Gorila Capítulo 13
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Capítulo 13

A l día siguiente, Devan recogió el escúter y comenzó su jornada.

Como cada mañana, llegó al centro comercial y aparcó en la zona reservada para los repartidores. Los más veteranos entraban y salían sin descanso, recogían pedidos, consultaban sus teléfonos y comentaban qué calles convenía evitar para esquivar el tráfico de la mañana.

Devan aguardaba con calma su primer pedido del día.

Había aprendido que, en aquel trabajo, la paciencia también formaba parte del oficio.

De pronto vio a Sandra.

La joven salió de Platoon Burger cargando varias bolsas de basura. Caminaba hacia los contenedores intentando repartir el peso mientras apartaba con un gesto distraído los mechones de pelo que el viento le llevaba al rostro.

Devan se acercó.

—Déjame ayudarte.

Sin esperar respuesta, tomó dos de las bolsas.

Sandra sonrió.

—Gracias.

Cuando terminaron, ella se apoyó en la pared y sacó un paquete de tabaco del bolsillo del delantal. Lo encendió. En seguida volvió a sacar otro.

—¿Quieres uno?

Devan negó con la cabeza.

—No fumo.

Ella miró el cigarrillo unos segundos antes de volver a guardarlo.

—Mejor. Es una costumbre horrible. Pero tampoco es que fume mucho.

De hecho, llevaba una semana sin probar un cigarrillo.

¿Ves? Puedo pasar perfectamente sin fumar.

Esta mañana encontré el paquete casi vacío en el bolsillo de este uniforme y, después del primer café, me apeteció uno.

Pero será el último. Cuando termine este, no volveré a fumar. Mira lo que voy a hacer.

Sacó el paquete del bolsillo, lo estrujó hasta convertirlo en una pequeña pelota y lo lanzó al interior del contenedor de basura.

Se hizo un breve silencio.

A Sandra no parecía incomodarle.

Al contrario.

Era de esas personas capaces de convertir cualquier pausa en el comienzo de una conversación.

Mientras fumaba, habló con la naturalidad de quien no necesita pensar demasiado lo que dice. Saltaba de un tema a otro con una energía contagiosa, sin preocuparse por seguir un orden.

—Ayer fui al cine. La película tenía unos efectos especiales alucinantes, pero ya no hacen películas como las de antes. Ahora todo son explosiones, pantallas verdes y ruido. Salí del cine con más dolor de cabeza que emoción.

Ni siquiera esperó una respuesta.

—Después me fui a Primark. Solo necesitaba un par de cosas... y acabé saliendo con dos bolsas. No sé cómo lo hago. Siempre caigo. Aproveché las rebajas.

Lanzó una bocanada de humo.

—Luego por la noche no podía dormir y encendí la televisión. ¿Sabes qué película estaban poniendo? Frankie y Johnny . ¿La has visto?

Devan negó con la cabeza.

—Es una de mis favoritas. La he visto un montón de veces.

Me encanta Michelle Pfeiffer. Me siento muy identificada con su personaje: una camarera que arrastra las heridas de relaciones que nunca salieron bien.

Hay un diálogo que me pone la piel de gallina.

Dice algo así: «Tengo miedo de estar sola.

Tengo miedo de no estarlo. Tengo miedo de lo que soy, de lo que no soy, de lo que podría llegar a ser y de lo que quizá nunca llegue a ser.

No quiero seguir en mi trabajo el resto de mi vida, pero tengo miedo de irme.

Y estoy cansada, ¿sabes? Estoy tan cansada de tener miedo».

Rio.

—Me sé algunos diálogos de memoria.

Devan la escuchaba, absorto en sus ojos, en su sonrisa, en su desparpajo, sin decir nada.

O, al menos, eso parecía.

En realidad, apenas prestaba atención a sus palabras. La observaba.

Había algo en Sandra que despertaba su curiosidad. Su espontaneidad, la facilidad con la que decía lo que pensaba y aquella manera de reír sin reservas resultaban completamente ajenas al mundo del que él procedía.

Era luminosa.

Y esa luz contrastaba con todo lo que Devan había conocido hasta entonces.

En su mundo, cada palabra podía tener consecuencias.

En el de Sandra, las palabras fluían con la misma naturalidad con la que ella sonreía.

—Por cierto... —dijo ella de pronto, mirándolo fijamente—. Tienes unos ojos muy bonitos.

Devan parpadeó, sorprendido.

Sandra sonrió.

—Y tu cara... no sé cómo explicarlo. Es diferente. Me gusta.

Lo dijo con una naturalidad desarmante, como si acabara de comentar el tiempo. Devan no supo cómo responder. Ignoraba si aquello era un cumplido, una simple observación o una costumbre habitual en ella.

Antes de que Devan pudiera decir algo, Sandra consultó el reloj.

—Tengo que volver.

Arrojó el cigarrillo al suelo y lo apagó con la suela del zapato.

—Que seas testigo. No fumaré más.

Después le dedicó una sonrisa antes de regresar apresuradamente al interior de la hamburguesería.

Devan la siguió con la mirada hasta que desapareció tras la puerta.

A lo largo del día, una de sus compañeras se acercó a Sandra.

—Oye… llevo un tiempo fijándome en cómo atiendes a ese moreno.

—¿Moreno? ¿De quién hablas?

—Sí, ese repartidor. No te hagas la tonta, sabes perfectamente de quién hablo.

—¿Y?

—Nada. Que estás especialmente simpática con él. Mucho más de lo normal. —Sonríe—. Y él podría tener fácilmente el doble de tu edad, o más.

—Anda, no exageres.

—Vale, a lo mejor no lo aparenta. Pero desde luego te dobla la edad.

—¿Y qué pasa con eso? ¿Qué problema hay en que tenga veinte años más que yo?

—Nada, mujer. Solo me ha llamado la atención. Estás hasta coqueta. No lo niegues.

—¿Coqueta? Estoy siendo amable, simplemente.

—Ya, claro. Pero no sueles sonreír así a cualquiera.

—Porque me cae bien.

—Ah…

—Tiene un carácter y una personalidad que me resultan atractivos.

—Sí, sí… —respondió su compañera con ironía—. ¿Ves? Hace falta pincharte un poco y ya estás confesando…

—Qué tonta eres. Me resulta interesante hablar con él.

—¿Hablar con él? Conociéndote, estoy segura de que tú no le dejas hablar y eres tú quien dirige la conversación.

—Qué exagerada.

—¿Y no te importa la diferencia de edad?

—Sinceramente, no demasiado. No creo que la diferencia de edad determine por sí sola si dos personas pueden entenderse.

—Yo creo que le estás dando un poco de cuerda.

—Puede ser. —Se encoge de hombros—. ¿Y sabes qué? No veo nada malo en ello.

—Entonces, ¿te gusta?

—Me gusta hablar con él.

—Eso no es exactamente lo que te he preguntado.

—Ya lo sé. —Sonríe—. Lo demás… ya se verá.

—Mmm. Esa respuesta no me convence nada.

—Pues tendrás que observar un poco más antes de sacar conclusiones.

—Ya, ya… Por eso estás sonriendo así.

Sandra volvió a sonreír con ironía y esbozó una mueca. Luego señaló la cola de clientes que se estaba formando frente al mostrador para pedir sus menús.

—Venga, deja de cotillear y vamos a atender.