Gorila Capítulo 11
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Capítulo 11

J osé condujo a Devan al interior del restaurante. Atravesaron la cocina entre el ir y venir de los empleados hasta llegar a una estancia más reservada, donde Paco revisaba unos papeles.

Al levantar la vista, se quedó paralizado. El rostro de su hijo estaba lleno de golpes y su ropa, desgarrada y manchada, revelaba la brutal paliza que había sufrido.

—¿Qué ha pasado?

José le relató, sin detenerse demasiado en los detalles, la emboscada a la salida del gimnasio y la persecución. Después se volvió hacia Devan.

—Padre, quiero presentarte a alguien.

Paco dirigió en ese instante toda su atención al hombre de piel morena y aspecto extranjero que lo acompañaba.

Lo observó durante unos segundos, en silencio.

Su mirada recorrió el rostro sereno de aquel desconocido, su postura firme y la calma con la que permanecía de pie en un lugar extraño, rodeado de personas a las que no conocía.

José dio un paso a un lado.

—Es él. El hombre que me salvó cuando caí al mar. Y hoy ha vuelto a hacerlo. Si no hubiera aparecido, no sé cómo habría acabado todo.

La expresión de Paco se suavizó al instante. Se acercó a Devan y le tendió la mano.

—Entonces soy yo quien debe darte las gracias.

Devan le estrechó la mano con naturalidad.

—Solo hice lo que cualquiera habría hecho.

Paco negó despacio con la cabeza, esbozando una leve sonrisa.

—No. Cualquiera no. Tú le has salvado la vida a mi hijo dos veces. Y eso no se olvida. ¿Cómo te llamas?

—Devan.

—Encantado, Devan. Mi hijo se llama José y yo soy Paco.

Después señaló una silla cercana.

—Siéntate un momento.

Devan permaneció de pie.

Paco lo observó en silencio durante unos instantes antes de volver a hablar.

Devan seguía de pie.

Aquello no era habitual. Cuando Paco invitaba a alguien a sentarse, no era una sugerencia. Era una orden. Y nadie se atrevía a desobedecerla. A juzgar por su actitud, resultaba evidente que aquel extranjero ignoraba por completo quién era el hombre que tenía delante.

Optó por no insistir en que tomara asiento.

—Los que han atacado a mi hijo trabajan para una organización rival. Controlan buena parte del tráfico de droga de esta zona y no les gusta que nadie interfiera en su negocio.

Lo dijo con absoluta serenidad, como quien habla del tiempo o del precio del pan. Precisamente esa calma hacía que sus palabras resultaran aún más inquietantes.

Después cambió de asunto.

—Dime una cosa. ¿De dónde eres?

—De Sri Lanka.

—¿Cuánto tiempo llevas en Valencia?

—Poco.

—¿Y a qué te dedicas?

Las preguntas llegaron rápidas, precisas. No eran simples muestras de curiosidad. Paco estaba evaluando a aquel desconocido, intentando averiguar quién era realmente el hombre que tenía delante.

Un extranjero recién llegado podía ser una oportunidad o un problema.

Devan respondió sin alterar la expresión.

—Trabajo como repartidor.

Paco lo observó unos segundos más. Después metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón, sacó la cartera, extrajo varios billetes y se los tendió.

—Toma. Es lo menos que puedo hacer para agradecértelo.

Devan bajó la mirada hacia el dinero y negó despacio con la cabeza.

—No, gracias —dijo, levantando ambas manos con un gesto respetuoso.

Paco arqueó una ceja.

—No es un regalo.

Señaló a José con una media sonrisa.

—Es el pago por el reparto.

José, sentado en una silla con una bolsa de hielo envuelta en una toalla sobre el pómulo, soltó una carcajada al escuchar el comentario.

Pero Devan volvió a negar con la cabeza.

—No es necesario.

Paco permaneció observándolo unos instantes.

La mayoría habría cogido el dinero sin dudarlo.

Aquel hombre, no.

—Me gusta la gente como tú —dijo al fin—. La gente que actúa por convicción, no por dinero.

Guardó los billetes de vuelta en la cartera y tras unos segundos de silencio, añadió:

—Quiero que trabajes para mí.

