Capítulo 18
E n el interior del Platoon Burger, Antonio apuraba lentamente el refresco.
Desde la mesa, situada junto al ventanal, vigilaba la entrada del centro comercial, los vehículos que accedían al aparcamiento y el incesante ir y venir de clientes frente al restaurante.
Sus ojos apenas permanecían quietos unos segundos antes de recorrer de nuevo el entorno con la impaciencia de quien espera a alguien que ya debería haber llegado.
La inquietud iba en aumento.
Cada pocos minutos consultaba la pantalla del teléfono móvil. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Los minutos parecían estirarse.
Volvió a comprobar la hora.
Había esperado demasiado. Ni siquiera había comido. Pensaba que, en el tiempo que tardaría en hacer cola y pedir el menú, alguien aparecería buscándolo.
Con un gesto nervioso, se puso en pie, agarró la bolsa deportiva y se dirigió a los lavabos procurando mantener un paso tranquilo. Sin embargo, la rigidez de sus movimientos y la tensión de su mandíbula delataban que estaba muy lejos de aparentar normalidad.
Al llegar, encontró un cartel amarillo junto a la entrada. Ni siquiera le dedicó una mirada.
«PRECAUCIÓN. SUELO MOJADO».
El mármol, recién fregado, reflejaba la fría luz de los fluorescentes.
Empujó la puerta, avanzó hasta uno de los cubículos y la cerró a su espalda.
Dejó la bolsa deportiva en el suelo.
Después sacó del bolsillo un pequeño envoltorio.
Aun encerrado en el cubículo, aguzó el oído por si había alguien más en los lavabos. La idea de ser sorprendido lo mantenía en tensión.
Desdobló el pequeño envoltorio. En su interior había un polvo blanco.
Se inclinó y aspiró una raya por la nariz.
El efecto fue inmediato.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo y echó bruscamente la cabeza hacia atrás. Durante un instante sintió cómo sus sentidos se alteraban y el equilibrio dejaba de responderle. Intentó recuperar la estabilidad, pero uno de sus pies resbaló sobre el mármol todavía húmedo.
Buscó un punto donde sujetarse.
No encontró ninguno.
Cayó de espaldas y se golpeó la nuca contra el borde de la cisterna del inodoro.
El impacto resonó en el reducido espacio del cubículo.
Después, el silencio.
Su cuerpo quedó desplomado sobre la taza, completamente inmóvil.
La bolsa deportiva permanecía en el suelo, a escasos centímetros de él.
Poco después, Sandra entró en los lavabos después de terminar de limpiar el baño de mujeres.
Llevaba una bolsa de basura nueva para sustituir la del cubo y tarareaba distraídamente mientras repasaba con la mirada que todo estuviera en orden.
Se detuvo en seco.
Un pie sobresalía por debajo de la puerta de uno de los cubículos.
Frunció el ceño.
—¿Se encuentra bien? —preguntó, alzando la voz.
No obtuvo respuesta.
Esperó unos segundos.
Nada.
Avanzó despacio hasta la puerta.
—¿Me oye?
El silencio empezaba a resultar inquietante.
Con cierta aprensión, se agachó y miró por debajo de la puerta.
Lo primero que distinguió fue parte del cuerpo de un hombre tendido en el suelo y una bolsa deportiva apoyada junto a él.
Después vio un pequeño envoltorio abierto junto al inodoro, con restos de un polvo blanco esparcidos sobre las baldosas.
—Este cabrón se ha metido un chute aquí dentro... —murmuró entre dientes.
Golpeó la puerta con los nudillos.
—¡Abra la puerta ahora mismo!
Ni un movimiento.
Ni una respuesta.
En el interior el hombre seguía completamente inmóvil.
La respiración de Sandra se aceleró.
Había algo en aquella escena que no encajaba. No sabía el qué, pero la intuición le decía que aquello iba mucho más allá de un cliente inconsciente por culpa de la droga.
Durante unos segundos pensó en llamar a alguien.
Pero la curiosidad pudo más.
