Gorila Capítulo 12
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Capítulo 12

D esde el primer día, Devan demostró ser un trabajador serio y eficiente.

Llegaba siempre antes de la hora prevista. Revisaba el estado del escúter, comprobaba que todo funcionara correctamente y se aseguraba de tenerlo todo preparado antes de comenzar la jornada.

Había aprendido con rapidez el ritmo de la ciudad: las calles más rápidas, los mejores atajos, las zonas donde el tráfico se volvía impredecible y los lugares donde cada entrega podía convertirse en un desafío.

Cada mañana recogía el escúter en el garaje de la empresa de Fernando y comenzaba su recorrido por Valencia.

Su destino habitual solía ser Platoon Burger. Allí había encontrado algo que no esperaba: un pequeño refugio de familiaridad en medio de la ciudad. Le gustaba coincidir con Sandra, la joven empleada que siempre lo recibía con una sonrisa.

—Buenos días, Devan.

Pronunciaba su nombre con una naturalidad especial, como si no fuera un recién llegado, como si llevara mucho tiempo formando parte de aquel lugar.

Sandra era amable con él. Se preocupaba de que el pedido estuviera listo, le preguntaba cómo iba el día y, en ocasiones, intercambiaban unas pocas palabras antes de que él continuara con el reparto.

Cuando le preguntó de dónde era y él respondió que de Sri Lanka, ella tuvo que sacar el móvil para buscar dónde se encontraba aquel país.

Después quiso saber cómo había aprendido a hablar español tan bien, a pesar de que en ocasiones dudara al elegir algún verbo o alguna palabra y de que su pronunciación conservara un acento muy marcado.

Una vez más, él explicó que, de niño, había estudiado en un colegio dirigido por jesuitas españoles. Aquella respuesta solía despertar la curiosidad y la admiración de quienes la escuchaban.

Eran conversaciones breves, sencillas, casi insignificantes para cualquiera que las observara desde la distancia.

Pero para Devan significaban mucho más.

Eran pequeños instantes de normalidad. Pequeñas señales de que, poco a poco, empezaba a encontrar un lugar al que pertenecer.

Después de recoger los pedidos, Devan recorría la ciudad realizando las entregas con la concentración de quien sabe que cada detalle cuenta. Cada calle, cada dirección y cada minuto tenían importancia.

Algunos clientes le dejaban propina. Otros apenas levantaban la vista al recibir el pedido. Pero Devan siempre respondía de la misma manera: con educación, respeto y una discreta sonrisa.

Al terminar la jornada devolvía el escúter al garaje. Lo limpiaba con cuidado, revisaba que todo estuviera en orden y se aseguraba de dejarlo preparado para el día siguiente.

Para muchos, aquel podía parecer un trabajo sencillo.

Para Devan era mucho más que eso.

Era la satisfacción de levantarse cada mañana para hacer un trabajo que disfrutaba, un oficio digno que le permitía sentirse útil y realizado.

Pero, sobre todo, era la puerta de entrada a un futuro que hasta hacía poco parecía inalcanzable.

En España, por primera vez, podía imaginar una vida estable, construir un porvenir en un país europeo y hacerlo con el fruto de su propio esfuerzo.

Aquella noche, después de aparcar el escúter en el almacén, pasó un paño por el manillar y realizó una última revisión antes de marcharse.

No lo hacía por obligación, sino por la misma razón por la que cuidaba cada pequeño detalle desde que había llegado: porque aquel vehículo representaba una oportunidad.

Cuando estaba a punto de salir, Fernando apareció en la puerta.

—Buen trabajo hoy.

Devan levantó la mirada.

Fernando llevaba un sobre en la mano.

—Tu primera paga.

Se acercó y se lo entregó.

Devan lo recibió con cuidado, casi con respeto. Aquel pequeño sobre no contenía solo dinero.

Era una prueba.

La confirmación de que, después de todo lo que había dejado atrás, estaba empezando de nuevo.

—Gracias.

Devan guardó el sobre en el bolsillo interior de su chaqueta.

Fernando sonrió. Devan no había abierto el sobre ni contado el dinero. Tampoco hizo comentario alguno sobre la cantidad, a pesar del trabajo y la dedicación que había demostrado durante aquellos días.

Aquel gesto aumentó la admiración que Fernando ya sentía por él.

Devan parecía valorar más la oportunidad que tenía por delante que el dinero inmediato.

