Gorila Capítulo 15
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Capítulo 15

A quella noche, después de dejar a Sandra y devolver el escúter al garaje, Devan caminó hasta un pequeño restaurante de kebabs situado a pocas calles de allí.

Pidió un menú con patatas fritas y buscó una mesa apartada.

Después del día que había tenido, solo quería cenar tranquilo.

Pero aquella calma no duró mucho.

—¿Puedo?

La voz llegó antes de que tuviera tiempo de levantar la vista.

José ya estaba frente a él.

Sin esperar respuesta, apartó una silla y se sentó.

—Tenemos que hablar —dijo de sopetón. Sonrió con despreocupación. Alargó la mano, cogió una patata frita del plato de Devan y se la llevó a la boca—. ¡Qué buena!

Masticó con calma antes de continuar.

—Mi padre tiene una teoría sobre ti.

Devan no dijo nada.

José tomó otra patata.

—No cree que seas simplemente un refugiado que huyó de Sri Lanka por la guerra y que ahora necesite que lo acojan por motivos humanitarios y todo eso.

Devan lo miró fijamente.

—¿Y qué es lo que cree?

—Cree que hay algo más detrás de tu historia.

José sostuvo su mirada. Dejó pasar unos segundos antes de continuar.

—Cree que perteneciste a un grupo terrorista llamado Tigres Tamiles... o algo así.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta.

José sonrió levemente. Hablaba del pasado de Devan como si esperara que él mismo corroborara cada dato, dejando cada revelación suspendida en el aire.

—Ya imaginaba que pondrías esa cara.

Se inclinó hacia delante y bajó la voz.

—Mi padre está convencido de que no has contado toda la verdad a las autoridades.

Incluso cree que puede que Devan ni siquiera sea tu verdadero nombre.

Tienes otro. Mi padre lo leyó, pero era tan raro y tan difícil de pronunciar que ni siquiera consigo recordarlo.

Según él, es posible que en Sri Lanka te estén buscando por algo que ocurrió durante la guerra.

Devan permanecía inmóvil.

Por fuera no mostraba ninguna emoción.

Por dentro, una única pregunta comenzó a abrirse paso.

¿Cómo habían llegado hasta allí?

José pareció leerle el pensamiento.

—Tenemos amigos en muchos sitios —dijo con una media sonrisa—. En la Cruz Roja... incluso dentro de la policía. Conseguimos tu ficha del centro de acogida. Después, mi padre hizo algunas llamadas y pidió que investigaran quién eras realmente.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—Como sospechaba que podías haber entrado en España con una identidad falsa, tiraron de cámaras de vigilancia y sistemas de reconocimiento facial.

Devan sintió cómo, por primera vez desde que había llegado a España, el pasado empezaba a alcanzarlo.

José se llevó un dedo a los labios.

—Pero tranquilo.

Esbozó una sonrisa.

—Por ahora, ese secreto se queda entre nosotros.

Devan guardó silencio unos instantes antes de responder.

—Dejé mi pasado atrás. —Habló con serenidad, sin rastro de nerviosismo—. Cuando terminó la guerra huí a Tailandia. Después trabajé en Indonesia. Ahora estoy en España porque quiero empezar de nuevo.

José lo observó con atención.

—Entonces lo admites. Tienes experiencia.

—¿Experiencia en qué?

José tomó otra patata y la masticó despacio, disfrutando del sabor. Después levantó la mirada hacia él.

—En matar.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Estás acusado de haber matado a muchas personas. Mi padre me dijo que le contaron que acabaste con treinta soldados a sangre fría, poco antes de que aquella guerra terminara.

Devan permaneció en silencio. No tenía ninguna necesidad de justificarse y mucho menos de hablar de un pasado que prefería dejar atrás.

José se inclinó ligeramente sobre la mesa.

—Ven a trabajar con nosotros.

Devan no respondió.

José insistió.

—Necesitamos a alguien como tú. Alguien que haya vivido situaciones límite, que sepa mantener la cabeza fría y que no se eche atrás cuando las cosas se complican.

Esbozó una sonrisa confiada.

—Juntos podríamos controlar una parte importante del negocio en Valencia.

Devan negó despacio con la cabeza.

—No.

José frunció el ceño.

—Piénsalo.

—No hay nada que pensar.

Su voz seguía siendo tranquila, pero firme.

—No quiero formar parte de ninguna actividad ilegal. Y tampoco fui un terrorista. Combatí en una guerra. Son cosas muy distintas.

Hizo una breve pausa.

—He venido a este país para vivir en paz.

José dejó escapar una breve carcajada.

—¿Vivir en paz?

Negó con la cabeza, divertido.

