Capítulo 6
A quella misma noche, las luces de la discoteca La Florida iluminaban la entrada mientras en el interior la música hacía vibrar las paredes.
Para los clientes, el local era un lugar de fiesta, alcohol y diversión.
Pero en las zonas más apartadas del edificio, lejos de las miradas de los asistentes, se estaba tomando una decisión muy distinta.
Carlos, propietario de la discoteca y uno de los hombres con más influencia dentro del negocio del tráfico de droga en la zona, permanecía en una sala privada del local.
Rondaba los cincuenta años. Lucía un abundante pelo blanco, cuidadosamente engominado hacia atrás, que dejaba al descubierto un rostro anguloso y de expresión imperturbable. Vestía siempre con elegancia y transmitía una autoridad serena que bastaba para hacerse notar sin necesidad de alzar la voz.
A su alrededor permanecían varios de sus hombres de confianza.
Entre ellos destacaba Mateo, su mano derecha: un hombre alto y corpulento, cabeza rapada y mandíbula marcada.
Sus ojos, fríos e inexpresivos, parecían medir a cualquiera que se cruzara en su camino.
Tenía un carácter áspero, una personalidad dominante y la disciplina de quien cumplía sin vacilar las órdenes de Carlos, al tiempo que mantenía bajo un férreo control a los hombres que estaban a su cargo.
El ambiente era tenso; nadie hablaba más de lo necesario.
Sobre la mesa aún pesaba lo ocurrido en la playa.
Uno de los suyos había acabado herido por culpa de José, el hijo de Paco. Un disparo que Carlos no estaba dispuesto ni a olvidar ni a perdonar.
Para él, aquello iba mucho más allá de un simple enfrentamiento entre bandas. Era una cuestión de respeto, de autoridad y de territorio.
Era cierto que había intentado quedarse con el cargamento que estaban desembarcando en la playa.
Pero, desde su punto de vista, tenía todo el derecho a hacerlo.
Aquella era su zona, y José y los suyos nunca debieron haber puesto un pie en ella.
Cualquier negocio ilegal que se llevara a cabo dentro de sus límites le pertenecía por derecho.
Así habían funcionado siempre las distintas organizaciones criminales: cada una respetaba el territorio de las demás y nadie invadía el de otro sin atenerse a las consecuencias.
Carlos terminó de escuchar el informe de Mateo. Después dejó el vaso que tenía en la mano sobre la mesa y levantó la mirada.
—José tiene que entender que cada acción tiene consecuencias —dijo con calma.
Nadie respondió.
Todos sabían lo que significaban aquellas palabras.
No quería acabar con él. Al menos, no todavía. La intención era enviar un mensaje claro: nadie podía desafiar a Carlos, ni atacar a uno de sus hombres y salir impune.
Con un gesto de la cabeza, dio la orden.
—Darle un escarmiento. Que recuerde quién manda aquí.
Mateo y los demás abandonaron la sala sin hacer preguntas.
Mientras tanto, en la pista de baile, la música no se detenía y los clientes seguían celebrando sin sospechar que, a pocos metros de allí, acababa de desencadenarse un ajuste de cuentas entre bandas rivales.