Por primera vez, Fernando pensó que quizá aquel hombre no había llegado a Valencia solo de paso.

Tal vez, de verdad, estaba dispuesto a quedarse y construir allí su futuro.

—Ven. Te invito a una cerveza en mi despacho.

Entraron en la pequeña oficina situada al fondo del garaje. Fernando abrió la pequeña nevera, sacó dos latas y se sentó frente a él.

Durante unos minutos hablaron de cosas sencillas: el trabajo, la ciudad, el ritmo de los repartos. Conversaciones sin importancia aparente, hasta que, poco a poco, Fernando empezó a dejar ver una parte de sí mismo que rara vez mostraba.

—¿Sabes? Yo tenía otros planes.

Señaló una de las paredes de la oficina.

Allí colgaba un viejo cartel con una frase escrita en letras grandes:

«Viaja; el dinero se recupera, el tiempo no».

Fernando lo observó durante unos segundos.

—Siempre quise viajar. Conocer otros países, descubrir otras culturas, encontrarme con gente diferente. Incluso llegué a pensar en montar un negocio lejos de aquí.

Una sonrisa breve apareció en su rostro, aunque no tardó en desaparecer.

—Pero la vida decidió otra cosa.

Hizo una pausa.

—Un matrimonio que terminó mal. Deudas. Responsabilidades. Al final me quedé.

Bajó la mirada hacia la lata que tenía entre las manos.

—Y sin darme cuenta... me convertí en un árbol.

Devan frunció ligeramente el ceño, sin comprender del todo.

Fernando sonrió.

—Un árbol echa raíces. Crece donde lo plantan y, con el tiempo, deja de moverse. Aprende a vivir en el mismo lugar porque cree que ya no tiene otra opción.

Después levantó la vista y señaló a Devan.

—Pero recuerda algo: si algún día sientes que el lugar donde estás no es el sitio donde quieres echar raíces, cambia.

Su voz se volvió más seria.

—Viaja. Muévete. Busca otro camino. No permitas que las circunstancias elijan por ti. No te conviertas en un árbol.

Devan permaneció en silencio.

Aquellas palabras encontraron un lugar dentro de él.

Porque él sabía mejor que nadie lo que significaba cargar con unas raíces que nunca había elegido.

Asintió con una leve sonrisa.

—Si algún día llega ese momento, seré yo quien te invite a una cerveza.

Fernando soltó una carcajada.

—Trato hecho.

Más tarde, de regreso al centro de acogida, Devan guardó el dinero de su primera paga en el mismo escondite donde conservaba sus escasos ahorros. Abrió el cajón, dejó el sobre con cuidado y volvió a cerrarlo.

Aquella pequeña cantidad de dinero apenas cambiaba su situación, pero para él significaba mucho más que unos billetes.

Era el primer fruto de una vida construida en paz.

Fuera de la habitación, la tranquilidad duró poco.

Desde el pasillo llegaban risas, puertas que se abrían y se cerraban de golpe, conversaciones en varios idiomas y la música de un grupo de jóvenes que cantaba rap en francés con el volumen demasiado alto.

Devan se dejó caer sobre la cama.

El cansancio pudo más que él. El sueño lo envolvió lentamente.

Cuando cerró los ojos, la habitación desapareció.

Y, con ella, Valencia.

El bosque cingalés regresó.

La humedad impregnaba el aire. La oscuridad se extendía entre los árboles y el olor a pólvora volvía a mezclarse con el de la tierra mojada.

Devan avanzaba junto a Narayan, su compañero guerrillero. Ambos caminaban con el fusil preparado, siguiendo un rastro casi invisible entre la maleza.

Eran cazadores.

Sabían que su presa estaba cerca.

Y lo encontraron.

El soldado cingalés intentó huir, pero apenas recorrió unos metros antes de tropezarse y caer al suelo.

Los dos levantaron sus fusiles y lo encañonaron.

Durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse.

El enemigo dejó de parecer un enemigo.

Era apenas un muchacho.

Ante ellos había un joven aterrorizado, con el uniforme cubierto de barro, las manos temblorosas y la respiración entrecortada. Sus ojos, desbordados de miedo, iban de un fusil al otro buscando una esperanza que no encontraba.

—Por favor...

La súplica apenas fue un susurro.

—No me matéis.

Devan mantuvo el dedo junto al gatillo.

Pero algo acababa de cambiar.

Ya no tenía delante a un soldado enemigo.

Tenía delante a un ser humano.