Gorila Capítulo 16
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Capítulo 16

L a primera luz de la mañana bañaba una pequeña cala escondida de la costa valenciana, lejos de las playas concurridas y de cualquier mirada indiscreta, cuando una lancha rápida apareció entre las suaves ondulaciones del mar.

El motor se apagó y, durante unos instantes, el único sonido fue el del oleaje.

En la orilla de la playa aguardaban dos hombres de Carlos.

El primero era Mateo, su mano derecha, que, como de costumbre, asumía el mando con la autoridad que le otorgaban los años y la absoluta confianza de su jefe.

A su lado estaba Antonio, unos diez años más joven, alto y desgarbado.

De carácter más reservado y menos dominante, aceptaba sin objeciones las decisiones de Mateo y se limitaba a cumplir las órdenes.

Llevaban más de una hora esperando la llegada del cargamento.

No habían ido a pescar, aunque cualquiera que los viera pensaría lo contrario.

Habían clavado dos cañas en la arena y dejado una caja térmica junto a ellas para dar credibilidad a la farsa.

A aquella hora temprana de la mañana, si algún paseante o una patrulla de la policía reparaba en su presencia, solo vería a dos pescadores pacientes, no a dos hombres vigilando el horizonte a la espera de un alijo de droga.

Al ver la lancha, los dos permanecieron alerta, recorriendo los alrededores con la mirada mientras un miembro de la tripulación desembarcaba y se acercaba hasta ellos con una bolsa deportiva de gran tamaño.

El traficante le pasó la bolsa a Mateo. La dejó sobre la arena, descorrió la cremallera y examinó el contenido para asegurarse de que la mercancía era la acordada.

Satisfecho, alzó apenas la vista y asintió.

El traficante respondió con un leve gesto de despedida antes de marcharse de vuelta a la lancha.

Después recogieron las cañas y la caja térmica. Se dirigieron al vehículo, oculto bajo la sombra de unos árboles, unos metros más atrás. Abrieron el maletero y depositaron la bolsa deportiva en su interior, y lo demás en los asientos de pasajeros.

Abandonaron la cala por un estrecho camino de tierra que serpenteaba entre rocas, matorrales y vegetación baja. El terreno era abrupto y estaba lleno de surcos y piedras sueltas. Avanzar por allí resultaba un suplicio.

—Mantén la segunda —ordenó Mateo.

Antonio refunfuñó.

—A este paso no saldremos nunca de aquí.

—Hazme caso.

El coche volvió a traquetear al superar otro desnivel.

—Cuesta mucho más salir que entrar.

—Porque al venir todo era cuesta abajo. Ahora, si fuerzas el motor o pierdes tracción, nos quedamos tirados.

Cada bache sacudía la suspensión y arrancaba un crujido del chasis. Las ramas arañaban la carrocería mientras las ruedas levantaban una nube de polvo y pequeñas piedras.

Eran conscientes de que estaban destrozando el coche, pero no tenía otra opción.

Debían alejarse de allí cuanto antes.

Cuando por fin alcanzaron la carretera principal, Antonio dejó escapar un suspiro de alivio.

Duró poco.

Apenas habían recorrido unos metros cuando un ruido seco surgió del motor.

—¡Joder! ¿Qué ha sido eso?

—Eres un imbécil. Te dije que no metieras tercera, que te mantuvieras en segunda.

El motor dio un tirón, perdió fuerza y comenzó a echar humo por debajo del capó.

Antonio hundió el pie en el acelerador, pero el vehículo no respondió.

El coche apenas avanzó unos metros más antes de detenerse por completo en mitad del camino.

—Creo que tenemos un problema.

—Antonio, no lo creo. Lo tenemos. Y es culpa tuya, por imbécil.

—Insultarme no va a hacer que el coche vuelva a andar.

—¿Ah, no? Pues al menos me desahogo.

—Maldita sea...

Antonio bajó de un salto y recorrió el vehículo con la mirada. Después inspeccionó los alrededores. No había un alma. El camino permanecía desierto y el silencio solo lo rompía el leve crepitar del motor al enfriarse.

Regresó junto a la ventanilla y miró a Mateo.

—Será mejor que informemos a Carlos.

—Ni hablar. Ahora no.

—Entonces, listo, ¿qué propones? ¿Quedarnos aquí perdiendo el tiempo mientras me sigues insultando?

Mateo salió del coche.

—No seas tan sensible. Escucha. Coge la bolsa y sigue a pie hasta el cruce que hay más adelante. Allí para el primer coche que pase y que te deje en un sitio con gente, en el centro. Cuanta más gente haya, menos llamará la atención que lleves una bolsa deportiva.

—¿Y tú?

—Yo me quedo intentando arreglar el coche.

—Podríamos esperar aquí los dos.

Mateo soltó una risa seca.

—Por eso digo que eres un imbécil. Si aparece una patrulla, que estoy seguro de que no tardará en llegar, y decide identificar a dos tipos junto a un coche averiado, a estas horas y cerca de una ruta utilizada por el narcotráfico, estamos vendidos.

Registrarán el coche, encontrarán la bolsa y se acabó.

En cambio, si estoy yo solo y me preguntan qué hago aquí, puedo decir que he vuelto de pescar.

Pero si tú ya no estás aquí, reducimos el riesgo.

Además, dos hombres haciendo autostop juntos por esta zona costera también llamarían la atención, ¿no te parece?

Antonio guardó silencio unos segundos. Sabía que tenía razón.

—Está bien.

—Vete. Yo llamaré a Carlos y le explicaré lo que ha pasado. Cuando llegues a un sitio seguro, llámalo tú y dile dónde puede enviar a alguien a recogerte. Si, cuando se enfríe el motor, no consigo reparar el coche, avisaré al seguro para que envíen una grúa.

—¿Y si llamo a un taxi?

Mateo alzó la vista al cielo con gesto de hastío y después volvió a mirar a Antonio.

—De verdad... ¿estás de coña o es que quieres hacer el imbécil?

¿Con la mercancía encima? Para empezar, hay conductores que son policías nacionales y hacen de taxistas como segundo trabajo porque están mal pagados.

Y muchos llevan cámaras que graban a los pasajeros.

No creo que tu cara, tu aspecto y esa pedazo de bolsa pasen precisamente desapercibidos.

Hizo una pausa y negó con la cabeza.

—Así que hazme caso y haz lo que te he dicho. Joder, qué cansino eres.

Con esfuerzo, empujaron el vehículo hasta el arcén.