Capítulo 22
C uando salieron del estudio de tatuajes, Sandra caminó junto a Devan, todavía con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo latiéndole en el pecho. Él sujetaba la bolsa por un asa y ella por la otra, compartiendo su peso entre ambos.
—Ahora podemos dar un paseo un par de horas para matar el tiempo. —Levantó ligeramente la bolsa—. Pero antes tengo que dejar esto en mi casa.
Devan se detuvo en seco.
La observó con expresión seria.
—No.
Sandra frunció el ceño.
—¿Por qué?
Él respondió sin vacilar.
—Porque es peligroso.
—Nadie sabe dónde vivo.
Devan negó despacio.
—El problema es que no tienes ni idea de quién puede estar buscándola. Has oído el valor que tu amigo le dio a todo lo que lleva dentro. Ahora mismo debe de haber gente preguntándose dónde está.
Sandra desvió la mirada.
No quería escuchar sus advertencias. Para ella, aquella bolsa representaba una oportunidad irrepetible, una que quizá nunca volvería a presentarse.
—Confía en mí.
Devan guardó silencio.
Sabía que era una mala idea. También sabía que no podía obligarla a cambiar de opinión.
—Será solo unas horas —insistió—, hasta que Frank me llame y nos diga dónde reunirnos con el comprador.
Devan dejó escapar un suspiro resignado. Terminó por ceder.
—Está bien.
Sandra esbozó una leve sonrisa.
Al llegar al apartamento, abrieron la puerta y entraron procurando no hacer ruido.
El interior estaba en penumbra.
Entonces lo vieron.
El padre de Sandra yacía desplomado en el suelo del salón, completamente ebrio, incapaz de incorporarse.
Ella cerró los ojos un instante.
No era la primera vez.
—Papá...
Se arrodilló a su lado y le dio unas suaves palmadas en la mejilla, intentando despertarlo.
Devan acudió enseguida para ayudarla. Entre los dos lograron incorporarlo y llevarlo hasta el sofá, donde lo dejaron recostado con cuidado.
El hombre apenas reaccionó. Murmuró unas palabras ininteligibles y volvió a quedar inmóvil.
Sandra soltó un largo suspiro.
Después tomó la bolsa deportiva y recorrió el salón con la mirada, buscando un lugar donde ocultarla.
Abrió un armario, apartó unas mantas viejas y varios trastos acumulados, y deslizó la bolsa hasta el fondo antes de cubrirla con todo lo que encontró.
Cuando cerró la puerta del armario, creyó que todo había terminado.
Lo que no vio fue que su padre había entreabierto los ojos. Solo unos segundos. Los suficientes para observar la escena sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Alcanzó a ver la bolsa y el lugar exacto donde su hija la había escondido. Luego siguió fingiendo que estaba dormido.
Sandra parecía satisfecha.
Por primera vez en mucho tiempo sentía que algo podía cambiar.
Se giró hacia Devan con una sonrisa.
—Ahora quiero enseñarte algo.
Él la miró con curiosidad.
—¿El qué?
—La ciudad.
Hizo un gesto hacia la puerta.
—Hay lugares que seguro que todavía no conoces.
Devan miró de reojo el armario donde estaba escondida la bolsa.
Seguía incómodo.
Sabía que dejar aquella mercancía allí era un riesgo enorme.
Pero Sandra parecía ilusionada. Por unos instantes quería olvidar el miedo, la amenaza y todo lo que acababan de vivir.
Una vez más, aceptó.
Salieron del apartamento y cerraron la puerta tras ellos.
Sin saber que, dentro, habían descubierto su secreto.