Capítulo 9
D evan llegó al centro comercial siguiendo la ruta marcada en el navegador del móvil. Aparcó el escúter en la zona reservada para repartidores y apagó el motor.
Durante unos segundos permaneció sentado, observando a su alrededor y asimilando aquel nuevo escenario.
Había otros repartidores esperando nuevos pedidos.
Formaban un pequeño grupo unido por la rutina y las largas horas de trabajo.
Entre ellos había españoles y también hombres procedentes de distintos países de Latinoamérica.
Mientras aguardaban, bromeaban, compartían anécdotas sobre la jornada y se ayudaban unos a otros, aconsejándose sobre las mejores rutas o sobre cómo encontrar direcciones en barrios y calles de acceso complicado.
Cuando vieron a Devan, algunos lo saludaron con naturalidad.
—¿Nuevo por aquí? —le preguntó uno de ellos.
Devan respondió con una sonrisa y un breve saludo.
Agradecía la acogida, pero prefería mantenerse en un segundo plano. Todavía estaba aprendiendo las reglas de aquel nuevo mundo. Escuchar, observar y adaptarse siempre habían sido sus mejores herramientas.
Ante él se desplegaba un pequeño universo de consumo y ocio.
Había restaurantes de comida rápida como KFC y McDonald's, la concurrida hamburguesería Platoon Burger, tiendas de ropa casual y artículos deportivos, y un complejo cinematográfico con varias minisalas.
Personas de todas las edades caminaban de un lado a otro, entrando y saliendo sin prisa.
El bullicio de aquel lugar le era ajeno, pero también le ofrecía una sensación de refugio.
Entre aquellas voces y aquel ir y venir de gente, nadie conocía su historia.
Nadie sabía de dónde venía ni qué había perdido por el camino.
Allí solo importaba una cosa: hacer su trabajo y recibir un salario al final de la jornada.
Su teléfono vibró.
Había llegado su primer pedido.
Miró la pantalla y comprobó la dirección: Platoon Burger.
Guardó el móvil y caminó hacia la entrada del restaurante.
Nada más cruzar la puerta, se encontró con una decoración que parecía transportarlo varias décadas atrás.
Las paredes estaban cubiertas de imágenes y objetos inspirados en los años cincuenta y sesenta: coches clásicos, discos de vinilo, neones de colores y fotografías de grandes figuras del rock and roll y del cine de aquella época.
Allí estaban representados artistas como Chuck Berry, Elvis Presley y Marilyn Monroe, junto a otros actores y músicos que se habían convertido en iconos de toda una generación.
Para Devan, aquellos rostros le eran desconocidos, pertenecían a un mundo completamente distinto al suyo. Un mundo de películas, canciones y recuerdos ajenos a la guerra que había marcado su vida.
Una joven empleada se acercó al mostrador para atenderlo.
Llevaba un uniforme blanco y rojo carmesí. En la pequeña placa metálica de su pecho pudo leer su nombre: Sandra.
Ella se movía con rapidez, organizando comandas y preparando pedidos mientras mantenía una sonrisa constante.
—¿Reparto? —preguntó.
Devan asintió y le mostró la información en el teléfono.
Mientras esperaba, sus ojos se detuvieron durante un instante en el brazo de la joven. Estaba cubierto de tatuajes, formando dibujos y símbolos que para él resultaban desconocidos.
Sandra terminó de preparar la bolsa, comprobó el contenido y se la entregó.
—Aquí tienes. Que vaya bien.
Devan agradeció el gesto y salió del restaurante.
La entrega fue rápida.
Después llegó otra alerta.
Y después otra.
Poco a poco empezó a dominar las calles, los recorridos y los tiempos. Cada pedido completado era una pequeña victoria. Cada dirección encontrada confirmaba que podía adaptarse.
Sintió algo que hacía mucho tiempo no experimentaba. Satisfacción.
No era un soldado. No era un fugitivo. No era un hombre marcado por una guerra que otros habían decidido. Era un trabajador haciendo bien su trabajo.
Y estaba orgulloso de ello.
Esa noche, cuando regresó al centro de acogida, cenó en silencio y se retiró a su habitación. Estaba cansado, pero por primera vez en mucho tiempo aquel agotamiento nacía del esfuerzo y no de la angustia.
Se tumbó en la cama.
Poco después, volvió a quedarse dormido.
Y regresó la guerra.
El conflicto entre cingaleses y tamiles volvía a envolverlo con toda su crudeza.
En el sueño respiraba con dificultad mientras avanzaba entre los árboles.
Sus músculos estaban tensos y sus sentidos alerta.
Otra vez llevaba un arma en las manos.
Otra vez estaba allí.
Devan y Narayan corrían entre la espesura como dos depredadores tras el rastro de su presa. Tenían que encontrar al soldado cingalés que los había descubierto y había huido en cuanto los vio. A su alrededor, el bosque retumbaba bajo el estruendo de disparos y explosiones.
Cada rama rota podía ser una amenaza.
Cada sombra podía ocultar al enemigo.
Cada segundo podía ser el último.
De repente, algo rompió la escena.
Un ruido lejano.
Una voz.
Música estridente.
Devan abrió los ojos bruscamente.
Durante unos instantes permaneció inmóvil, desorientado, con el corazón acelerado y la respiración entrecortada.
No estaba en el bosque.
Estaba en su pequeña habitación del centro de acogida.
El sonido procedía del pasillo. Los residentes de la habitación de enfrente, varios jóvenes magrebíes, estaban celebrando una fiesta. La música sonaba a todo volumen, mezclada con risas y conversaciones.
Devan se incorporó lentamente en la cama.
El presente había conseguido despertarlo.
Pero el pasado seguía esperando en algún lugar de su memoria.