Capítulo 7
A la mañana siguiente, Devan salió del centro de acogida con la dirección del anuncio «SE BUSCAN REPARTIDORES A DOMICILIO» cuidadosamente escrita en un pequeño papel que guardaba con especial cuidado.
Caminó por calles que todavía no conocía, observando cada detalle del entorno. Los nombres de las avenidas, los comercios, las señales de tráfico, los recorridos de los autobuses… Todo era información que debía memorizar. En un lugar desconocido, orientarse era una forma de sobrevivir.
Después de preguntar a varios peatones por la dirección, llegó al local de la empresa de reparto y entró con paso firme.
Tras el mostrador estaba Fernando, el gerente, un hombre corpulento de barba espesa y semblante afable que revisaba unos documentos.
—Buenos días. Vengo por el puesto de repartidor —dijo Devan.
El hombre levantó la mirada y tomó la hoja de extranjería que le entregó. La leyó con atención, deteniéndose en el lugar de nacimiento.
—Sri Lanka... —murmuró sorprendido.
Después miró a Devan.
—Pero dime una cosa. ¿Cómo pretendes hacer este trabajo si acabas de llegar y ni siquiera conoces la ciudad?
Devan no apartó la mirada.
—Aprendo rápido —respondió con una seguridad que contrastaba con su situación.
Fernando lo observó durante unos segundos.
Había entrevistado a muchos inmigrantes recién llegados que buscaban una oportunidad para salir adelante. Personas con historias difíciles, con ganas de trabajar y de reconstruir sus vidas. Pero nunca había conocido a nadie procedente de Sri Lanka.
—¿Sabes conducir un escúter?
Devan asintió.
—Demuéstramelo.
Fernando señaló un escúter aparcado en el patio trasero.
Era una pequeña motocicleta de reparto, con matrícula amarilla y una robusta caja isotérmica de plástico, de color naranja, firmemente anclada sobre la parte trasera.
Su aspecto era sencillo y funcional, pensado para recorrer la ciudad de un pedido a otro.
Devan se acercó al vehículo con naturalidad. Revisó la posición del manillar, comprobó los mandos y se subió. No necesitó más indicaciones.
Arrancó y dio una primera vuelta por el recinto.
Después realizó varias maniobras: frenó con precisión, detuvo el escúter junto a una línea marcada en el suelo, estacionó marcha atrás, volvió a subirse, arrancó de nuevo y aumentó la velocidad de forma progresiva. Redujo en la siguiente curva y terminó con una frenada limpia.
Fernando sonrió ligeramente.
No era solo la habilidad para conducir. Era la concentración, la disciplina y la seguridad con la que había ejecutado cada movimiento.
—Bien —dijo finalmente—. Sígueme.
Entraron en una pequeña oficina situada al fondo del local. Fernando le indicó una silla y tomó asiento frente a él.
—Para conducir un ciclomotor de hasta cincuenta centímetros cúbicos tendrás que pasar un reconocimiento psicotécnico, aprobar un examen teórico de veinte preguntas, solo se permiten dos fallos, y superar una prueba práctica en circuito cerrado.
Entonces podrás obtener el permiso de conducción AM, que es el nivel más básico del carnet de conducir.
En condiciones normales, el proceso puede alargarse varios meses.
Hizo una breve pausa antes de continuar. Carraspeó.
—Pero, en vuestro caso, el centro de acogida tiene un convenio que agiliza los trámites.
Yo me ocuparé de toda la documentación y de pagar las tasas.
Si mañana vienes a esta misma hora, podremos dejarlo todo listo para que empieces.
La verdad es que ando muy justo de personal y necesito a alguien cuanto antes.
Devan asintió agradecido.
Durante unos segundos lo observó en silencio.
—Dime una cosa, Devan. ¿Por qué has venido a España?
La pregunta parecía sencilla, pero la respuesta llevaba detrás una vida entera.
Devan sostuvo su mirada.
—En busca de un nuevo futuro.
Fernando asintió. Había escuchado aquella frase muchas veces, pero en aquella ocasión percibió algo diferente. No sonaba como una respuesta preparada. Sonaba como una promesa.
—Todos venimos buscando algo —dijo—. Una segunda oportunidad, una meta, una vida mejor. Pero las oportunidades no llegan solas. Hay que perseguirlas.
Hizo una pausa y señaló unos papeles sobre la mesa.
—Si trabajas duro y eres constante, puedes conseguir tus objetivos.
Después abrió un cajón y sacó un mapa de la ciudad.
—Antes de empezar necesito que conozcas la zona —Hizo un circulo grande en el mapa—. Los repartos dependen de la rapidez y de saber moverte. Familiarízate con las calles, los barrios y los puntos importantes. Necesito que estés preparado.
Devan tomó el mapa con ambas manos.
Al acompañarlo hasta la puerta, Fernando se detuvo un instante.
—Llévate esto.
Le entregó una bicicleta.
—Te ayudará a recorrer la ciudad.
Devan agradeció el gesto con un leve movimiento de cabeza y salió a la calle.
Durante el resto del día recorrió la zona de Valencia marcada en el mapa sin descanso.
Pedaleó por aceras, paseos marítimos, calles estrechas, grandes avenidas y parques. Observaba los edificios, memorizaba los cruces, identificaba los lugares más importantes. Cada trayecto quedaba registrado en su mente.
Con un bolígrafo azul, iba marcando sobre el mapa puntos de referencia: plazas, supermercados, zonas residenciales, estaciones, calles principales y rutas alternativas.
Mientras la ciudad seguía con su ritmo habitual, Devan trazaba poco a poco el mapa de su nueva vida.
No conocía aquel lugar.
Pero estaba decidido a dominarlo.