Gorila Capítulo 19
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Capítulo 19

S andra caminaba a paso ligero hacia la zona de los contenedores. Ahora sujetaba la bolsa deportiva con ambas manos; su peso le dificultaba avanzar con normalidad.

Mantenía la vista al frente y se esforzaba por conservar una expresión serena, como si únicamente estuviera desempeñando una tarea más de su jornada. Sin embargo, por dentro era un torbellino.

La incertidumbre de los primeros instantes había quedado atrás.

Ahora le dominaba una tensión feroz, una oleada de energía que le agudizaba los sentidos.

No dejaba de pensar en lo que ocultaban aquellos paquetes y en la fortuna que podían valer. Si estaba en lo cierto, aquella bolsa contenía una cantidad de dinero capaz de cambiarle la vida para siempre.

Y esa idea hacía que el corazón le latiera con más fuerza a cada paso.

Desde la distancia, Devan distinguió a Sandra caminando de forma extraña, con una bolsa deportiva en la mano. Alzó la vista y algo llamó su atención: un hombre avanzaba a toda prisa directamente hacia ella.

Al principio pensó que intentaba alcanzarla para decirle algo.

Pero enseguida comprendió que no era así.

Antonio llegó hasta ella sin reducir la velocidad y la sujetó con fuerza por un brazo, obligándola a detenerse.

—Dame la bolsa, zorra —espetó con voz cargada de rabia.

Sandra trató de zafarse de un tirón; de un manotazo apartó la mano que la retenía y retrocedió un paso.

—Vete a la mierda.

Durante un instante, ambos permanecieron frente a frente, sin apartar la mirada.

La mandíbula de Antonio se tensó.

Sus ojos se endurecieron.

Sin decir una palabra, metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja.

Con un rápido movimiento del pulgar, hizo saltar la hoja.

El acero brilló.

Sandra se quedó inmóvil.

Por primera vez comprendió que aquel hombre estaba dispuesto a todo con tal de recuperar la bolsa.

El miedo le paralizó el cuerpo.

Antonio dio un paso hacia ella.

Pero una voz surgió a sus espaldas.

—Eh, tú.

Devan estaba a pocos metros de distancia.

Antonio se giró bruscamente hacia él e hizo un movimiento con la navaja hacia su cuello.

Devan lo esquivó al tiempo que agarró la muñeca del tipo, se la dobló, invirtió la dirección de la hoja y se la clavó en el corazón.

Antonio abrió la boca, pero ningún grito llegó a salir.

Un instante después, se desplomó sobre el suelo.

Sandra y Devan permanecieron inmóviles, observando cómo el hombre moría.

Ninguno de los dos dijo una palabra.

Solo se oía la respiración entrecortada de Antonio y el murmullo lejano del centro comercial, ajeno a lo que acababa de suceder.

Devan fue el primero en reaccionar.

—Abre la tapa —ordenó con voz firme.

Sandra lo miró unos segundos, incapaz de procesar lo ocurrido. Todavía tenía el pulso desbocado y las manos le temblaban.

—No.

La voz de Devan adquirió un tono más firme, cargado de autoridad.

—Abre la tapa, Sandra.

Ella dudó unos segundos, pero finalmente obedeció. Levantó la tapa del contenedor.

Devan se agachó con una serenidad inquietante. Limpió el mango de la navaja con una servilleta que encontró en el suelo, eliminando cualquier huella que pudiera incriminarlo. Después sujetó el cuerpo por los hombros y los tobillos y, con un último esfuerzo, lo introdujo en el contenedor.

Sandra permaneció inmóvil, incapaz de apartar la mirada de la escena que acababa de presenciar. Había visto morir a un hombre, pero lo que más la estremecía no era solo la violencia del momento, sino descubrir que había ocurrido a manos de Devan.

Hasta entonces lo había considerado alguien tranquilo, una persona alejada de cualquier forma de violencia, incapaz incluso de enfrentarse a alguien armado. El repartidor que ella conocía era paciente, reservado, casi incapaz de hacer daño a una mosca.

Pero el hombre que tenía delante era distinto.

Había actuado con una rapidez y una precisión que parecían impropias de él, con una agilidad que recordaba a alguien entrenado para situaciones extremas.