—La paz no paga las facturas, Devan.

Se incorporó lentamente de la silla.

—Mírate. Repartes hamburguesas para llegar a fin de mes cuando podrías ganar cien veces más trabajando con nosotros.

Devan no contestó.

José apoyó ambas manos sobre la mesa.

La sonrisa seguía en su rostro, pero sus ojos habían dejado de sonreír.

—Hay otra cosa que deberías tener en cuenta.

Golpeó suavemente la superficie de la mesa con los nudillos.

—No eres tú quien decide si esta conversación termina aquí.

Dejó que el silencio hiciera el resto.

—Sabes demasiado sobre nosotros.

Se enderezó de nuevo.

—Me caes bien. Por eso voy a darte tiempo para pensarlo.

Su sonrisa regresó.

—Pero si mi padre recibe una respuesta que no le guste, alguien presentará una denuncia ante la policía. Y entonces veremos cuánto dura esa nueva vida que tanto te ha costado construir.

José se dio la vuelta y abandonó el local.

Devan permaneció sentado unos minutos, inmóvil, observando el plato que tenía delante sin apenas tocar la comida.

Cuando por fin se levantó, regresó al centro de acogida.

Aquella noche cayó en un sueño profundo.

Otra vez estaba en el bosque.

Otra vez era un soldado.

Narayan apuntaba al joven cingalés que habían capturado.

Devan bajó el arma.

El muchacho apenas parecía un enemigo. Era casi un adolescente.

Suplicaba por su vida.

—Vete.

El joven no se movió. No confiaba en él. Incluso pensaba que si escapaba, su compañero acabaría disparándole por la espalda.

En ese instante, para asustarlo, Devan levantó el fusil y disparó al aire.

—¡Te he dicho que te marches!

El soldado huyó.

Narayan le puso una mano en el hombro.

—Has hecho bien, Devan. Yo estuve a punto de dispararle... y si lo hubiera hecho, esa muerte me habría acompañado toda la vida.

Comenzaron a regresar por el bosque.

Algo los detuvo.

Un sonido.

Una presencia.

Se quedaron inmóviles.

Alguien se acercaba.

Apuntaron hacia la oscuridad.

Un soldado cingalés apareció frente a ellos, pero con las manos levantadas.

Devan comprendió demasiado tarde lo que sucedía.

Era una trampa.

El joven al que habían dejado marchar apareció detrás de ellos con un arma preparada.

Disparó.

Narayan cayó al suelo, pero antes disparó, matando al soldado que tenían enfrente.

Cuando el otro soldado se giró hacia Devan, este reaccionó.

La lucha fue breve.

Violenta.

Devan no vio a un joven soldado.

Vio a un asesino despiadado, a alguien en quien parecía haberse extinguido cualquier rastro de humanidad.

Lo habían dejado marchar con vida. Habían tenido compasión por él. Entonces, ¿por qué había vuelto armado con otro soldado? ¿Por qué había regresado con la intención de matarlos? ¿Qué clase de odio o de crueldad podía llevar alguien dentro para volver después de haber sido perdonado?

Con un movimiento rápido, Devan desvió el arma del joven soldado cingalés y lo hizo caer al suelo. Recuperó su fusil y acabó con él antes de correr a arrodillarse junto a Narayan.

Intentó detener la hemorragia con todas sus fuerzas.

Presionó la herida una y otra vez, como si sus propias manos pudieran impedir que la vida se escapara.

Gritó su nombre.

Le pidió que resistiera.

Que no se marchara.

Pero no pudo salvarlo.

Con los ojos llenos de lágrimas, cargó el cuerpo de su amigo sobre sus hombros y comenzó a avanzar entre los árboles. Cada paso era una lucha. Cada respiración, un esfuerzo por no rendirse.

Tenía que llegar al campamento central. Tenía que conseguir ayuda. No podía dejarlo allí.

Pero la distancia era demasiado grande.

El cansancio, demasiado profundo.

Poco a poco, sus fuerzas lo abandonaron.

Las piernas dejaron de responderle y cayó al suelo, abrazado al cuerpo de su amigo.

De pronto escuchó algo.

Los soldados enemigos se acercaban.

Los disparos comenzaron a romper la noche.

Los proyectiles impactaban alrededor.

Un mortero cayó a pocos metros.

Después otro.

Devan tomó el arma y la munición de Narayan.

Podía huir.

Podía esconderse.

Podía sobrevivir.

Pero algo dentro de él se había roto.

Se levantó.

En vez de huir, Devan, con su fusil en las manos y el de Narayan en bandolera, se internó solo en el bosque disparando a los soldados cingaleses en actitud suicida.

Causó una matanza.