Capítulo 21
S andra condujo a Devan hasta uno de los barrios antiguos de Valencia.
A medida que avanzaban por sus calles estrechas, flanqueadas por pequeños comercios, cafeterías y edificios de fachadas envejecidas, el bullicio cotidiano contrastaba con la tensión que ambos arrastraban desde lo ocurrido en el centro comercial.
Finalmente, Devan detuvo el escúter frente a un local cuyo exterior resultaba imposible pasar por alto.
El escaparate estaba cubierto de ilustraciones de calaveras, dragones, flores exóticas y rostros tatuados, mientras un gran rótulo negro con luces de neón, anunciaba el estudio de tatuajes Frank Tattoo & Piercing.
Desde fuera ya se intuía que aquel lugar era mucho más que un negocio: era el refugio de alguien que había convertido la tinta en una forma de vida.
Al entrar, una campanilla anunció la llegada.
El estudio estaba impecablemente ordenado.
El aire olía a desinfectante, mezclado con un suave aroma a incienso que apenas lograba ocultar el característico olor del material de trabajo.
Bajo la intensa luz blanca, varias camillas relucían perfectamente limpias y las bandejas de instrumental descansaban preparadas.
Las paredes estaban cubiertas de cientos de diseños enmarcados: desde discretos símbolos y delicadas acuarelas hasta enormes composiciones de estilo japonés, dibujos hiperrealistas y figuras de inspiración tribal.
Fotografías de clientes mostraban tatuajes cicatrizados con orgullo, como si cada imagen contara una historia diferente.
Detrás del mostrador apareció el propietario del estudio, Frank, masticando chicle.
Rondaba los cuarenta años y transmitía una seguridad tranquila, propia de alguien que llevaba toda una vida entregado a su oficio.
Alto y delgado, vestía una camiseta de tirantes negra que dejaba al descubierto unos brazos cubiertos de tatuajes, desde la cabeza hasta las puntas de los dedos.
Los tatuajes se superponían unos sobre otros como si su piel fuera un lienzo en permanente evolución.
Llevaba el pelo oscuro cuidadosamente peinado hacia arriba, con puntas marcadas, mientras los laterales aparecían perfectamente rapados.
Varias piezas de acero adornaban sus orejas y una barba corta, impecablemente perfilada, acentuaba unos rasgos duros, casi propios de un pirata.
Sus manos, largas, venosas y finas, mostraban pequeñas manchas de tinta que ni los lavados constantes conseguían borrar.
Eran la prueba de las horas que pasaba dibujando esbozos sobre el papel y manejando la máquina de tatuar entre los dedos.
Al ver a Sandra, soltó un grito de alegría.
—¡Sandra! Justo estaba a punto de cerrar, pero para ti tengo todo el tiempo del mundo.
Acto seguido, comenzó a cantar, divertido, el estribillo de All the Time of the World , de Louis Armstrong. Sandra, entre risas, le hizo un gesto para que callara.
Después señaló a Devan.
—Frank, te presento a Devan.
Después señaló los tatuajes que recorrían su brazo.
—Él es el artista que me hizo todos estos.
El tatuador recorrió a Devan con la mirada, de arriba abajo, evaluándolo en silencio como si intentara averiguar quién era y qué papel desempeñaba en aquella visita inesperada.
Devan sostuvo la mirada sin decir una palabra. Prefirió mantenerse al margen, atento a cada gesto y a cada reacción.
Sandra, en cambio, se movía con la naturalidad de quien estaba en un lugar de confianza. Rodeó el mostrador, se acercó a Frank y echó un rápido vistazo hacia la puerta para asegurarse de que no hubiera clientes ni curiosos al otro lado del escaparate.
Acto seguido depositó la bolsa deportiva sobre la mesa.
La cremallera se abrió lentamente.
Frank asomó la cabeza y miró el contenido.
Su expresión permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después dejó escapar un silbido apenas audible.
—Vaya...
Sandra cerró la bolsa con calma.
Frank, sin hacer una sola pregunta, caminó hasta la entrada, bajó la persiana metálica y accionó el cierre.
El estruendo del metal al deslizarse por las guías hizo que el ambiente se volviera todavía más opresivo.
—Venid.
Los condujo hasta la trastienda, un espacio que hacía tiempo había dejado de ser solo un almacén.
Una cama individual ocupaba un rincón, junto a un sofá desgastado y una pequeña mesa cubierta de tazas, ceniceros y herramientas de tatuar.
En unas estanterías convivían cajas de material estéril con libros de dibujo, latas de comida y ropa doblada.
Una gran pantalla plana presidía una de las paredes.
Delante, un amplio puf hacía las veces de sillón y, sobre él, descansaba un mando de videojuegos.
Era evidente que el tatuador pasaba allí más tiempo del que reconocería.
Sandra dejó la bolsa sobre la mesa y abrió la cremallera con decisión.
Sacó uno de los paquetes y lo sostuvo en la mano, como si por primera vez empezara a sentirse dueña de la situación.
—Comprueba la calidad —dijo, intentando transmitir una seguridad que apenas ocultaba los nervios—. Es mercancía de primera.
Frank envolvió el chicle que masticaba en un trozo de papel y lo tiró a una papelera. Tomó el paquete.