Sandra sintió una mezcla de miedo y desconcierto.

No sabía si debía temer a ese nuevo rostro de Devan o preguntarse cuántas heridas ocultaba detrás de aquella calma que siempre había mostrado.

Cuando terminó, Devan recogió la bolsa deportiva del suelo.

Abrió la cremallera.

Sus ojos recorrieron el contenido apenas un instante.

Su expresión cambió.

No era sorpresa.

Era decepción.

Cerró la bolsa de inmediato y dirigió la mirada hacia Sandra.

—Tienes que deshacerte de esto. Ahora.

Su tono no admitía réplica.

—Esa bolsa solo va a traerte problemas —añadió.

Sandra le arrebató la bolsa y la sostuvo con fuerza. Bajó la vista hacia la cremallera cerrada. Apretó los labios.

—No.

Para ella, aquella bolsa ya no contenía droga. Contenía una salida.

—Tú no eres nadie para decirme lo que debo hacer. —La voz de Sandra temblaba entre la rabia y el miedo—. Has matado a una persona delante de mí. Una persona. Y ahora pretendes que confíe en ti... No sé quién eres realmente.

Devan no respondió de inmediato. Levantó las manos despacio, mostrando que no representaba peligro alguno. Mantuvo la calma, consciente de que cualquier movimiento brusco podía hacer que Sandra se alejara aún más.

Cuando habló, lo hizo pausadamente, pronunciando cada palabra con cuidado para que su marcado acento extranjero no impidiera que comprendiera el mensaje.

—Soy tu amigo. Y quizá la única persona que está intentando protegerte de verdad.

Sandra lo observó sin responder. Aquellas palabras no borraban lo que acababa de ver.

—Pero tienes que entender algo —señaló la bolsa con la mirada—. Alguien va a venir a buscarla. No van a detenerse hasta encontrarla, y cuando descubran que la tienes tú... querrán hacerte daño.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Déjala aquí. No merece la pena que arriesgues tu vida por algo que no te pertenece. Quienes vengan a buscarla no tendrán ningún motivo para fijarse en ti. Si la abandonamos ahora, esto acabará aquí y podrás seguir tu vida como hasta ahora.

—Conozco a alguien que puede mover la mercancía —dijo ella sin apartar la vista de la bolsa—. Con ese dinero podría ayudar a mi padre a recuperarse... y yo podría marcharme de aquí. Empezar de cero. ¿No lo entiendes? Estoy cansada de vivir así. No quiero que mi vida siga siendo la misma.

Devan negó lentamente con la cabeza.

—No lo hagas.

Esperó a que ella levantara la mirada.

—No sabes con qué clase de gente te estás metiendo. Esa bolsa no es dinero. Es una condena.

Sandra alzó la cabeza y le sostuvo la mirada. Sus dedos se aferraron con más fuerza a las asas de la bolsa.

—Una condena es seguir viviendo la vida que tengo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Devan ya no veía únicamente temor en su rostro. Veía desesperación. Y también una determinación que resultaba mucho más peligrosa.

Sin decir nada más, Sandra le dio la espalda y echó a andar.

—¡Sandra!

Ella ni siquiera volvió la cabeza.

Caminaba deprisa, abrazada a la bolsa como si fuera lo único capaz de mantenerla a flote.

Devan permaneció inmóvil unos segundos, observándola alejarse.

Después reaccionó. Subió al escúter, arrancó el motor y avanzó hasta situarse a su lado.

Sandra se detuvo.

Él no pronunció una sola palabra.

Solo inclinó levemente la cabeza, invitándola a subir.

Ella vaciló unos instantes.

Después montó en la parte trasera, sin soltar la bolsa.

El escúter arrancó y se perdió entre el tráfico de la avenida.

Apenas unos metros más adelante, otro repartidor circulaba en sentido contrario.

Al cruzarse con ellos reconoció a Devan.

Y también a Sandra, sentada detrás, abrazando una voluminosa bolsa deportiva.

Frunció el ceño durante un instante. Pensó que pudiera haberle pedido de nuevo el casco. Aquello era una temeridad. Si la policía los viera pudieran multarlos. Luego continuó su camino.