Capítulo 8
A l día siguiente, Devan regresó en bicicleta a la empresa de reparto, antes de la hora acordada.
Llevaba consigo el mapa que había estudiado durante horas y la misma expresión tranquila con la que afrontaba cada nuevo desafío.
Encontró a Fernando en su despacho, dando instrucciones a otro repartidor.
En cuanto el empleado salió, Fernando lo recibió con una sonrisa.
—Puntual. Eso es importante en este trabajo.
Lo condujo hasta el patio trasero, donde varios escúteres estaban estacionados en fila. Revisó unas llaves y le entregó una.
—Este será el tuyo.
Devan observó el escúter durante unos segundos, examinándolo con atención antes de ponerlo en marcha. Era mucho mejor que el que había utilizado para la prueba del día anterior.
Fernando sacó unos documentos de una carpeta.
—Te explico una cosa. No es de tu propiedad, así que una parte del salario irá destinada a cubrir su uso.
Tendrás que cuidarla como si fuera tuya.
Cualquier golpe o desperfecto por negligencia será responsabilidad tuya.
Tienes un carnet provisional, seguro, etcétera.
Te daré tu carnet oficial de conducción en unos días.
Lleva siempre puesto el casco. No tendrás problemas con la policía.
Pero, si alguna patrulla te para, en los papeles que voy a darte está mi número.
Guárdalos en la guantera y diles que me llamen al móvil. Yo me encargaré del resto.
Le entregó unos documentos correspondientes al contrato temporal y al seguro de responsabilidad civil.
—Léelos y, si estás de acuerdo, firmas en un lateral de cada hoja.
Devan recorrió los documentos con la mirada. No tardó mucho. Cogió el bolígrafo y estampó su firma en cada uno de ellos.
Fernando guardó las hojas de vuelta en la carpeta y le dio una palmada amistosa en el hombro.
—Y hay algo más. Las propinas que te den los clientes son para ti. Eso no tienes que compartirlo con nadie.
Devan asintió levemente con la cabeza.
Fernando soltó una carcajada.
—¿Me has entendido? Lo pregunto porque a veces hablo demasiado rápido.
Devan sonrió abiertamente.
—Te entiendo.
Fernando pareció satisfecho.
—Perfecto. Entonces vamos bien.
Volvieron a la oficina. Allí le dio la documentación obligatoria.
—Estos papeles van siempre en la guantera. Ahí tienes el seguro, tu permiso provisional de conducir y mi número. Como te dije antes, si surge cualquier problema, que me llamen.
Le explicó las condiciones del trabajo y le indicó que el salario correspondiente al mínimo establecido se abonaría a final de mes.
Después le preguntó qué teléfono móvil llevaba consigo.
—No tengo ninguno.
Fernando sacó de un cajón uno que parecía nuevo y con un cable lo enchufó en la pared.
—Te doy este. Ya me lo devolverás cuando puedas comprarte uno. Necesito instalarte la aplicación de la empresa.
El dispositivo era un smartphone sencillo, con leves marcas de uso, aunque a simple vista daba la impresión de estar casi nuevo. Mientras se cargaba la batería, Fernando descargó la aplicación de reparto y esperó unos segundos hasta que apareció el logotipo de la empresa en la pantalla principal.
—Ahora escucha bien. Esta aplicación será tu herramienta de trabajo.
Se sentó junto a él y comenzó a explicarle el funcionamiento.
Le mostró cómo recibiría los avisos de nuevos pedidos, cómo aceptar un encargo, cómo consultar la dirección del cliente, la ruta recomendada y la forma de confirmar cada entrega una vez realizada.
Devan observaba atentamente cada movimiento de sus dedos sobre la pantalla.
Fernando terminó la explicación y le entregó el teléfono y el cable para cargar la batería.
—¿Te ha parecido complicado?
—No.
Fernando sonrió.
—Muy bien. Saca el mapa que te di ayer.
Lo extendió sobre la mesa, estaba lleno de anotaciones, calles marcadas y pequeños símbolos que solo Devan comprendía.
Fernando señaló un punto concreto.
—Este será tu punto de partida. Cada día empezarás aquí y, después de cada reparto, tendrás que volver antes de salir con el siguiente pedido.
Los repartidores tienen un aparcamiento reservado.
Además, desde este centro comercial salen muchos encargos, especialmente de la hamburguesería Platoon Burger.
Devan miró la ubicación y memorizó la zona.
Fernando lo observó con atención, como si quisiera asegurarse de que lo había entendido.
—¿Lo tienes claro?
Devan asintió.
—Sí.
Fernando le entregó las llaves del escúter.
—Pues adelante, amigo.
Devan fue al garaje, fijó el teléfono al soporte del manillar para seguir la ruta con el navegador y guardó en la guantera frontal la documentación y el mapa con sus anotaciones, aunque Fernando le había aconsejado que se acostumbrara a utilizar el buscador de calles del móvil.
Después se colocó el casco, arrancó el escúter y emprendió la marcha.