Rompió el envoltorio con cuidado y dejó caer una pequeña cantidad sobre la yema de sus dedos. No se apresuró. Observó el polvo durante unos segundos, fijándose en su textura y en la forma en que se agrupaba.
Después lo frotó lentamente entre los dedos, comprobando su consistencia, y acercó a su lengua una pequeña cantidad para analizarlo con una mezcla de cautela y experiencia.
Su expresión cambió apenas.
No necesitaba demasiado tiempo para hacerse una idea.
—¿De dónde has sacado esto?
Sandra cruzó los brazos.
Su rostro permaneció impasible.
—Digamos que me la encontré en una playa.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Alguien perdió el cargamento mientras huía de la Guardia Civil.
Frank la observó fijamente.
Sabía que aquella historia era una mentira mal construida.
También sabía que era mejor no hacer más preguntas.
En su mundo, cuanto menos se conocía el origen de ciertas cosas, más tiempo se seguía con vida.
Después dirigió una mirada de reojo al hombre moreno que la acompañaba. No tardó en deducir que él estaba relacionado con todo aquello.
Volvió a mirar la bolsa.
Esta vez su expresión era distinta.
Ya no había curiosidad.
Había cálculo.
—¿Sabéis realmente lo que tenéis aquí?
Sandra y Devan permanecieron en silencio.
El hombre dejó escapar una leve sonrisa, más de sorpresa que de admiración.
—Tengo contactos. Gente que sabe cómo mover ciertas cosas.
Se acercó a la mesa, volvió a abrir la bolsa deportiva y observó el contenido con detenimiento. Sus ojos recorrieron los paquetes mientras hacía sus propios cálculos en silencio.
—No es una cantidad pequeña.
Sandra dio un paso hacia él.
—¿Cuánto?
El tatuador tardó unos segundos en responder.
Volvió a mirar la mercancía, como si necesitara asegurarse de que sus propias estimaciones eran correctas.
—Es difícil calcularlo con exactitud...
Hizo una pausa.
—Pero diría que estamos hablando de una cifra entre trescientos mil y cuatrocientos mil euros. Quizá más. ¿Quinientos mil? Es una posibilidad bastante real.
Agarró la bolsa por las asas y la levantó con esfuerzo, valorando su peso.
—Pesa una barbaridad. Hay más de treinta kilos aquí dentro.
Sandra abrió los ojos.
Durante unos instantes pareció que su mente era incapaz de asimilar aquella cantidad.
—¿Tanto?
Frank asintió lentamente.
—Esto no es una carga corriente. Es cocaína de alta pureza. No es algo que se vea todos los días. La cantidad que tenéis delante podría cambiarle la vida a cualquiera.
Mientras Devan se mantenía en silencio, alerta y desconfiado, aquella información había dejado a Sandra completamente paralizada.
Durante toda su vida había convivido con las mismas preocupaciones: la falta de dinero, las limitaciones y la sensación constante de que cualquier puerta que intentaba abrir terminaba cerrándose delante de ella.
Y ahora, de repente, tenía algo distinto frente a sus ojos.
Una salida.
Una oportunidad.
La posibilidad de empezar de cero.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro, como si por primera vez en mucho tiempo pudiera imaginar un futuro diferente.
Sin pensarlo, se acercó a Devan y lo abrazó con entusiasmo.
Él permaneció inmóvil durante unos segundos, sorprendido por aquel gesto inesperado.
No podía compartir su alegría.
Mientras Sandra veía una oportunidad, él solo veía el peligro que ella todavía se negaba a aceptar.
Frank rompió el momento con una actitud más práctica y urgente.
—Haré unas llamadas.
Miró la bolsa y después a Sandra.
—Pero esto tiene que moverse rápido. No puedes ir por la ciudad con todo esto encima durante demasiado tiempo.
—¿Por qué?
Frank soltó una breve carcajada.
—¿Cómo que por qué, Sandra? Llevar todo esto encima es como llevar una diana en la espalda.
Sandra asintió lentamente, empezando a comprender la gravedad de la situación.
—Entonces, en cuanto consigas un comprador, nos deshacemos de todo esto. ¿Qué te parece un diez por ciento de comisión?
Frank arqueó una ceja.
—Un quince.
Sandra dudó apenas un instante.
Sonrió.
Después extendió la mano.
—Trato hecho.
Frank se la estrechó.
Él separó el paquete abierto y lo dejó a un lado.
—Me quedaré una muestra para mostrar la calidad. Estate atenta al móvil. Te llamaré esta noche.
Sandra asintió, todavía aturdida por la magnitud de la cifra que había escuchado. Nunca había imaginado que pudiera tener tanto dinero al alcance de la mano.
Devan, en cambio, siguió sin decir una palabra.
Mientras observaba la bolsa sobre la mesa, comprendió algo que llevaba intentando evitar desde que había llegado a España.
El pasado del que había huido no había quedado atrás.
Simplemente había estado esperando el momento adecuado para encontrarlo.
Quería pensar que estaba equivocado. Pero, en el fondo, sabía que los problemas no tardarían en llegar. Solo esperaba poder anticiparse a ellos antes de que fuera demasiado tarde y evitar que alcanzaran a Sandra.