Gorila Capítulo 14
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Capítulo 14

A quella tarde, al terminar su jornada, Devan se disponía a marcharse cuando vio a Sandra salir del centro comercial a toda prisa.

El autobús que solía tomar acababa de arrancar. Ella se detuvo junto a la parada y contempló, con resignación, cómo se alejaba.

Devan le pidió a un compañero repartidor el casco de repuesto que siempre llevaba consigo. Después puso en marcha el escúter y se acercó despacio hasta donde estaba ella.

—¿Quieres que te lleve?

Ella lo miró durante unos segundos.

Después sonrió.

—Me salvarías la tarde.

Devan sonrió también y le tendió el casco.

Sandra se lo puso y subió al escúter.

—¿Dónde quieres que te deje?

—Si no tienes prisa, ¿podríamos dar una vuelta? Solo si no tienes ningún compromiso.

—Tengo tiempo. Me apetece.

Durante el trayecto apenas intercambiaron unas pocas palabras. El murmullo del tráfico y el viento hacían innecesaria cualquier conversación.

Devan detuvo el escúter cerca del paseo marítimo.

Estaba atardeciendo.

Caminaron sin un destino concreto, dejando que la tarde marcara el rumbo. A su alrededor, la ciudad seguía latiendo con su bullicio habitual, mientras ellos avanzaban despacio, disfrutando de una calma que ambos parecían necesitar.

En una esquina, un pequeño grupo de músicos callejeros interpretaba una versión electrónica de Wicked Game , acompañada por castañuelas y cantada en español.

Se detuvieron unos instantes para escuchar.

Aquella mezcla de sonidos le resultó a Devan extraña. Y, al mismo tiempo, hermosa.

Continuaron caminando hasta llegar al paseo junto al mar.

Se sentaron en un banco frente al Mediterráneo.

Las olas rompían con suavidad contra la orilla.

Durante un rato permanecieron en silencio.

Era un silencio cómodo.

De esos que no exigen palabras.

Sandra giró la cabeza hacia él.

—Gracias por traerme.

Devan se encogió de hombros y le sonrió.

—¿Tienes a alguien en Sri Lanka? ¿Una mujer?

Sin perder la sonrisa, negó con la cabeza.

—No.

—¿Tus padres? ¿Hermanos?

—No conocí a mis padres. Crecí en un orfanato.

Y era verdad. Se había criado junto a un colegio jesuita de su pueblo antes de que los guerrilleros del LTTE, los Tigres Tamiles, lo reclutaran cuando aún era muy joven.

Pero aquella parte de su historia pertenecía a un pasado que no quería compartir con ella en ese momento. No quería que sus recuerdos más oscuros empañaran la calma de estar allí sentado a su lado.

Ella se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

Fue un gesto rápido, espontáneo y lleno de afecto.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Sandra.

—¿Sabes a qué me recuerdas?

Devan levantó una ceja, intrigado.

—No tengo ni idea.

—A un gorila.

Devan abrió los ojos con sorpresa y, por primera vez en mucho tiempo, soltó una carcajada.

—¿Un gorila?

—Sí. Pero no por lo que estás pensando. —Sandra rio y negó con la cabeza—. No por tu físico. Por la forma en la que actúas.

Devan la miró con curiosidad.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Creo que es bueno. El otro día vi un documental sobre ellos.

Decían que el macho dominante de la manada no es simplemente el más fuerte.

Es el responsable de proteger al grupo, de cuidar de todos los demás.

No gobierna porque tenga que demostrar su fuerza, sino porque tiene que mantenerlos a salvo.

Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas.

—También decían que los gorilas prefieren la calma antes que la violencia. Primero intentan resolver los problemas con señales, con paciencia. Solo atacan cuando no tienen otra opción. En realidad son animales bastante pacíficos, incluso tímidos. No buscan problemas.

Devan bajó la mirada con una sonrisa contenida.

—¿Me estás comparando con un gorila pacífico?

—Exactamente. —Sandra sonrió—. Alguien que parece peligroso desde fuera, pero que en realidad intenta evitar hacer daño. Alguien que solo se vuelve agresivo cuando tiene que proteger a alguien.

Devan negó con la cabeza, divertido.

—Nunca me habían dicho algo así. ¿De verdad esa es la impresión que doy?

Sandra lo observó, conteniendo la risa.

—Sí —respondió al fin, incapaz de aguantar más, y soltó una carcajada.

Él terminó riéndose con ella.

Después, Sandra lo miró fijamente.

—Tengo una pregunta.

—Dime.

—En Sri Lanka hay gorilas, ¿verdad?

Durante unos segundos Devan la observó en silencio. Después soltó otra carcajada sincera.

—No.

—¿No?

—No. En Sri Lanka no hay gorilas.

Sandra frunció el ceño, sorprendida.

—¿Nunca has visto uno?

Devan sonrió.

—No. Si hubiera habido gorilas en Sri Lanka, probablemente habría visto uno... pero no he visto uno en mi vida.

Sandra se echó a reír.

—Perfecto. Te acabo de comparar con un animal que nunca has visto.

Devan sonrió mientras negaba con la cabeza.

—Eso parece.

Sandra se levantó de un salto.

—Venga, que como llegue más tarde, mi padre me mata.

Mientras Devan caminaba junto a ella, sintió algo que pensaba que había quedado olvidado en algún momento de su vida.

No era felicidad, al menos todavía no.

Era algo más sencillo, más difícil de explicar. ¿Amor, quizá?

También era la sensación de que, durante unas horas, podía vivir sin el peso del pasado; como cualquier otra persona, disfrutando de la compañía de alguien y de la sencillez de estar juntos.

Sandra vivía en un barrio humilde, lejos de las avenidas más cuidadas y de los escaparates del centro de Valencia.

Cuando llegaron a la puerta del edificio, Devan detuvo el escúter y ella se quitó el casco.

En ese instante, un hombre apareció tambaleándose por la acera.

Avanzaba con pasos torpes, completamente ebrio. Al intentar entrar en el portal, perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en la pared para no caer.

Sandra reaccionó al instante.

—¡Papá!

Corrió hacia él y lo sujetó antes de que cayera.

Devan también se acercó para ayudar.

El hombre levantó la cabeza con la mirada perdida.

—Estoy... estoy bien...

Las palabras apenas se entendían.

Sandra evitó mirar a Devan.

—Gracias, pero ya me ocupo yo.

Su voz sonó seca.

No era un reproche hacia él.

Era el cansancio de quien ha vivido aquella escena demasiadas veces.

Tras un instante de silencio, añadió en voz baja:

—Es mi padre. Nos vemos mañana.

No hacía falta decir nada más.

Devan asintió con discreción.

Con un brazo alrededor de su padre, Sandra lo acompañó lentamente hasta el portal.

Devan permaneció unos minutos junto al escúter, observando cómo ambos desaparecían en el interior del edificio.

Después se colocó el casco y emprendió el camino de regreso.

Durante todo el trayecto no logró apartar de su mente la expresión de Sandra.

No era solo vergüenza.

Era una tristeza serena, de esas que nacen cuando una herida lleva demasiado tiempo abierta.