Gorila Capítulo 20
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Capítulo 20

E l atardecer empezaba a caer cuando un vehículo oscuro entró en el aparcamiento del centro comercial y se detuvo junto a una de las filas de coches.

Tres hombres descendieron del interior.

Habían acudido para recoger la mercancía.

Entraron en el Platoon Burger y recorrieron el restaurante con la mirada, buscando a Antonio.

No estaba.

Uno de ellos sacó el teléfono móvil y marcó su número.

Esperó.

Nadie respondió.

Lo intentó una segunda vez.

Y una tercera.

El silencio al otro lado de la línea empezó a inquietarlos.

Salieron al exterior y comenzaron a inspeccionar los alrededores.

—Aquí ha pasado algo —murmuró uno de ellos.

El más nervioso volvió a marcar el número.

De nuevo, nada.

Sin perder más tiempo y mientras seguían llamándolo al móvil, decidieron rodear la zona en busca de cualquier indicio que pudiera conducirles hasta su compañero.

Cuando alcanzaban la parte trasera del centro comercial, un sonido amortiguado llamó su atención.

Un teléfono móvil.

El tono provenía del interior de uno de los contenedores.

Los tres se quedaron inmóviles.

Se miraron un instante.

Uno de ellos dio un paso al frente y levantó lentamente la tapa.

No hizo falta decir una sola palabra.

El cadáver de Antonio yacía en el fondo del contenedor.

El teléfono seguía sonando dentro de su bolsillo.

Durante unos segundos, ninguno reaccionó.

Después, el que parecía llevar la voz cantante marcó el número de Carlos.

Al otro lado de la línea, Carlos escuchó el relato sin interrumpir.

Esperó a que terminara.

—¿La mercancía ha desaparecido? —preguntó finalmente.

—Sí.

Carlos apretó la mandíbula.

Su mente empezó a encajar las piezas con la rapidez de quien llevaba toda una vida sobreviviendo en aquel mundo.

Las casualidades no existían.

Alguien había eliminado a uno de los suyos y había desaparecido con una carga de enorme valor.

Carlos guardó silencio durante unos segundos.

Su mente repasaba posibilidades, descartando unas tras otras.

Hasta que solo quedaron dos nombres.

—Solo hay dos personas con los huevos suficientes para hacer algo así —dijo al fin—: José… y su padre, Paco. A José tendríamos que haberlo molido a golpes. Haberlo dejado inválido. Nunca debimos permitir que escapara.

Al otro lado de la línea nadie respondió.

Esperaban órdenes.

Cuando Carlos volvió a hablar, su voz había perdido cualquier rastro de emoción.

Era fría. Cortante.

—Volved al coche.

Hizo una breve pausa.

—Id al restaurante de Paco y recuperad la mercancía. Si se oponen, que se atengan a las consecuencias.

No añadió nada más.

No hacía falta.

Los tres hombres abandonaron el lugar con rapidez.

Acababan de recibir una orden que solo podía significar una cosa.

El conflicto entre las dos organizaciones criminales acababa de entrar en una fase mucho más peligrosa.