Devan estaba a punto de responder cuando el teléfono móvil vibró en el bolsillo de su pantalón.

Lo sacó.

En la pantalla apareció una nueva solicitud de reparto.

Durante un instante, sus ojos y los de Paco se cruzaron.

Devan bloqueó la pantalla, guardó el teléfono y dijo con tranquilidad:

—Tengo que volver al trabajo.

La expresión de Paco se endureció casi de forma imperceptible.

—¿No me has entendido? —preguntó con voz serena—. He dicho que quiero que trabajes para mí.

—Se lo agradezco, pero estoy bien donde estoy.

Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire.

Paco no recordaba la última vez que alguien había rechazado una oferta suya. Mucho menos después de comprender quién era y el poder que ejercía sobre todo cuanto lo rodeaba.

Dio un paso hacia Devan.

—Creo que no eres consciente de la situación en la que te encuentras.

Abrió lentamente los brazos, señalando el restaurante.

—Has entrado aquí. Has visto este lugar. Y también has entendido que este negocio es solo la fachada de otros negocios.

Su voz no se elevó, pero perdió cualquier rastro de cordialidad.

—¿De verdad crees que puedo permitir que alguien que conoce todo eso salga por esa puerta... como si no hubiera pasado nada?

El silencio se adueñó de la estancia.

Varios empleados dejaron lo que estaban haciendo y dirigieron la mirada hacia Paco y Devan. Entre ellos estaban los dos cocineros de origen chino.

Devan permaneció inmóvil.

No bajó la vista. Habló despacio, sin desafío, pero con firmeza.

—Yo no participo en ninguna actividad ilegal. He ayudado a su hijo porque estaba en peligro. Tengo un trabajo honrado. Estoy en España para empezar una nueva vida.

Hizo una breve pausa.

—Y puede estar tranquilo. No tengo intención de acudir a la policía ni de hablar de usted o de su restaurante. No es asunto mío.

Inclinó ligeramente la cabeza, en un gesto de respeto.

—Le deseo un buen día.

Después se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.

No llegó muy lejos.

Apenas había dado unos pasos cuando los dos cocineros de origen chino se adelantaron al mismo tiempo y le cerraron el paso. Ambos sostenían cuchillos de chef con una naturalidad que los hacía aún más amenazadores.

El ambiente quedó sumido en una quietud absoluta.

Devan no mostró miedo. Tampoco sorpresa.

Simplemente dejó escapar un leve suspiro y esperó.

Observó a los hombres que tenía delante con calma, estudiando sus posiciones y sus movimientos, no como alguien que buscara una pelea, sino como alguien que estaba preparado para cualquier posibilidad.

José miró a su padre.

—Papá...

Paco no respondió. Sus ojos seguían clavados en Devan, inmóviles, cargados de una ira que no parecía dispuesta a ceder.

—Déjalo marchar —pidió José.

Por unos instantes pareció que aquel ruego no había surtido efecto.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Paco observó al extranjero que tenía delante.

No tenía miedo. No había súplicas. No había intentos de negociar.

Solo una tranquilidad desconcertante.

Y eso fue precisamente lo que más le llamó la atención.

Finalmente, Paco levantó una mano.

Un gesto simple.

Una orden.

Los empleados se apartaron.

Devan pasó entre ellos sin decir una palabra.

Paco permaneció inmóvil, siguiendo su figura hasta que desapareció al otro lado de la puerta.

Algo en aquel hombre no encajaba.

Aquella serenidad no encajaba con la de un inmigrante recién llegado.

Devan era diferente.

Había algo en su forma de mirar, en la calma con la que acababa de afrontar aquella situación, que había despertado una extraña sensación en Paco.

Cualquier otra persona habría bajado la mirada.

Habría dudado. Habría intentado justificarse o buscar una salida.

Devan no hizo nada de eso.

Paco había conocido a hombres violentos, hombres peligrosos y hombres capaces de esconder sus verdaderas intenciones tras una sonrisa.

Una pregunta empezó a rondarle la cabeza y no consiguió apartarla:

¿Quién era realmente aquel hombre?

Paco sabía a quién recurrir. Sus contactos en la policía le darían las respuestas.