Se incorporó, sacó del bolsillo la llave de servicio y abrió la puerta del cubículo.
El hombre permanecía desplomado sobre el inodoro, con la cabeza ladeada y los ojos cerrados.
Sandra lanzó un rápido vistazo por encima del hombro para comprobar que nadie entraba en los lavabos.
Estaba sola.
Volvió la vista hacia la bolsa deportiva.
Sin darse cuenta, contuvo la respiración.
Dudó.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando la bolsa deportiva como si esperara que la respuesta apareciera por sí sola.
Finalmente se agachó, abrió la cremallera y echó un vistazo al interior.
Su expresión cambió al instante.
Dentro había varios paquetes cuidadosamente envueltos y colocados con precisión.
No necesitaba examinarlos.
Sabía perfectamente qué eran.
Cerró la bolsa de golpe.
La sorpresa desapareció, sustituida por una sensación mucho más intensa.
Angustia. Pero apenas duró unos segundos. La adrenalina lo desplazó todo, transformándolo en una extraña euforia. Tenía que actuar. No podía dejar pasar aquella oportunidad. Era ahora o nunca.
Miró hacia la puerta.
Después volvió la vista hacia el hombre inconsciente.
Durante unos segundos se quedó paralizada, atrapada entre la prudencia y la necesidad de tomar acción.
Se decidió.
Agarró la bolsa y se la llevó consigo.
Con rapidez, la introdujo en el cubo de basura, la cubrió con varias bolsas de residuos y se aseguró de que quedara oculta. Después salió del baño intentando aparentar normalidad.
Pero ya no caminaba igual.
Sus pasos se aceleraban con cada metro que la alejaba de los lavabos de hombres.
Unos minutos después, Antonio recuperó lentamente la conciencia.
Abrió los ojos con la mirada perdida.
Durante unos segundos no supo dónde estaba ni qué había ocurrido. La confusión envolvía su mente, todavía pesada y aturdida.
De pronto todo regresó de golpe.
La hamburguesería.
La espera.
La bolsa.
La mercancía.
Intentó incorporarse con dificultad, apoyándose contra la pared del cubículo. Le dolía la cabeza y sentía un latido constante en la nuca.
Miró al suelo.
La bolsa no estaba.
Su respiración se aceleró de inmediato.
—No... Joder.
Buscó con desesperación por debajo de los cubículos de al lado. Revisando cada rincón.
Nada.
No era solo una bolsa.
Era una deuda.
Una responsabilidad.
Una condena.
Sabía perfectamente lo que ocurriría si aquella mercancía no aparecía.
Recorrió los lavabos con la mirada, como si la bolsa pudiera aparecer de repente.
Había desaparecido.
El pánico comenzó a apoderarse de él. Miró su reflejo en el espejo. Era la mirada de un condenado a muerte.
—Por el amor de Dios, ¿qué he hecho? ¿Dónde está la puta bolsa? Joder... Joder...
Notó cómo la garganta se le cerraba y cómo el aire empezaba a faltarle.
Tenía que encontrarla.
Salió casi corriendo y volvió al interior del restaurante. Miró a su alrededor buscando cualquier gesto extraño, cualquier persona que pudiera haber visto algo.
Todo parecía igual.
Los clientes seguían comiendo. Los empleados tras el mostrador de pedidos continuaban con sus tareas. Nadie parecía haberse dado cuenta de nada.
Salió al exterior del local y se quedó junto a la entrada, escudriñando el movimiento del centro comercial.
A su alrededor, la vida continuaba con normalidad. Personas caminaban por la zona común, clientes entraban y salían de las tiendas, familias avanzaban sin prisa.
Nada llamaba su atención.
Hasta que algo cambió.
A unos metros de distancia, entre la gente, distinguió una figura conocida.
Una empleada de Platoon Burger con su distintivo uniforme.
Caminaba deprisa, alejándose del restaurante.
En una de sus manos sujetaba con dificultad las asas de la bolsa deportiva debido a su considerable peso.