Gorila Capítulo 17
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Capítulo 17

E n la discoteca La Florida, la mañana era el único momento del día en que el local mostraba su verdadero rostro.

Lejos de las luces de neón y el bullicio de la noche anterior, el establecimiento estaba inmerso en una intensa actividad.

Varias empleadas de la limpieza barrían, fregaban y desinfectaban los suelos mientras otras recogían vasos olvidados, retiraban botellas vacías y devolvían el mobiliario a su sitio.

La lejía y el detergente habían logrado imponerse al persistente olor a alcohol derramado, perfume y sudor, que parecía haberse incrustado en los suelos, los asientos, las barras y la pista de baile.

Tras las barras, distribuidas por el perímetro del local, varios camareros ordenaban las estanterías, reponían cajas de bebidas y alineaban botellas y copas con meticulosidad. Otros comprobaban las cámaras frigoríficas y preparaban todo para la apertura de aquella noche.

A pesar de lo temprano de la hora, la música sonaba con fuerza en una sala privada situada al fondo del local.

Allí, sentado frente a una mesa, Carlos observaba a varias jóvenes que ejecutaban contorsiones y acrobacias propias del pole dance. Estaba realizando entrevistas y necesitaba comprobar cómo se desenvolvían las candidatas en un ambiente lo más parecido posible al de una noche de trabajo.

A su alrededor, cuatro de sus hombres de confianza aguardaban sus órdenes.

Sin embargo, aquella mañana apenas era capaz de concentrarse. Su mente estaba ocupada en asuntos mucho más importantes.

Mateo lo había llamado para informarle de la avería del coche. Tras varios intentos infructuosos por repararlo, no le había quedado más remedio que avisar al seguro para que enviara una grúa.

Desde entonces, Carlos esperaba con impaciencia la llamada de Antonio desde algún lugar concurrido para enviar de inmediato a alguien a recogerlo. El cargamento tenía mucho valor y su mayor preocupación era que acabara en manos de la policía.

Antes del amanecer había enviado únicamente a Mateo y a Antonio a la cala para recibir la lancha y recoger la mercancía.

Cuantas menos personas participaran en la entrega, menor sería el riesgo de llamar la atención de los guardacostas, de algún madrugador que paseara por la playa o de una patrulla de la Guardia Civil.

Una operación que debía ser sencilla se había torcido por un imprevisto.

Cuando el teléfono móvil vibró sobre la mesa, desvió la mirada hacia la pantalla y respondió sin perder un segundo.

—Habla, Antonio. ¿Dónde estás?

Escuchó en silencio mientras Antonio empezaba a explicarle el contratiempo con el coche.

Su expresión se endureció.

—Todo eso ya me lo ha contado Mateo. Lo que necesito saber es dónde estás ahora.

—En un centro comercial cerca de Rascaña.

Carlos se incorporó ligeramente en el asiento para escuchar con atención la dirección que le indicaba.

—No te muevas de ahí. Voy a enviar a alguien a recogerte.

Hizo una pausa.

—Dime algún punto de referencia.

Al otro lado de la línea, Antonio miró a su alrededor.

Vio los carteles luminosos, los restaurantes y la entrada de una hamburguesería.

—Estaré esperando dentro de Platoon Burger.

Carlos asintió.

—Perfecto. Quédate ahí y vigila la mercancía.

Colgó.

Después hizo una señal a uno de sus hombres y le explicó lo que tenían que hacer.

Después de la llamada, Antonio se colgó al hombro la pesada bolsa deportiva.

Entró en el Platoon Burger.

Se compró un refresco. Luego escogió una mesa desde la que podía vigilar tanto la entrada como la salida. Dejó la bolsa junto a sus pies, lo bastante cerca para no perderla de vista ni un instante.

Se esforzaba por aparentar tranquilidad, pero cada vez que la puerta se abría levantaba la vista de inmediato.

Ignoraba cuánto tardarían en recogerlo.

Estaba inquieto.

Demasiado inquieto.

Conocía demasiado bien la rivalidad entre las bandas criminales que se disputaban el negocio en Valencia. En aquel mundo, nadie respetaba un cargamento ajeno si veía la oportunidad de arrebatárselo.

Desde su asiento, no dejaba de escrutar los alrededores. Siempre había alguien dispuesto a vender información por un puñado de euros o unas dosis de cocaína. En ese negocio, la lealtad tenía un precio y la traición siempre encontraba comprador.

Mientras tanto, Devan acababa de completar una entrega.

Condujo el escúter hasta el aparcamiento del centro comercial, lo estacionó en la zona reservada para repartidores y apagó el motor. Se quitó el casco y le devolvió el otro que tenía al compañero que se lo había prestado el día anterior.

—A ver si hoy Sandra te deja invitarla a un café —bromeó el repartidor.

Devan respondió con una sonrisa por simple cortesía. Su compañero soltó una carcajada antes de alejarse.

Sacó el teléfono móvil y fijó la vista en la pantalla, a la espera de que la aplicación le asignara un nuevo pedido.

Apenas unos metros más allá, al otro lado de la cristalera del Platoon Burger, Antonio permanecía sentado con la bolsa deportiva apoyada junto a sus pies.

En su interior no había ropa ni material deportivo.

Había algo mucho más peligroso.

Sin saberlo, el destino estaba a punto de cruzar los caminos de Devan y Antonio.