Gorila Capítulo 10
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Capítulo 10

E ra mediodía cuando José salió del gimnasio al que acudía habitualmente para entrenar.

Después de varias horas en la sala de musculación, llevaba todavía la camiseta empapada de sudor y una toalla colgada al hombro.

Caminaba con la seguridad de quien se siente dueño de la calle, sin imaginar que alguien lo estaba esperando.

A escasos metros de la entrada, un vehículo permanecía estacionado, con Mateo y varios de sus hombres en el interior.

Desde allí habían estado observando la puerta con paciencia, sin apartar la vista, aguardando la aparición de su objetivo.

En cuanto Mateo vio a José, dio la orden y sus hombres salieron del coche de inmediato.

Cuatro individuos descendieron del vehículo con rapidez y avanzaron directamente hacia él.

Sus movimientos eran firmes y coordinados, ejecutados con la seguridad de quienes sabían exactamente lo que iban a hacer.

No hubo amenazas, insultos ni una sola palabra.

El primer golpe llegó tan rápido que José ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar.

Salió despedido hacia atrás y acabó estrellándose contra la pared exterior del gimnasio mientras los atacantes se abalanzaban sobre él.

Reaccionó por instinto y trató de defenderse. Lanzó varios puñetazos, consiguió apartar a uno de ellos, pero eran demasiados. Lo habían encontrado desprevenido y la diferencia de fuerzas era evidente.

A esa misma hora, Devan realizaba uno de sus repartos por la zona.

Avanzaba en su escúter entre el tráfico cuando unos gritos llamaron su atención. Al girar la cabeza, vio a un grupo de hombres forcejeando junto a la entrada del gimnasio. Por puro instinto redujo la velocidad y detuvo el vehículo junto a la acera.

Al principio creyó que se trataba de una pelea más, una escena desafortunadamente habitual en una ciudad que todavía estaba aprendiendo a conocer.

Pero, un instante después, distinguió el rostro del hombre que intentaba defenderse en el centro de la refriega.

Era el mismo joven al que había visto precipitarse al mar apenas unos días antes. El mismo hombre cuya vida había salvado.

Devan permaneció inmóvil durante unos segundos, incapaz de apartar la vista de la escena.

Mientras tanto, José reunió las pocas fuerzas que le quedaban, descargó un violento empujón sobre dos de sus agresores y consiguió abrirse paso entre ellos. Sin mirar atrás, echó a correr calle abajo, desesperado por huir.

—¡Que no escape! —rugió uno de los hombres.

Los cuatro agresores salieron inmediatamente tras él.

José corría como podía. El dolor de los golpes ralentizaba cada zancada y la respiración comenzaba a fallarle. Sabía que no podría mantener el ritmo durante mucho más tiempo. Al mirar por encima del hombro comprobó que sus perseguidores acortaban distancias con rapidez.

Justo entonces, por encima del estruendo de la calle, escuchó el zumbido de un escúter acercándose a toda velocidad.

Devan apareció a su lado. Sin dejar de conducir, se quitó el casco con una mano para que José pudiera verle el rostro y lo colgó del manillar.

José dejó de correr. Estaba al límite de sus fuerzas.

Devan redujo ligeramente la velocidad y situó el escúter a su altura.

No dijo una sola palabra. Giró la cabeza, cruzó una breve mirada con José y, con un simple gesto de la mano, le indicó que subiera.

José apenas dudó un instante. Comprendió que aquella era probablemente su única oportunidad.

Reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, se impulsó, se aferró al escúter y saltó al asiento trasero.

En cuanto sintió su peso a la espalda, Devan giró el acelerador hasta el tope.

Los perseguidores alcanzaron la esquina justo cuando el escúter arrancaba calle abajo. Uno de ellos intentó seguirlos, pero fue inútil. En apenas unos segundos, la distancia entre ambos se volvió insalvable.

Devan zigzagueó entre los coches con soltura, aprovechando cada hueco que le ofrecía el tráfico. El escúter desapareció calle abajo y, poco después, se perdió por completo entre la circulación.

Durante varios minutos ninguno de los dos dijo una sola palabra.

Devan mantenía la vista fija en la carretera, concentrado en conducir. Detrás de él, José respiraba con dificultad. Con cada inspiración trataba de recuperar el aliento y ordenar las ideas.

Enseguida rompió el silencio.

—Sigue recto... y en la próxima gira a la derecha.

Devan asintió levemente y obedeció sin hacer preguntas.

José fue guiándolo por un laberinto de calles hasta que, finalmente, el escúter se detuvo frente al restaurante Paco.

José descendió del escúter con movimientos lentos. Permaneció unos instantes en silencio, contemplando a Devan sin saber muy bien qué decir.

Fue entonces cuando tomó verdadera conciencia de lo ocurrido.

Aquel extranjero al que apenas conocía acababa de salvarle la vida por segunda vez.

La primera, en el mar.

La segunda, en tierra.