confirmada entre ambos.
Dedujeron que, al trabajar como repartidor en el centro comercial, Devan había tenido la oportunidad de ver al correo de Carlos con la mercancía, seguir sus movimientos y aprovechar el momento oportuno para arrebatársela.
Paco le dio una palmada en el hombro y señaló con la cabeza los cuerpos tendidos sobre el suelo de la cocina.
—Deshaceos de ellos... y después acaba de una vez con ese extranjero.